Jorge Isaac Bautista Lara
  •   Managua, Nicaragua  |
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Cuenta la historia de un encuentro entre Francisco de Asís y Domingo de Guzmán. La leyenda relata que el papa Inocencio III (1161-1216), Domingo de Guzmán (1170-1221) y Francisco de Asís (1181 o 1182 – 1226), tuvieron, cada uno, un sueño.

Vieron que la Basílica Laterana estaba en malas condiciones y a punto de caerse; 2 frailes (uno de traje blanco y otro de marrón) se habían colocado en el lugar de las columnas, como compañeros de misión, para evitar el colapso de la Iglesia.

Domingo se reconoció en el que vestía de blanco, más no acertaba quién era el de marrón. Francisco de Asís, en su sueño, se identificó en el de marrón, mas no identificó al de blanco. Para el papa Inocencio III, el sueño resultaba  confuso al no reconocer a ninguno de los frailes, siendo para él un rompecabezas. Sucedió que cuando Domingo de Guzmán fue a ver al Papa para que le aprobara la orden, encontró a otro fraile vistiendo un traje marrón (Francisco de Asís).

Al encontrarse y verse, cada uno reconoció en el otro al compañero de hábito que le ayudaba en el sueño a soportar la Basílica; así se abrazaron en medio de la calle. Juntos fueron al Papa; este al verlos comprendió entonces el significado del sueño. Así se aprobaron las órdenes (hace VIII siglos): Frailes Predicadores Dominicos y la Orden Franciscana. En el 1216 que se aprobó la orden de Domingo.

Él decía “Ay de mí si no predicara el evangelio”, haciendo de la evangelización su tarea y misión central; dedicando tiempo, acción, mensaje y oración para la atención al prójimo, para la compasión con las personas. Entre sus mensajes: “Benditos seremos nosotros cuando demos pan en el hambriento, lo visitemos en el enfermo y lo vallamos a ver en el que está preso”. Y decía “Todos podemos hacer buenas obras cuando escuchamos la palabra de Jesús”.

Más hoy, en este siglo XXI, el entusiasmo que hemos construido en la celebración de sus fiestas en Managua, es el de un corazón seco en obras y anegado como un aguacero de mayo en licor; lleno de un universo egocéntrico y angosto en sus medidas, donde otros no caben, y de caber es solo en lo marginal. En cambio ha quedado en la historia de Domingo de Guzmán que en vida amaba tanto a los otros y confiaba tanto en la misericordia de Dios, para sí y para el resto, que los otros lo amaban también a él. Fue una persona que tuvo en la misa una verdadera devoción.

Su mensaje “Laudare, benedicere, pradicare” (alabar, bendecir, predicar); porque “las almas se ganan con la caridad”. Su nombre “Domingo” significa “consagrado al Señor”. Sucedió que en sus días se desató en la región donde vivía una hambruna. Observando las necesidades y hambre que se padecía repartió lo que tenía, incluyendo el mobiliario de su casa. Quedando sin nada, excepto sus libros que tanto apreciaba y amaba. Vale decir que en aquella época los libros tenían un alto costo y eran difíciles de conseguir porque eran copiados a mano.

Aún con esto, los vendió, y el dinero lo repartió a pobres y hambrientos. Decía “No puede ser que Cristo sufra hambre en los pobres, mientras yo guarde en mi casa algo con lo cual podría socorrerlos”. En aquella época los predicadores lo hacían en carruajes, y él vio que esto no era coincidente con el mensaje de Jesús, haciendo de su Orden misioneros que buscaran la pobreza al lado del pueblo, al que servirían. Formó, en coherencia con el evangelio, frailes de pobreza y santidad. Mandándolos a predicar con el ejemplo, pues es por medio de la caridad que verdaderamente se es alfarero para ganar las almas. Murió agotado físicamente por el hacer: por el hacer para los otros. Pidiendo hasta el final vivir la pobreza y humildad voluntaria.

Ese fue su testamento. A los 13 años de muerto, fue declarado Santo. El Pontífice dijo “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”. Este mensaje de Domingo de Guzmán ¿Dónde está hoy? En el camino por donde se carga al santo cada 1 y 10 de agosto queda basura y bolos; de lo primero la Alcaldía tiene la diligencia de limpiar, de los segundos casi nadie tiene misericordia con ellos, ni ellos tampoco de sí mismos. Son los cargadores del santo y algunos verdaderos promesantes los que impiden y salvan de decir la expresión que esto es un “verdadero bacanal”. Queda por preguntarle a Domingo de Guzmán qué tarea, mensaje y misión encomendados… siguen pendientes.