Francisco Javier Bautista Lara
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Quienes participamos en la lucha contra la dictadura somocista (1934–1979), principalmente desde fines de la década del 70 cuando se incrementó el rechazo al régimen, el vínculo orgánico o simpatía al Frente Sandinista, o hacia alguna expresión popular u opositora de la época, todos, sin excepción, pasamos la edad de cincuenta años. Quienes participaron en la Cruzada Nacional de Alfabetización (23 marzo–23 agosto, 1980), acontecimiento que marcó sus vidas y la de una multitud de personas, ejemplo de movilización y solidaridad, también remontaron medio centenar de años, nadie se escapa, solo los que se fueron antes, quienes se quedaron en el camino vencidos por la  adversidad, la violencia y sus circunstancias. La mayor parte oscila entre 50 y 60 años. Según Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Nada de lo de antes es igual después.

Somos sujetos y actores de dos acontecimientos fundamentales que cambiaron el rumbo de la historia de Nicaragua desde fines del siglo XX y han influido en toda una generación de América Latina que percibió el ímpetu de aquellos sucesos. El futuro preservará lo fundamental, el tiempo establezca la verdadera dimensión histórica de lo que hemos sido testigos, con distinto grado de intensidad y a partir de motivaciones diversas. El ineludible impacto de la Revolución marca un hito en 1979, indica antes y después, más allá de afinidades y desafectos. Ninguno que vivió aquello pudo ser indiferente al vigor de esa época. Aquella generación (de la que soy parte) ha consumido la mayor parte de su tiempo, más de dos tercios de la esperanza de vida, muchos continuamos influyendo con nuestros actos u omisiones en el devenir que pertenecerá a otros, a nuestros hijos y nietos. 

¿Están por llegar las últimas décadas que quedan por recorrer? En relación con la población total del país (6.2 millones), los mayores de 55 años somos minoría, solo el 10%,  la mayoría de los habitantes de la Nicaragua actual son niños y jóvenes, de 24 años o menos (52%).

Ellos, los jóvenes, incluso los menores de 50 años, no tienen un recuerdo claro de ese acontecer relevante. Quizás imágenes de la tragedia de la guerra, del duelo o del entusiasmo de la victoria, de la movilización, de sus múltiples jornadas… Del pasado, cuando niños, quedan sonidos, olores e imágenes que la memoria confunde y la imaginación recrea, prevalecen sensaciones esenciales. ¿Cómo impactó la insurrección y la represión a los niños y niñas de entonces, que son adultos hoy? No digo en quienes fuimos partícipes directos, comprometidos sin calcular riesgos ni beneficios, ilusionados con un futuro mejor, sino a los otros, a los más pequeños. 

La juventud vive el ahora. Percibiendo el presente de la Nicaragua que fue posible, me pregunto: ¿volvería a hacer lo que hice, a involucrarme con mis hermanos y amigos en aquella aventura que derribó a Somoza, apoyaría la revolución que subsiste en esta etapa distinta? Y saben qué, sin la menor duda, lo volvería a hacer. Lo continuaré haciendo a pesar de las imperfecciones e incomprensiones humanas. Otros podrán pensar distinto. El país que tenemos hoy, gracias a la opción que impuso la realidad, gracias a la última década de gestión sandinista que retornó en 2007, bajo nuevas condiciones, restableció la capacidad de impulsar  la esperanza de cambiar y avanzar. 

Desde su origen, a pesar del dominio imperial y oligarca, los esquemas de poder tradicional fueron trastocados, el modelo colonial cuestionado, la participación social incrementada, la autodeterminación restablecida… Nuevos esquemas de la gestión socioeconómica y política, pública y privada comenzaron a subsistir e imponerse frente a los viejos… Y aquí estamos, en el país que ofrece las más favorables condiciones de seguridad ciudadana de Centroamérica en paz, estables indicadores macroeconómicos y crecimiento económico, un ambiente favorable para la inversión, el trabajo y la convivencia social solidaridad, reducción de la pobreza, mejores oportunidades para los sectores vulnerables, amplio acceso a la salud, educación y seguridad social, a pesar de las vulnerabilidades sociales, medioambientales e institucionales ante los déficits históricos acumulados… Los esquemas capitalistas del mundo contemporáneo no son sostenibles, preservan la inequidad, ahogan la subsistencia. Hay tanto que replantear. Aunque el camino es largo, hay luces esperanzadoras…

fjbautista2013@gmail.com