Carlos Andrés Pastrán Morales
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Después de una tarde árida y sofocante, llena de sudor y un sol irradiando calor. De vez en cuando cae una brisa que refresca, pero que caliente después, todo se vuelve estresante mientras pasan los minutos en la oficina, en la casa, en el salón de clases, donde sea. El aburrimiento, el despojo de las responsabilidades se vuelve un sentimiento interno más grande que cualquier otro, solo con ganas de ir a casa a descansar. Sales pero no hay otro modo más que regresar a casa en bus.

Entonces vas a la parada y esperas la ruta. Pagas con tuc, pagas un mixto o con cinco y le marco. Te subes a un bus mugriento, sarroso, viejo, triste. Entras junto a la multitud con un conductor que te dice que aún hay espacio cuando no lo hay. Caminas y te abres paso entre la gente, te ven, te juzgan y haces lo mismo también. Simplemente te quejas por el trasporte público y sientes el pequeño temor de que te roben o abran tu mochila. Esperando con ansias llegar a tu destino para que todo termine estando bien.

En el trascurso piensas sobre qué cosas tienes que hacer el mismo día y el siguiente. Te pierdes en los pensamientos y en los rostros desconocidos de cada una de las personas. Lees repetidamente esos anuncios publicitarios y calcomanías del bus. Vas escuchando música o solo vas oyendo el añejo motor tratando de movilizar a una gran cantidad de gente. Llegas finalmente a la parada cerca de tu casa y revisas rápidamente si tus cosas están en tus bolsillos o en tu mochila.

O puede que seas el malhechor, andando con cautela de bus en bus, tratando de engañar a la gente o tratando de bolsear y robar el celular o billetera de algún descuidado. Aquel que el único propósito que tiene al subirse en una ruta es buscar a quién robarle y buscar la forma de cómo. Ese que te mete plática de cualquier cosa y después te saca un puñal para que le des tus pertenencias, o el que entre la multitud te abre tu mochila y trata de sacar lo que puede de ella, con tácticas profesionales.

También puedes ser la típica persona acostumbrada a la vida dura y desgastada, que usa diariamente el transporte público y está adaptada a cualquier tipo de acontecimiento sucedido en el bus. Que se sube, anda y se baja con tranquilidad, pues ya sabe cómo es la cuestión y no se sorprende por nada.

Finalmente, se usa el transporte público porque se busca una forma barata de movilizarse con tal de que se respete el hecho de que es público y todos tienen derecho a abordar estos buses, el problema radica en que estos suelen ser peligrosos, ya que en estos también se mueve todo tipo de ladrones, personas que solo quieren hacer mal. Además, estos buses siempre están en mal estado por el mal uso que le dan las mismas personas.

Y el transporte urbano colectivo es una solución para todo aquel promedio que debe moverse con facilidad, sin necesidad de altos gastos, pero por un riesgo que la misma sociedad y las mismas personas con falta de conciencia y conocimiento crea.

Ojalá algún día el parecer cambie y las personas sean distintas, los que abordan, lo que te pagan, los conductores que suelen chocar, los ladrones que siempre andan haciendo de las suyas, los que dañan las sillas, los que no ven una mejor sociedad respecto a la urbanidad en un futuro y los que no ayudan a la limpieza de la ciudad y el medioambiente, que van lanzando de todo a la calle desde las ventanas.