Lesbia Espinoza Gutierrez
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El Partido Verde de Austria tiene unos 20 años de realizar actividades culturales en comunidades rurales y urbanas, a la cuales acuden civilizadamente personas de diversas tendencias políticas. Una de estas noches de verano, en un parque de Modling (Austria baja), tuvieron  juegos para niños, comidas, artesanías, jugos naturales, por supuesto, ¡lo natural, lo verde! Y para cerrar con broche de oro la presentación —gratis— de la película “El Olivo”, de la destacada directora española Icíar Bollaín con libreto de su marido, Paul Laverty. 

Para muchos nicaragüenses, el trabajo de Paul Laverty, nacido en Calcuta, de madre irlandesa  y padre escocés, es muy apreciado. En los 80 trabajó para un organismo de derechos humanos, en Nicaragua y su primer guion cinematográfico, fue precisamente sobre la guerra en nuestro país, “La Canción de Carla” (1996), dirigida por (Kenneth) Ken Loach, quien también estuvo por Nicaragua. Laverty y Loach son un binomio del llamado Cine social que siempre apunta al cien.

“El Olivo” es protagonizado por Javier Gutiérrez,  Pep Ambrós y un fabuloso Manuel Cucala, hombre del campo y revelado actor no profesional quien encarna al abuelo, de manera realista y por la magistral joven, Anna Castillo. Es la historia de un olivo milenario, sembrado probablemente por los romanos, como tanto miles que hay en España, unos 2,000 años atrás, cuidado por las generaciones anteriores al abuelo y por él mismo.

Tanto amor, tanto celo y respeto a la naturaleza, acaban derribados por un tractor, mediante el pago de exóticos compradores, dueños de complejos inmobiliarios y bancarios. Algunos de estos codiciados árboles han sido vendidos por 12,000 euros o un poco más, sobre todo cuando se puso de moda, trasplantarlos en grandes salones de residencias o palacios y en el lobby de algún banco.  La historia de Laverty se basa en una noticia leída una década atrás, en la cual se reflejaba la crisis del boom conocido como el expolio de los olivos. Debido a otros proyectos impostergables, Laverty mantuvo e
n su cabeza y su corazón el dolor por el desprecio hacia el patrimonio de la naturaleza por una sociedad metalizada. 

La zona de Castellón, donde se origina la historia y se filma la película, es prolija en olivos milenarios. Algunos alcanzan casi los 10 metros de perímetro y 5 metros de altura, con copas extraordinarias de 6 u 8 metros.  Según los estudiosos, un olivo es considerado milenario cuando su tronco supera los 3.5 metros de perímetro.

“El Olivo”, tejida finamente entre el drama y la comedia, es la tierna historia de amor entre una nieta y su abuelo y entre el abuelo, la nieta y el olivo. Escenario de la infancia feliz de Alma, jugando, escuchando historias, correteando con su abuelo, alrededor del olivo. El dolor de nieta y abuelo, al ver desaparecer el árbol bajo un frío y ruidoso tractor y la codicia de los hijos, quienes venden el árbol contra la voluntad del padre, sumerge al anciano en severa depresión que lo sumerge en  ayuno de palabra y de comida. 

Considero apropiado que sea Alma quien decida ir a buscar el árbol “sembrado” en medio lobby de una institución financiera en Dusseldorf, Alemania.  Mujer y joven, armada solamente de su amor al abuelo, se lanza en tremenda aventura, liderando el rescate del olivo, como metáfora de mejores épocas ya idas de una sociedad no globalizada ni tan deshumanizada ni desnaturalizada. Los sentimientos de Ana por devolver a la vida a su abuelo, en deterioro mortal, son una alegoría de esperanzas no perdidas, de la virtud de luchar por causas nobles y por situar el respeto a las tradiciones, a lo ancestral, a la gente mayor. Pues los viejos en el mundo moderno ya no tienen ni voz ni voto, ni palabra. No tienen cabida. Solo el amor de Ana por su abuelo es capaz de emprender un recorrido hasta Dusseldorf, tropezando con tantos obstáculos.

Manuel Cucala encarna en la historia a ese abuelo que tantas y tantos quisiéramos haber tenido. Ese abuelo y desde luego, las abuelas, que nutren la autoestima de su nieta o nietos al compartir juegos, leyendas, lecturas y enseñanzas de vida a través del diálogo intergeneracional, que marca de por vida, en este caso a Alma, la nieta. En la sociedad actual, las personas mayores no ocupan el lugar que realmente merecen. Por esta razón, es meritorio ver a Manuel Cucala representar, en su papel de abuelo, cómo la tercera edad puede ser otra etapa de sueños  y de agradables momentos, gracias al amor de su nieta.

Este trabajo de Bollaín-Laverty es un canto a la ecología, un llamado al respeto de nuestro patrimonio universal que es la riqueza que nos da la naturaleza, la cual no hemos sabido cuidar. Es un canto de amor sobre las vivencias y herencias entre una nieta y su abuelo, un canto de esperanza, un reflexionar ante el desastre que tenemos con ese legado universal que cada uno de los habitantes de la Tierra tiene que asumir responsablemente, cuidando su entorno, como herencia a hijos, nietos y sucesivas generaciones futuras. Se las recomiendo.

* Periodista educativa cultural. Escritora.