Cefas Asensio Flórez
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Managua, 11 de julio de 1991. Y llegó el día tan esperado para mí. Esa vez tuve que seguir mis instintos racionales para evitar caer en supersticiones y no perderme el espectáculo del siglo: el eclipse total de Sol. Quizás iba a ser el único en mi vida; así que tuve el cuidado de seguir las instrucciones de los científicos, en especial del Doctor Jaime Íncer Barquero, quien nos invitó a verlo de distintas maneras con diferentes precauciones; pero me llamó más la atención su sugerencia de que podíamos verlo de manera directa en el momento del cubrimiento total del Sol por parte de la luna, que es cuando podríamos evitar daños a la vista. Y esa fue mi decisión.

Unos días antes ya le había dicho a mi hijo de 8 años que me iba a acompañar a ver el eclipse; así que faltando unos dos minutos para las 2 de la tarde, que era la hora de inicio del evento, lo tomé de la mano y salimos a la cuadra. No había nadie, porque todos se habían recluido en sus casas, para verlo por televisión, según había recomendado el Gobierno de entonces. 

Ya estaba comenzando a sentirse fresco el ambiente y a verse cómo, poco a poco, comenzaba a oscurecer. Yo le recordaba a mi hijo de no volver a ver al sol, hasta que estuviera totalmente oscuro. Los gallos cantaban, los perros ladraban y se escuchaban pájaros que escapaban en vuelo. Hasta que quedó todo totalmente oscuro, como si fuera de noche. Entonces le dije a mi hijo que podíamos ver hacia arriba.

Y allí estaba. El espectáculo del universo. Como telón de fondo, el cielo como se mira durante una noche oscurísima, en la montaña o en el mar; con el centellear de miles de estrellas. Y, literalmente, ante mis ojos la Luna de un tamaño inusualmente grande, dejándose ver tal cual es, mostrándoseme en toda su desnudez. Y es que realmente de acuerdo con la información científica, en ese momento estaba en su punto más cercano a la tierra. 

Los segundos parecían días, años, quizás siglos. Mi mirada tomaba nota de los cráteres como cicatrices milenarias, de los mares de arena que en aquel instante parecían respirar o moverse de manera casi imperceptible, ante ningún viento, sino quizás como un efecto inesperado de la curvatura del espacio y de una fracción de su movimiento en un momento, como Einstein en su teoría de la relatividad pronosticó; o quizás fue solo una ilusión ante mis ojos… o no lo fue.

La Luna en todo su esplendor. No reflejaba como siempre la luz directa del Sol, sino solo la necesaria semiclaridad con que la vemos en las películas como se ve desde una nave espacial enviada por la NASA. Podríamos decir que la superficie de la luna era como a eso de las seis de la tarde, hora de la tierra, con los últimos destellos de la luz solar, y con unas sombras tímidas para entrar. Esto sentía que me lo confirmaba los tenues rayos de luz solar como un aro alrededor de la Luna, los cuales apenas se vislumbraban detrás del astro, dirigiéndose hacia cualquier parte del universo, menos hacia la tierra.

Mi hijo miraba asombrado, y me miraba con muchas preguntas en ese momento; pero disfrutando la alegría del momento en comunidad. Yo pensaba, ¿cómo no admirar a los egipcios, a los mayas, a los incas? Enamorados del cielo. Ciertos de estar en la tierra, a como me sentí por primera vez de manera plena y verdadera, como en una gran nave que en la cual vamos desplazándonos a una velocidad inaudita en el universo, tal como lo reflexiona nuestro Ernesto Cardenal.

Y es que esta vez sí; la mano de Dios detuvo todo, la nave, el Sol, la Luna y las estrellas, para recordarnos que no estamos solos. Que allá, más allá; y que aquí, más aquí; desde todos los rincones del universo, el que vemos y el que no vemos; desde el de afuera y desde el de adentro de nosotros, hay una voz que ordena con sabiduría, da vida, y nos dice con amor: Yo Soy el que Soy.