Orlando López-Selva
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La canciller alemana, Angela Merkell siempre dice cosas contundentes y firmes, sin alterarse. Después de un encuentro con el presidente Donald Trump expresó: “Europa deberá forjar su propio renacimiento, su comercio, su defensa y su economía…”.

La dirigente alemana ahora enfrenta otra crisis. Y  le toca seguir empujando la maquinaria continental con Francia,  ahora liderada por el joven presidente Emanuel Macron.

Europa tiene mayor experiencia en asuntos de Estado. Inventaron y desarrollaron ideas sustantivas para la  buena convivencia de la humanidad: democracia, parlamentarismo, separación de poderes,  estado de derecho.

Europa ha sido pionera en casi todas las ciencias, el arte, la tecnología. Su fuerza inventiva, tolerante y respetuosa de los derechos humanos es ejemplar. Aunque hayan sido los únicos causantes de dos conflictos mayores: la primera guerra mundial (1914-18); y la segunda (1939-45). 

Los detractores ―o salafistas intelectuales occidentales― dirán que también produjeron a Hitler, Goebbels, o Urbano II (el iniciador de las Cruzadas). ¡Y es verdad! 

Pero ahora, las ideas aislacionistas (¿e inconscientes?) del nuevo presidente norteamericano Trump, buscan pedirles cuentas a todos. Y en OTAN, les está pidiendo  cuotas mayores a sus miembros Reacción: Merkell se plantó firme.

En otras palabras dijo: No vamos a rogarles a los norteamericanos que nos defiendan. (¿O no es así?).

Y es que Europa está pasando el Niagara en taburete: 1) crisis de seguridad por los refugiados; 2) ataques terroristas frecuentes en las mayores capitales; 3) el brexit que creó una crisis institucional (¡es casi como un cisma religioso!); 4) Rusia  merodea con sus afilados colmillos kremlinianos por los bordes orientales de un continente de fronteras débiles (¡Rusia, una potencia amputada, es como un tigre frente a un dentista que lo quiere descolmillar!); 5) la globalización presenta desafíos que en estos tiempos son más bien mayúsculos dilemas shakespearianos: ser ellos mismos o aliarse con otros inciertos, corruptibles, volubles y desorientados socios; 6)  las potencias emergentes: China, India, Brasil, coreas desafían cualquier  estrategia establecida (es como si de repente, el mundo que les rodeaba, lleno de liliputs, se convirtiera en tribus de gigantes policéfalos de fauces flameantes); 7) la crisis monetaria que desestabilizó a Grecia no ha terminado; es más, puede extenderse y debilitar no solo al euro y a su sistema financiero; puede crear otras epidemias de euro-exits.

Con esa agenda, cualquier político perdería adeptos. Pero la canciller Merkell sabe lidiar, ripostar. Nada parece intimidarle.  Sabe bien cómo son los asuntos de Estado. Siempre tiene una respuesta pensada, serena, y ejecutable ante cualquier crisis.

¿Se quedará Europa a la zaga ante los impetuosos avances  asiáticos? ¿En el Kremlin verán con igual respeto -o sobrado oportunismo y subvaloración- a Alemania y Francia, ahora  guardianes solos del  museo europeo, codiciado por  otomanos, turcos, y soviéticos?

Washington ha sabido acumular poder militar; pero en su política exterior, parece verlo todo desde perspectivas de fuerza. ¿Ha podido Washington comprender que la historia, la cultura y la diplomacia propician mejores alternativas a los desafíos  crecientes a los que se enfrenta: contrastes de muchos desiguales y fricciones con otras potencias?  

Lo malo es que la democracia -el método occidental de  libertades, leyes, y Gobierno eficaz- tendrá progenitores separados: unos porque piensan que es mejor venderla como artículo de mercado, y otros porque están seguros que es más un tema de educación y cultura.

Si Europa y Estados Unidos siguen caminos separados en algunos temas globales tan fundamentales para sustentar el capitalismo, la libertad, sus valores, y la democracia, estas ideas perderán ímpetu y glamour universal.

Estoy seguro que Europa, con el gran acerbo científico, cultural y económico que ha tenido, podrá resolver sus problemas, con mucha dignidad. Pero a costa de correr muchísimos más riesgos, sin su socio Nord-Atlántico, el cual, en gran medida le auxilió y salvó dos veces en el siglo pasado.

He visto que la democracia es buena para muchos; pero gentes de arraigado  credo religioso ven este método con suspicacia; lo ven como una construcción a largo plazo y lento-productiva, en su complicada y acosada construcción. Y se amparan mejor en arrancarle algunos de sus elementos más convenientes, y, torpemente, recurren a paliativos autoritarios que les den  garantías temporales. Ahí surgen las dictaduras oportunistas que reparten bienes materiales. 

Sé que Europa mantendrá un  liderazgo coherente. Tal vez más intelectual; tal vez más clásico. Pero su voz será siempre sabia, aunque no tan impetuosa como la de los jóvenes dragones asiáticos que están ya diseminando e imponiendo sus recetas, modelos y hazañas superlativas más allá del Oriente.