Carlos Andrés Pastrán Morales
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Una llovizna cae en la oscura noche como luces resplandecientes que descienden y se contrastan con la poca iluminación del lugar y de la luz de la luna. 

Uno tacones sonando en pasos a lo lejos, en unos cuantos metros, de alguna mujer saliendo del trabajo, de algún hombre ejecutivo que va tarde a casa o cualquier persona civil camino a su hogar.

El sudor y la ansiedad se adentran al drama y se hacen protagonistas del que asecha y escucha con cautela. Con unas manos sucias y sudadas sintiendo unas cuchillas de acero inoxidable en la bolsa del pantalón o el metal helado de alguna pistola guardada en el cinturón.

Dos personas se van a unir en una intersección, cuáles van caminando y reflexionando sobre la vida y sobre las cosas que harán mañana o lo que llegarán a hacer a casa, nada más que ambos sentimientos son antónimos.

Y los sonidos de los tacones tiemblan en el suelo y las manos del malhechor se llevan de presión y desesperación.

Suena un teléfono al otro lado de la esquina, el teléfono de una chica que habla con su mamá sobre el tiempo que estima en llegar a casa más un par de regaños. Mientras que el otro tipo se alegra al saber que sí tiene oportunidad de aprovecharse de algo material.

Se aplica más presión al mango del cuchillo de acero y los pasos son cada vez más cercas y más angustiosos. El miedo y el terror se salen del corazón y el sentimiento se esparce por los aires antes de la acción atroz. 

Pasos y deslizo se escuchan, rugidos y un grito, una voz fingida y grave con temor dice “dame tu celular”, mientras el arma blanca acechadora emana pánico y la hoja de metal resplandece ante la luz de ese momento. 

Los tacones que sonaban era de una chica en shock, no dice ni una palabra y el ladrón con temor y enojo le pide sus pertenencias: “esto es un asalto, dame tu celular o te apuñalo”. La chica en proceso de trauma no se mueve y no habla, hasta que escucha más amenazas y el metal frío del cuchillo se siente puntiagudo en la panza de la muchacha. 

Con más angustia saca el celular y lo muestra, el malhechor lo toma, y mientras se va corriendo por el mismo miedo y angustia, grita y habla morbosidades hacia la pobre chicha y sus pasos se esconden a medida que se alejaba. Queda despojada de su libertad.

Unas gotas lagrimosas caen al suelo donde todo ha sucedido, lágrimas de miedo y terror al saber que casi pudo perder la vida por la poca necesidad de alguien de obtener todo de manera fácil.

Sigue caminando en el limbo en el transcurso a casa. Piensa y piensa sobre qué puedo haber hecho diferente para que la situación no haya sucedido así y todo estuviera bien, pero aun así los nervios y el temor la dominan con totalidad. Ya no es ella misma de nuevo. 

Lo irónico y lo increíble llega a su culmen en que el punto de asalto fue a dos a cuadras de su casa. 

Llega y les cuenta a sus familiares. Su mamá la abraza y le dice que no se preocupe, que todo está bien: “Al menos no te pasó nada, mejor dar tu celular que dar tu vida”.

Es la experiencia que muchos vivimos a diario, experiencias negras que marcan, que obligan a reflexionar y que nos empujan a ser más prudentes en un país donde la delincuencia callejera siempre está al acecho.