Félix Navarrete
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El próximo viernes 23 de junio estoy de cumpleaños.  Cumplo 53 y seguramente el día será igual al de otros años: El cielo estará  encapotado y la tarde húmeda y llorosa empapándolo todo, mientras mi esposa y mis hijos me esperarán con una torta y unos regalitos para celebrar la ocasión.

Generalmente, cada vez que se acerca esta fecha, hago un recuento de lo vivido  y me doy  cuenta que he perdido el tiempo de manera miserable. No invertí toda mi energía en mi sueño supremo,  que era convertirme en un escritor famoso, pero me tranquilizo al pensar que encontré el amor, algo que se encuentra muy poco en estos tiempos,  logré un éxito modesto en mi oficio, tengo poquísimos pero verdaderos amigos, y una familia que me quiere. Podría decir que estoy completo, pero sería  pecar de fanfarrón. 

Sin embargo,  cuando me asomo  al espejo y contemplo mi rostro, golpeado por la obesidad y los años,  me doy cuenta cuánto tiempo ha pasado y  cómo hemos cambiado. Y si me acerco un poco más al cristal, es posible que en un  lugar ciego que mi vista no alcanza, se  encuentren escondidos aquellos fantasmas del pasado que envié al ostracismo.  

Pasó el tiempo.  Me casé, tuve hijos, fui periodista, abusé de los alimentos y las bebidas, y  de repente una panza que al inicio subestimé se vino  formando en mi cuerpo como un  apéndice extraño e indeseable. He querido deshacerme de esa barriga mórbida, así  como de otros pecados como la pereza, la inconstancia, pero no he podido hacerlo porque me falta voluntad. 

Por otra parte, el fantasma de la literatura que venía en mis genes y me  atrapó en la infancia, cambió —no sé si para bien o para mal— la concepción sencilla  del mundo. Leí mucho y amé tanto la lectura que los libros se hicieron mis cómplices y compañeros  incondicionales en los tiempos de soledad.  Gracias a la literatura abrí los sentidos,  aprendí a  soñar y a  cuestionar; y  al  periodismo le debo mi desarrollo profesional y sobrevivencia económica.

Fui soñador, cineasta, poeta, periodista, hasta que la realidad superó a la ficción y me quedé sin musas.  Tarde comprendí que el destino no está en nuestras manos cambiarlo, y que hagas lo que hagas, una mano  superior, invisible, pero tangible, termina moviendo las fichas en tu vida.  

Confieso que Dios  me buscó varias veces  pero  burlé su plan y diseñé el mío, a mi manera, y me fue mal.  Fueron muchos años errando por el mundo sin brújula en un desierto, exhausto  de tanto buscar hasta que fui encontrando las respuestas a cada uno de mis interrogantes.

De todas las interrogantes planteadas, la más importante es tener la certeza de que hay un Dios que controla todo, y que la felicidad depende de si quieras  o no incluirlo en tu proyecto de vida. Es una decisión personal.  

Ahora que arribo a los 53,  me siento más tranquilo.  Lo peor ya pasó. Dios me puso a la persona idónea para pasar el mar Rojo de la vida. No tengo dinero, pero tengo trabajo. No conozco el  mañana, pero ¿quién lo conoce? Me quedan tantas cosas por hacer y vivir que no sé por dónde comenzar.  Faltaría otra vida más para lograrlo  todo. 

A estas alturas de la vida, nada es seguro. Lo único seguro es que cumplo 53 y el reloj no se detiene. Pronto estaré acostado en una hamaca leyendo periódicos y libros viejos, mientras mi esposa deambulará por la casa, recordando tiempos idos y a la espera de que los nietos lleguen y  lo invadan todo, recordándonos que la vida se repite infinitamente y que todo queda aquí.

Managua, martes 20 de junio de 2017. 

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com