Orlando López-Selva
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

La democracia es el sistema que distribuye el poder entre el pueblo, pero lo limita para los gobernantes malintencionados.

La reciente decisión del Legislativo estadounidense que le quita la iniciativa al presidente Trump para negociar cualquier asunto de sanciones contra otros Estados, tiene varias lecturas: 1) le están amarrando las manos al Ejecutivo, ya es evidente la desconfianza hacia el Presidente, dados los antecedentes que lo involucraban en acercamientos con agentes rusos; 2) queda como un Presidente débil, desconfiable, aislado, y; 3) muestra la sabiduría de la democracia verdadera: el poder absoluto no es posible en Washington.

Y así quedó demostrado cuando el propio jefe de la Casa Blanca debió firmar leyes (¿de buena gana?) ya en vigencia. Estas imponen mayores sanciones contra Corea del Norte, Irán y Rusia. A este último, por haber tomado por la fuerza la península de Crimea.

El punto es que el señor Trump sabe que el Legislativo estadounidense conoce bien sus pasos e intenciones: dónde él ha estado metido, sus hijos y yernos, qué intenciones ha mostrado, y cuánto ha mentido sobre su acercamiento a agentes rusos para atenuarle las sanciones al régimen putiniano.

Queda clarísimo. Trump no es confiable para sus correligionarios del Grand Old Party (Partido Republicano). No están de acuerdo con sus posturas, pues no ha logrado aprobar, en seis meses de gobierno, una sola propuesta de ley. Ni siquiera el tan cacareado Obamacare, ha podido ser revertido por toda la bancada republicana. Se dice que por razones técnicas; otros arguyen que por desacuerdos internos; y hay quienes aseguran que es porque hay mucho de bueno en la legislación demócrata. Y no puede ser echado todo al cesto de la basura.

Pero, obviamente, la mala costumbre de involucrar en todo a sus hijos, parientes y socios, no le ha dado buenos resultados al presidente norteamericano. No parece darse cuenta que en Estados Unidos prevalecen ciertos antecedentes, el establishment tiene mucho poder, nadie tolera mentiras o que la política se convierta en un negocio familiar promiscuo. Es cosa de muy mal gusto para esa gran potencia. “Esto no es Rusia ni Latinoamérica”, deben mascullar los viejos políticos republicanos.

En Latinoamérica es posible cualquier asunto que involucre a parientes en el poder. Y esa práctica no se ha desterrado, a pesar de sonoras leyes severas o constituciones políticas enciclopédicas (lo que confirma que la democracia no es un asunto de leyes punitivas que luego se enmiendan o son abolidas, arbitrariamente, sino una cuestión de sincera práctica de políticos y ciudadanos, sin importar su credo).

Algunos podrán contra-argumentar diciendo que los Bush, son un ejemplo de nepotismo. Pero Bush padre no puso a ninguno de sus hijos en ningún cargo público mientras él estuvo en el poder; o luego heredara o impusiera sucesión, deliberadamente, para crear continuidad o dinastía. 

¿O los Kennedy, en cierto momento? Después que Robert Kennedy fue procurador general de justicia siendo su hermano John, presidente, el congreso legisló para que ello no se repitiera posteriormente.

Pero con Trump hay evidencias sólidas, crecientes, dentro de los círculos de poder de Washington. La desconfianza crece hacia él, por sus consabidas acciones furtivas, su poco conocimiento para manejar cualquier asunto público y su mínima destreza para comportarse públicamente.

Trump va por mal camino. Y posiblemente, pase a la historia si es que un golpe de suerte no le ayuda―como uno de los mandatarios estadounidenses menos capaces. Y se agregaría a la lista de los poco populares Buchanan, Hoover, o Coolidge, etcétera, quienes no tuvieron destello alguno siendo presidentes.

Obviamente esto tendrá tres consecuencias inmediatas y mediatas: 1) senadores y representantes seguirán manejando las riendas de la agenda internacional; 2) la Casa Blanca será solo la temporal “Trump House”; 3) si los republicanos en el Senado y Congreso no lideran estratégicamente a su partido, trastabillarán en las próximas elecciones. 

Lo anterior, a su vez, profundiza la fragmentación y el antagonismo en el tejido social norteamericano.

Sin dudas, Donald Trump ya tiene las manos amarradas. Y sabe que no podría jamás hacerse del poder absoluto; porque entre los representantes y senadores norteamericanos, sin importar ideologías, hay un sentido de profunda sensatez política.

Y eso solo sucede cuando los que legislan son profesionales persuasivos, maduros, inteligentes, éticos, respetuosos, conscientes del sentido amplísimo de nación. 

Los contrarios a ellos son los de educación polarizada, fanáticos intolerantes, absolutistas conflictivos, sumisos partidarios, y provincianos de gallera que nunca aprenden que es más inteligente atraer para sumar que repeler para enemistarse