Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

La conversación es corta, unos pocos segundos, un ¿Cómo va la venta? o ¿Cómo has estado? ¿Y tus hermanitos? Son mis primos, ¿sabe? Está mala. ¿Qué cosa? La venta. Está mala, ¡Ah, eso!, bueno... Cuidate, chavalo, y la mano alzada en un gesto de adiós. Así todos los días, hasta que lo dejás de mirar donde siempre, y te extrañas, y te preguntás qué se hizo, y luego te olvidás, y entonces viene otro, y lo ves de nuevo crecer, y nadie, ni vos ni nadie sabe qué hacer, ni los que tendrían más para hacer en sus manos, como en la nueva asamblea o en la casa
chica.

Quizás uno de los mejores testigos de la historia oficial de Nicaragua en los últimos años, es un niño a punto de ser adolescente en los semáforos del Militar. Los ha visto a todos pasar por delante de él o detenerse mientras el semáforo estaba en rojo. Él sigue allí. Muchos de ustedes le conocen.

Ahí me perdonen Carlos y los de Palacagüina por tomarles prestado el título de su canción. Pero el otro día, volviéndola a escuchar y a repasar con los ojos cerrados la letra, tuve la horrorosa impresión de que no había pasado el tiempo. La misma situación para los niños, exactamente la misma de todos los semáforos. Y qué quieren que les diga, pero es que en diciembre esto es lo que te asalta el alma en las calles.

Según el programa Infocus de la OIT, “gran parte de la infancia trabajadora divide su tiempo entre el trabajo y el estudio, pero con el correr de los años, la escuela suele perder la partida. En Belice, 18 por ciento de los trabajadores de cinco a 14 años no asisten a centros educativos. Esa proporción es 21 por ciento en Costa Rica, 32 por ciento en El Salvador, 40 por ciento en Nicaragua.”

La Navidad está en las calles y en cientos de niños trabajadores en Managua, acompañados o no a apurar los restos de las ganas de comprar de los que van en carro, o de la caridad de estas fechas. El primer signo del día que llegue en Nicaragua un verdadero cambio, la verdadera revolución, comandante, será cuando no haya tantos niños en la calle. Que haya crecido en los últimos tiempos, no sólo es una contradicción ante cualquiera, sino una gran vergüenza. Que desde finales de los 70 una misma canción se escriba con idéntica letra nos debería dar vergüenza.

No hay excusa posible, porque los niños que en los noventa vendían en los semáforos ahora siguen vendiendo, y también algunas niñas que se prostituyeron desde muy temprano en Carretera Norte, por El Nuevo Diario, o en Carretera a Masaya. Lo hemos ido viendo en ese lento y cotidiano proceso anunciado. Las fuimos viendo crecer, como parte de un legado que dejamos, un fracaso en las estrategias del gobierno y de la cooperación, y, en general, de nosotros como parte de los ojos que miran. Y los de ahora, dentro de diez años, ¿cómo estarán? Parece una apuesta fácil. No, no todo cambia, hay cosas como ésta. La peor tragedia de Nicaragua no cambia. No se puede cerrar una emisión diciendo que todo cambia. Es mentira.

Según Unicef, “en Nicaragua, uno de cada tres niños tiene algún grado de desnutrición crónica y un 9% sufre desnutrición grave. La tasa de mortalidad derivada de la maternidad es inaceptablemente elevada. En la región del Atlántico y en las zonas de acceso más difícil, la tasa de mortalidad derivada de la maternidad llega a duplicar el promedio nacional. Los embarazos de las adolescentes representan uno de cada cuatro nacimientos en el plano nacional.”

En la franja amarilla que separa dos carriles, se juega un niño la vida en los semáforos del Militar, nuestro mejor testigo. Lo he visto crecer ahí, asiendo sus bolsitas de maní y de rodajas de mango, y en estos días con gorritos de Navidad con luces que brillan y otros artilugios. Compite con los vendedores de repuestos chinos, llamando la atención de los que pasan. Es un niño de ese cruce, de ese semáforo, se conoce su territorio como la palma de la mano, y ha visto pasar en sus pocos años la historia oficial de Nicaragua que viene y va de la Asamblea, y hasta algunas veces, del mismo Hospital Militar. Han pasado, hemos pasado, le han visto, y él vuelve puntual a levantarse para ampliar la venta por la franja que divide los carriles en la que ha aprendido a ser un equilibrista fabuloso.

En Nicaragua, según Unicef, “Terminar los seis años obligatorios de escolarización lleva un promedio de 10,3 años, y solamente un 29% de los niños y niñas terminan la escuela primaria. La pobreza afecta la participación en la escuela, y muchas familias no pueden hacerse cargo de los costos directos u ocultos.” Y añade que “solamente un 5% de los niños y niños discapacitados reciben un apoyo apropiado. La explotación sexual de la niñez y la adolescencia, el abuso de drogas y la violencia son nuevas causas de preocupación.”

Si ahorita nos dijeran que Dios está esperando un correo por Navidad, que está ahí en alguna parte, los que más derecho tendrían a enviarlo serían éstos, ¿no les parece?, éstos de nosotros que aún están pequeños, un telegrama en forma de cometa como ese protagonista de la canción del Quincho Barrilete. Una canción que la prensa de Somoza en su tiempo, al no hallar otra forma de desprecio, dijo que era una música de circo, antes, claro, de que ganase el premio.

Se llena diciembre de los pequeños rostros de nuestra pobreza, y lejos de una idealización social de estos pequeños, y de esa estampa que se incrusta entre las visiones navideñas del diciembre fresco de Managua, se requiere que esto sea una auténtica y declarada Emergencia Nacional, una lucha no contra el trabajo infantil --no se puede atacar perennemente las consecuencias--, sino contra la pobreza de nuestros barrios y asentamientos, contra este descontrol del que nadie asume pérdidas, sobre todo los que están perdidos, obcecados como están en estrategias y peleas políticas que nada o muy poco tienen que ver con esta urgencia.

Más pequeños continúan arrimándose apenas sin poder hablar porque no han aprendido por falta de tiempo, en Carretera a Masaya, cómo se articulan las palabras para pedir hacia arriba un peso o un caramelo, pero se aprende primero el gesto con la mano, el único gesto repetido de la supervivencia, esperando que caiga de arriba algo en este diciembre del que no hay que perder un segundo. Si escuchan de nuevo la letra, verán que desde 1979 no ha cambiado nada. Lo que no sabemos es qué le diría el Quincho en su telegrama al Colochón. Tampoco lo que Aquél le respondería. De seguro, un secreto que nos haría temblar a los que nunca levantamos la manos ante un carro que pasa, aunque se trate de la misma historia de Nicaragua.

franciscosancho@hotmail.com