Gustavo Hernández García
  •   Managua, Nicaragua  |
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Aunque el término seguridad ciudadana es reciente, de una forma u otra se ha trabajado por ella de distintas maneras, desde tiempos inmemoriales y en realidades  diferentes.

Desde el inicio de la humanidad han existido normas de conducta, para facilitar la seguridad y desarrollo de los conglomerados sociales. Estas van desde las reglas cotidianas mayormente propias del lenguaje oral, hasta las religiosas dictadas como pecado y las legales tipificadas como delito. 

Ambos; pecado y delito no son iguales y poseen distinta naturaleza, pero se relacionan entre sí de diversas formas. Una de ellas es que los dos preceptos son delimitadores del libre albedrío de las personas, regulando las conductas aceptadas o social y culturalmente rechazadas. 

Una muestra es que las doctrinas religiosas promueven la convivencia pues, tradicionalmente, se aprecia la figura del pecado como una acción contraria a la voluntad de Dios. Y esto puede inhibir a los creyentes de ejercitar conductas reñidas con los mandatos divinos. 

El delito en sus diferentes expresiones fue tipificado también, para tutelar la seguridad y la convivencia.  Éste se conoce como toda acción que va en contra de lo establecido por la ley y que es castigada por ella con una pena. Se sabe que  las leyes más antiguas creadas por la humanidad están en el código de Ur  Nammu, Rey de los sumerios 2050 años a.C.

Otro ejemplo: “El delito y el pecado tienen relación, ya que si alguien mata  o roba y nadie sabe del hecho entonces no será  delito, pero sí  será pecado”. Esta forma de pensar promueve que el mal infringido al prójimo quede oculto ante la ley, y en espera silenciosa de la justicia celestial.  

Relación más compleja se entreteje al convertirse el pecado en delito. Lo anterior puede ocurrir  todavía en la actualidad cuando los grupos que legislan un país equiparan ambos conceptos, tal es el caso  del aborto inducido ejemplo de pecado que también es ley, en algunas sociedades. 

La coerción es un anclaje figurativo moralmente admitido ya sea por lo divino o por la ley terrenal, por el contrario la idea de la  moral  individual es menos reconocida.

Diversos estudiosos distinguen estos dos tipos de moral: “Quien  dice no me salto el semáforo, para evitar la multa y quien dice no me voy con la mujer del prójimo porque mi Dios me va a castigar, actúa con la moral cerrada, legalista”, por temor a la ley.

En cambio, “quien dice observo las reglas de tránsito porque es para mí importante evitar accidentes, proteger otras vidas y la mía o quien dice no violo a esa mujer porque merece que la respete y me respete a mí mismo está a nivel de moral abierta o personalista”, actuando por convicción. (Masiá, teólogo, profesor y escritor jesuita).

Los avances legalistas propios de la prevención general positiva son valiosos y se pueden aprovechar profundizando a partir de éstos la moral abierta. De esta manera ambos tipos de moral, articuladas, podrían equilibrar la toma de decisiones reflexiva en el ámbito individual, familiar y social. 

Esto trascendería el hecho de que la ciudadanía sea temerosas de los juicios de alguna religión, y/o actúe conforme la ley, debido al espanto seguro de ser reprimida.

*Sociólogo y exfuncionario civil de la Dirección de Convivencia y Seguridad Ciudadana de la Policía Nacional de Nicaragua.