Noelia Celina Gutiérrez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Hace poco leí una publicación editorial que afirmaba que “poco o nada” se había progresado en la lucha contra el acoso callejero en el país. En dicho artículo se menciona que se debería haber avanzado en la lucha contra el acoso callejero por el trabajo de movimientos y organizaciones, pero que a juzgar por las cada vez más frecuentes denuncias públicas es poco o nada lo que se ha progresado. 

Es esa misma concatenación de hechos, que les lleva a suponer que los casos más frecuentes de mujeres y adolescentes denunciando el acoso callejero de forma pública significan un escaso avance en la materia, la que me lleva a afirmar que el avance ha sido sustancioso, porque el primer paso para cambiar una conducta socialmente aceptada es la visibilización de dicha conducta como un acto violento.  

En 2014, cuando empecé a hacer activismo contra el acoso callejero desde mi núcleo más cercano, el de mis familiares y amigas, pocas mujeres y pocos hombres sabían qué era el término “acoso callejero”. Algunos lo vinculaban directamente con los mal llamados “piropos”, por pura lógica, pero a otros el término, que nunca habían escuchado, les pasaba desapercibido. 

Cuando a finales de ese año fundé el Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) en Nicaragua, y salimos un grupo de universitarias a las calles a encuestar a 900 mujeres de la ciudad de Managua en paradas de buses, universidades y algunos barrios, confirmé que la mayoría de las mujeres no sabía que era un tipo de violencia ni que tenía un nombre. 

Sin embargo, respondían sí en su mayoría cuando preguntábamos “¿ha recibido usted comentarios inapropiados u ofensivos sobre su cuerpo, roces de forma sexual, manoseos, acercamientos intimidantes?”. 

Era la primera encuesta sobre acoso callejero en el país, de donde provino la cifra de “9 de cada 10 mujeres en Managua han sufrido acoso en las calles”.  

Y desde entonces, de la mano de mujeres exponiendo sus testimonios, de las nuevas cifras sobre ese tipo de violencia, y del trabajo de diversas organizaciones, se unieron diferentes medios de comunicación en la visibilización del acoso hacia las mujeres en los espacios públicos. Algunos aún con ciertos sesgos, pero problematizándolo al fin y al cabo. 

Creo que precisamente ese es el avance que hemos logrado. Hacer que ese tipo de violencia, tan cotidiana, tan naturalizada, tan aparentemente inofensiva, se asuma como una forma de violencia de género.  Estoy segura de que si ahora saliéramos a encuestar de nuevo, 9 de cada 10 mujeres y hombres (por no decir 10 de 10) responderían que sí saben qué es el acoso callejero y cuáles son sus manifestaciones. 

Hemos avanzado tanto que hemos logrado que más mujeres contesten en la calle a los acosadores, que más mujeres denuncien a los agresores en sus lugares de trabajo, que reciban sanciones penales quienes han cometido las formas de acoso físico más graves como los tocamientos y manoseos. Hemos logrado que cada vez más periodistas, sobre todo jóvenes, escriban sobre el tema, busquen historias, lo llamen violencia. Que más organizaciones civiles realicen videos, campañas, jornadas con adolescentes y jóvenes para discutir el tema. 

Hemos logrado que ignorar el acoso se convierta en una práctica cada vez menos usada por las mujeres, y esa es precisamente la razón por la que hay más denuncias públicas en las redes sociales. Antes hacer público el acoso era percibido como vergonzoso, pero ahora es una forma de empoderamiento.

*La autora es fundadora del Observatorio 
Contra el Acoso Callejero Nicaragua.