Manuel Coronel Novoa
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Considerando la complejidad, escala, importancia sistémica, y vicios -no siempre explícitos- de la economía de EE. UU., escribo este artículo con más humildad que autoridad y con la advertencia que cualquier pronóstico sobre la evolución de la economía de EE. UU. debe de ser consumido con discreción. 

El PIB de EE. UU., en US$ 18.8 trillones (sistema anglo), es ahora mayor en términos reales a su pico previo a la gran recesión que, aunque dejó un catastrófico legado, su ciclo de recuperación –en hora buena-, se ha completado. La economía estadounidense experimenta vientos favorables y se encuentra en su tercera mayor expansión desde 1850. El desempleo, luego de topar en 10 % en 2010, ha descendido gradualmente hasta caer a 4.4 % (en junio), el menor de la década y considerado dentro del rango de pleno empleo.  La inflación marca 1.6 % (a julio), acercándose al objetivo del 2 % de la Reserva Federal (El Banco Central de EE. UU.), y aunque el primer cuatrimestre de este año la economía se desaceleró a 1.2%, repuntó a 2.6%  en el segundo. Los indicadores de confianza en el consumo y la inversión están fuertes, augurando un aumento saludable de ambos indicadores para el resto del año. 

El crecimiento real del PIB para el 2017 se proyecta en 2.1 %, con perspectivas de mantenerse igual en 2018, y en alrededor del 2 % hasta el 2021. Sin embargo, este escenario base asume que ni la reforma tributaria (que entre otras medidas reduce el impuesto corporativo de 35 a 15 %), ni el plan de US$ 1 trillón en mega-inversiones públicas en transporte e infraestructura nacional propuestos por la nueva administración se llevarán a cabo, al menos no en el futuro previsible, y estima que EE. UU. no logrará la meta anunciada por el Sr. Trump, de alcanzar un 3 % de crecimiento de su PIB para el 2021. 

La última vez que la economía de EE. UU. rompió el techo del 3 % de crecimiento fue en el 2005 (con 3.3 %), en plena expansión de la burbuja de activos que explotó en 2008 y generó un período de expansión contra-cíclica del gasto en el que los déficits se dispararon al exorbitante rango de entre 6 y 9 % del PIB, para a partir del 2014, comenzar a re-nivelarse a un promedio de 2.5 %. Las circunstancias ahora son otras, y según el FMI, el crecimiento potencial de los EE. UU. no pasa de un anémico 2 %, el más bajo de su historia. 

El aún elevado nivel de incertidumbre respecto a las políticas económicas de la nueva administración, y su eventual paso por los cada vez más caóticos cuerpos legislativos de los EE. UU. proyectan una larga sombra sobre las expectativas en el corto y mediano plazo, sobre todo, en los ámbitos fiscales y de comercio internacional. Dos temas críticos para el rumbo de su economía de cara a una creciente China que -aunque con sus propios problemas-  le pisa los talones en tamaño del PIB (con US$ 11.2 trillones), y en influencia económica global. El primer tema crítico tiene que ver con los persistentes déficits fiscales del gobierno federal de EE. UU. que continúan aportando a una insostenible deuda pública que alcanza US$ 19.96 trillones, 106 % de su PIB. Monto que el gobierno federal le debe al sistema de pensiones (público y privado), y en menor –aunque importante-  medida, a China, Japón, y otros países, que han invertido sus superávits en bonos del tesoro. Sin embargo, no solo preocupa el tamaño y sostenibilidad de esta deuda, sino, sobre todo, la ausencia de una clara estrategia de salida. Veamos, el presupuesto 2018 propone reducir gastos por US$ 4.6 trillones en los próximos 10 años (lo mismo que han costado los conflictos de Iraq y Afganistán), solo una pequeña mejora a una trayectoria en la que la deuda alcanzaría US$ 50 trillones para el 2030 (170 % del PIB); y el segundo tema crítico, tiene que ver con el posible impacto que el reciente viraje hacia políticas comerciales abiertamente proteccionistas tendría en el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, por ahora en 2.5% del PIB, pero que la nueva administración aspira reducir. 

La Reserva Federal (Fed), viene desde el 2016 normalizando la política monetaria, cuando, después de haber mantenido la tasa de interés en cero (negativa en términos reales) por un sin precedente período de 7 años consecutivos, la ha venido gradualmente incrementando hasta llevarla al actual nivel de 1.25 %.  Simultáneamente, la Fed redujo la inyección monetaria del programa de facilitación cuantitativa (quantitative easing) y se espera que continúe, tanto elevando la tasa de interés, como reintegrando el valor de los bonos emitidos a su balance general a un ritmo gradual, que le permita alcanzar su objetivo de inflación a mediano plazo. Con este proceso de normalización monetaria, la Fed acompaña y augura mejores tiempos, y con ello mejores condiciones monetarias y financieras para apoyar el crecimiento con crédito disponible a bajas tasas de interés, mercados de bonos y activos relativamente estables, y una indeseable sobrevaloración del dólar moderándose a su nivel mas bajo en los últimos 14 meses.  

A pesar del contexto positivo, prevalecen riesgos derivados de las hojas de balance de los hogares, notablemente, debido a los elevados índices de la deuda estudiantil, automóviles, y tarjetas de crédito. En el mercado de bienes raíces aún persiste una brecha -aunque en descenso- entre el saldo de las hipotecas y el valor de mercado de los activos.  Más aun, la tasa de pobreza es la más alta entre los 12 países más industrializados y no olvidemos que EE. UU. es proclive a los ciclos de expansiones y contracciones (“boom and bust cycles”), además de arrastrar  problemas estructurales, como un bajo crecimiento por demasiado tiempo (“too low for too long”), fuerza laboral decreciendo por envejeciendo o desmotivación (La participación laboral pasó de 67% en 1998 a 63% este año), reducida productividad, y  preocupantes niveles de deuda pública. 

Aunque el sistema financiero parece saludable, con una banca aparentemente capitalizada y activos de buena calidad, los bajos precios del petróleo han desembocado en importantes defaults de inversiones del sector energético, aunque no en montos que no se puedan absorber. Sin embargo, las medidas de desregulación financieras anunciadas por la oficina del Tesoro, podrían aflojar la vigilancia bancaria y aumentar los -por ahora controlados- riesgos de desestabilización. 

Cerramos señalando que en los últimos 30 años el componente laboral del ingreso ha disminuido a favor del aumento del componente de capital, de modo que ahora más de la mitad de la población de EE. UU. tiene menores ingresos reales que a inicios del nuevo siglo. Este estancamiento de la movilidad socio-económica ha creado condiciones para que la economía política estadounidense pase ahora por un momento de crisis en la que una ciudadanía desencantada con el modelo parezca buscar alternativas anti-sistémicas dentro de sus limitados espacios bipartidistas.  

*El autor es economista y es asesor del director por Brasil en el FMI y representante de Nicaragua. Sus artículos contienen sus propias 
opiniones y no reflejan ni las del FMI ni lade los gobiernos que representa.