David Otero
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El siglo XXI comprende entre el 1 de enero de 2001 al 31 de diciembre de 2100. Hemos recorrido 17 años de este siglo, lo que también podemos deducir que faltan 83 años de porvenir en este siglo. ¿Qué educación está por venir para que las y los nicaragüenses podamos progresar hacia la prosperidad y el bien común?; ¿En qué capacidades deben estar aptos las y los nicaragüenses para enfrentar los desafíos, aún no superados, del anterior y actual siglo?; ¿Qué capacidades deben desarrollar las y los docentes para educar a los ciudadanos nacidos en este siglo?. Estas preguntas nos invitan a detenernos por un momento a reflexionar sobre lo estratégico de buscar y encontrar nuevos derroteros hacia un mejor desempeño de la formación docente en Nicaragua que eduque  a las y los nicaragüenses a enfrentar y construir un buen porvenir con confianza.

Los ciudadanos del siglo XXI vivimos en contextos económicos, políticos, sociales y culturales cada vez más cambiantes en su desarrollo que demandan políticas educativas pertinentes a sus exigencias, principalmente las orientadas hacia la formación docente. Distintos autores de artículos científicos e informes sobre la educación han compartido sus ideas a partir de su experiencia investigativa en el ámbito de la profesionalización de los docentes en el contexto de este siglo XXI.

Ya a finales del siglo XX, en la década de los noventa una Comisión Internacional de la Unesco, presidida por Jacques Delors se refería en su informe “La Educación encierra un tesoro” a la nueva realidad global del siglo XXI que desafiaría a la Educación: “La interdependencia planetaria y la mundialización son fenómenos capitales de nuestra época, que ya están actuando y que marcarán con su impronta el siglo XXI. Hoy hacen ya necesario una reflexión global – que trascienda ampliamente los ámbitos de la educación y la cultura – sobre las funciones y las estructuras de las organizaciones internacionales”. Una de las organizaciones inmersas en las sociedades es la escuela. Es en ella donde el personal docente se desempeña. La expectativa que se espera de su labor es que sean “… agentes de cambio, favoreciendo el entendimiento mutuo y la tolerancia” como lo indica el Informe de la Unesco.

En el artículo “La formación del profesorado desde una perspectiva interdisciplinar”  (García, A., Correa A. / Escarbajal F., Izquierdo, T. 2011) los autores escriben: “La sociedad actual se encuentra inmersa en un proceso de constantes cambios sociales, económicos y culturales que están suponiendo nuevas y continuas demandas en el sistema educativo. Estos cambios afectan no solo a la organización y concepción de los sistemas educativos sino también a su configuración. Esto debe plasmarse en la formación inicial y permanente del profesorado de todas las etapas educativas para atender a las demandas que nos marca la sociedad”.

Eduard Punset dice: “Debemos, no tenemos más remedio, que transformar la educación de nuestros maestros… No nos sirven maestros que solo destilen contenidos académicos en las mentes de los treinta niños… Hoy sabemos que es importantísimo que estos maestros aprendan a gestionar las emociones”. Porque precisamente el docente que vive en la era digital, la sociedad del conocimiento y las migraciones dinámicas de poblaciones tiene que aprender a educar integralmente en aprendizajes significativos para las y los ciudadanos nacidos en la era digital y en un mundo cada vez más intercultural.  Los nuevos roles que necesitan ejercer  las y los docentes, tienen que aprenderlos en un sistema de formación, dominarlos en el proceso de enseñanza – aprendizaje, autoevaluarse, que implica una capacidad de conocerse a sí mismo y saber gestionar  habilidades sociales y emocionales. Como dice Robert Roeser:  “… ser competentes en la interacción con personas de distintas culturas; en regular las emociones; en responsabilizarse d
el bienestar de los demás; y en su capacidad de atención”.

La profesión docente requiere replantearse desde la selección de quiénes se formarán para ser docentes, su propia formación inicial, el acompañamiento a los recién egresados que se inician como maestros, la formación continua y el reconocimiento en su carrera docente. Cada etapa de esta nueva estrategia exige un esfuerzo articulado que inspire confianza y esperanza. Como lo expresa Denise, Vaillant (2006) en el artículo “Atraer y retener buenos profesionales en la profesión docente: políticas en Latinoamérica”: “Plantear este cambio de perspectiva exige un apoyo decidido de los propios maestros, de la Administración educativa y del conjunto de la sociedad“

En estos próximos 83 años por venir del siglo XXI se hace imperativo replantear la profesionalización de los docentes desde nuevas perspectivas pedagógicas, que gestione emociones con genuino rechazo a la resignación y al resentimiento en el ámbito de las escuelas y provocar el nuevo estado de resolución por el cambio hacia la construcción de nuevos conocimientos, el trabajo en equipo, la motivación por el estudio permanente, el desarrollo de habilidades didácticas, el uso y dominio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones como herramientas de apoyo para aprender y la formación del carácter. En Nicaragua estamos en el mejor momento histórico de una unidad nacional para hacer una formación continua de docentes pertinente a los desafíos de este siglo XXI.

* El autor es consultor en educación