Orlando López-Selva
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El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas acaba de imponer sanciones contra Corea del Norte. 

¡Impensable!

Este ha sido un desafío largo y tortuoso. Milagrosamente, Washington, Moscú y Beijing pudieron encontrar una posición común. 

Las sanciones tomadas revelan que: 1) la diplomacia todavía encuentra posiciones convergentes, aunque haya circunstancias desalentadoras, cuando las potencias no quieren ni verse; 2) que el régimen de Pyongyang no las tiene todas consigo; 3) que Washington debería pensar más en usar la diplomacia multilateral para que haya resultados aceptables, incluso para los adversarios.

Me costó creerlo. Siempre las amenazas de los Kim han sido enervantes presagios infernales. Un tema discordante entre las hiperpotencias. La humanidad ha convivido con lo irracional de las dictaduras, pero Pyonyang ha sido una barbarie incorregible.  

Creí que la diplomacia de Rex Tillerson, hasta ahora de bajo perfil, sería infructuosa. Y ha dado resultados sorprendentes. 

Pero, ¿qué viene después si todo falla? 

Corea del Norte también es potencia militar, por armas y soldados.   

La diplomacia ha dejado un buen precedente. Pero, en política, lo que crece se puede revertir o causar resultados contraproducentes.  

Ahora hay que ver tres cosas: impacto, eficacia y reacciones. ¿Cómo medimos los dos primeros?

No tardó el mandatario norcoreano en amenazar y presentarse como el agredido y señalar a Washington de provocateur. Y prometió lanzarle un cohete con carga nuclear a  Guam (base militar estadounidense a unos 3,000 kilómetros de Corea), a territorio japonés, o continental americano.

Si este acuerdo, para poner más sanciones a Corea del Norte, no frena al régimen Kim, ¿qué lo puede hacer? La diplomacia se mueve aritméticamente; la opción militar, exponencialmente. No es una casualidad horrenda, que cualquier desenlace bélico involucre varias potencias económicas y militares: China, Rusia, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos.

Más bien, las medidas contra el régimen Kim deberían ser siquiátricas. No es sensato jugar a descalabrar el mundo, inculpando a otros y dejando que haya hambrunas aniquiladoras de su pueblo

¿El régimen norcoreano pretende jugar a ser un Genghis Khan moderno? China o Rusia no deben ignorar que cualquier escenario bélico sería en su patio vecino. 

¡Ya no más bromas de mal gusto! 

Las armas nucleares son medios persuasivos para negociar cuando la diplomacia se ralentiza. Y nunca dejan de ser recursos intimidatorios. Rusia lo sabe muy bien. Durante la crisis de los misiles de octubre de 1962, Fidel Castro le pidió a Kruschev que le lanzara los cohetes a Estados Unidos. Y la respuesta de este líder soviético de entonces, fue un contundente no.

¿Entonces, estos países pequeños y de poco lustre olvidan que aunque sean aliados menores del Kremlin, nunca Moscú se jugará el pellejo para arriesgarse a una aniquilación propia o de la humanidad entera, solo porque los chiquitines estén emberrinchados y chillando?

Las potencias tienen dignidad. No aspiran a enorgullecerse de glorias efímeras. No les tendría cuentas morir calcinados porque un aliado cuartelario los fuerce a cometer cualquier locura.

La resolución del Consejo de Seguridad tal vez no tenga efectos inmediatos para atenazar al régimen de Pyongyang. Pero sí deja un mensaje claro: la paz mundial es el primer objetivo de la humanidad.

Cabe pensar que Rusia y China puedan estar jugando en dos aguas y esto sea más bien un engaño. ¿Pero por qué no creer en su buena fe?

Si hay una convergencia para que en esa esquina norte del Pacífico las cosas estén en paz, este es un buen momento. ¿Pero cómo sabemos cuánto durará? 

¿Ha podido la diplomacia hacernos volver en sí para darnos cuenta de que el nacionalismo o las ideologías deben pasar a segundo plano cuando la humanidad está en peligro?

Washington también debería estar abocado a ser más recíproco con Putin, aunque no nos guste o nos parezca un adversario con un algo de Lenin y mucho de Stalin. Pero sí creo que los pasos del presidente ruso, aunque aceptablemente calculados, podrían variar si buscamos los pocos y necesarios puntos comunes con él. Es difícil, pero no imposible.

La diplomacia no requiere tanques, cohetes o soldados, sino de buena voluntad. Y lo más difícil: ceder los intereses propios a los colectivos, arriesgándonos a que nos llamen tontos y débiles.

¿Quién quiere ver cómo nos devora la última guerra mundial?

¿O los líderes de las potencias están tan mal que prefieren aniquilar adversarios, aunque mueran en sus búnkeres sin ver el Sol, o no miren crecer la hierba o no puedan oír el trino de los pájaros jamás?