Jorge Eduardo Arellano
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Giuseppe Garibaldi vivió en Granada hospedado en la Casa de La Sirena. Esa estancia tuvo lugar cinco años antes del incendio ordenado por el esclavista estadounidense William Walker. La modesta pensión era de adobe y tejas, paredes gruesas y altas, frescos y espaciosos corredores alrededor de un patio florido. Y se ubicaba detrás de la entonces parroquia de Granada, ostentando una sirena al óleo en su rótulo.

Ya reconstruida, la pensión llegó a ser el primer hotel construido a raíz del incendio. Uno de sus huéspedes en 1868, el ingeniero inglés Bedford Pim, refiere la amable atención de sus dueños: el señor y la señora Mestayer. Él era oriundo de Francia y ella natural de Chile, mujer muy bonita, aficionada al cigarrillo y a mecerse en la hamaca. La señora se dedicaba a preparar curiosa y maravillosamente los platos. Había una tabla d’hote permanente, servicio que frecuentaba el vecindario principal.

En 1872 otro huésped inglés —el naturalista Thomas Belt— dejó escrito que la Mestayer era también aficionada a los animales domésticos. Lapas y loros, una ardilla domesticada, un mono joven cara blanca ––Cebus Albitrons–– y varios perros mexicanos, pequeños y peludos, alegraban el hotel. Desaparecido este, sus piezas fueron ocupadas por artesanos pobres. Uno de ellos figura en el relato de Mario Appelius, durante su visita a Granada en 1929.

En la Calle de La Sirena, entonces de mala fama —porque anidaban allí algunas cantinas escandalosas, exclusivas de los miembros del Cuerpo de Marina de los Estados Unidos— permanecía en el sitio ocupado en 1851 por Héroe de dos mundos. El viajero entró en una vivienda convertida en taller por un carpintero mulato. La esposa, gordísima, ahuyentaba con su abanico de fibra vegetal medio quemado a las gallinas que picoteaban granos y semillas, cuando lo dejaron pasar a un pequeño cuarto, utilizado como depósito de mesas y aserrín.

A través de una ventanilla se admiraba el pequeño patio tropical de la vivienda. El marco, descompuesto y polvoso, encuadraba un arbolito de papaya, encorvado por el peso de sus enormes frutos. Tres girasoles tenían al árbol de compañero. Detrás brillaba el esplendor azul de la tarde. Un niño desnudo y mocoso, color de azúcar cocida, le pidió un céntimo a Appelius.

Un día el Héroe dejó el país, abandonando a los amigos. Regresaba a su vida aventurera. Únicas huellas de su estancia en la Gran Sultana fueron algunas poesías que inspiró a un versificador popular de la ciudad, muerto de tuberculosis pocos años después. Y puntualizó Appelius: “Una calle sombreada por almendros lleva hacia el Gran Lago de Nicaragua, un pequeño mar verdadero. Aunque de agua dulce, lo habitan tiburones y peces-sierras. Donde termina la calle, dentro del lago se encuentra un círculo de rocas que las lavanderas de Granada han transformado en espacio para ejercer su oficio. Me siento sobre una de las rocas a mirar las mujeres que lavan. Quizás también Giuseppe Garibaldi venía aquí a fumar su pipa y a soñar con su fallecida esposa Anita. En el horizonte se divisa como remota pirámide vegetal el volcán de la isla llamada Ometepe. Al lado del pequeño muelle, un vapor con ruedas cargasacos y ganado.

Las lavanderas laboran en el agua hasta media pierna. Antes de entrar al recinto lacustre se desnudan tranquilas bajo el sol. Colocando la ropa entre las piedras, se enrollan una especie de sábana que anudan en el pecho dejando los senos descubiertos. Son generalmente mulatas, morenas o indias. Las inoportuno y sorprendo un poco. Tal vez me creen un gringo de cuartel, de esos que las manosean velozmente y les imponen sus puños en caso de reclamo.

Pero yo poseo un aire tan tranquilo que a los escasos minutos no se fijan más en mí. Solo una hermosa y joven mujer tiene el pudor de ocultarse y encarga a dos de sus hijitos tender un pañuelo de nariz bien estirado, detrás del cual se desviste. El sol dora su torneada carne color canela. Con gestos que tienen algo de ritual, la hembra se envuelve alrededor de las poderosas ancas el trapo de siempre y así entra al agua, llevando en equilibrio una gran canasta de ropa sucia, altiva como una Rebeca y solemne como una estatua griega. Garibaldi debió contemplar escenas similares durante sus desvaríos frente al Gran Lago”.