Guillermo Fernández Ampié
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Veinte años no es nada, cantó Gardel. No sé si tenía razón, quizás desde un plano metafísico así sea. En todo caso, treinta años sí pesan. He podido confirmarlo.  Después de tres décadas de ausencia retomé la comunicación con compañeros que en nuestros años de adolescencia formamos parte del Ejército Popular de Alfabetización y, tras la jornada de enseñanza y aprendizaje, compartimos los primeros entrenamientos de la Cuarta Compañía del Batallón de Reservistas 30-62 en el Colegio Experimental México. Las movilizaciones con otros batallones, mis estudios universitarios y el desarrollo profesional que elegí me llevaron por otros rumbos y solo esporádicamente recibí noticias de algunos de ellos. De la mayoría no supe mucho más.

Estos días que restablecí la comunicación por razones académicas, pero también por el peso de la vida y la nostalgia,  me enteré que varios de aquellos jóvenes camaradas ya han partido para siempre y ahora solo viven en el  recuerdo de nuestras memorias; que apenas en los últimos meses otros tres se movilizaron hacia la eternidad. Ya no me será posible restablecer ningún diálogo con ellos, saludarlos, revivir anécdotas. Menciono algunos nombres: Rolando, Wilfredo, Agustín, Ronald…

 La generación que ahora saludo mientras parece despedirse lentamente está compuesta por antiguos jóvenes sandinistas, aquella que cargó sobre sus hombros voluntariamente o no –la mayoría de los que conocí, voluntariamente–  con el peso de la defensa militar de la revolución, la recolección del café y otros productos de agroexportación para obtener las tan preciadas divisas internacionales para financiar las ambiciosas políticas sociales que intentaba desarrollar el gobierno revolucionario. 

Ahora son hombres en sus cincuenta años, varios de ellos padeciendo los golpes a la salud que vienen aparejados con el tiempo y los caminos transitados. Son un disparejo mosaico de opiniones, de visiones del país, de percepciones e interpretaciones sobre nuestra Nicaragua actual, que dialogan en fraterno intercambio, con pleno respeto, y recuerdan unidos esos años de fraternidad, sacrificios y glorias, de sueños vivos y postergados.  Los une el recuerdo y la sangre de aquellos que estuvieron en el combate hasta las últimas consecuencias.

Sus nombres aún no aparecen en las crónicas sobre esos años vertiginosos, hasta ahora no los recoge ningún libro. Siguen anónimos. Algunos pueden reconocerse en las fotos sepias de los periódicos de hace tres décadas. A ellos, se les llamó con desprecio “turbas sandinistas”. Se les tildó de violentos cuando solo defendían la posibilidad de que todos los y las nicaragüenses tuvieran un techo digno, que se garantizara servicios de salud y educación para toda la población. Hicieron lo necesario para construir un país diferente, para defender el proyecto social que el poder estadounidense hizo abortar. La audacia que les ayudó a enfrentar y sobrevivir la guerra de agresión fue poco útil para enfrentarse al torbellino de males sociales que llegó con los gobiernos neoliberales. Pero sobrevivieron. Formaron familias. Ahora transmiten sus hazañas y recuerdos a sus nietos (comprobé también que, en Nicaragua, el pasado sigue transmitiéndose fundamentalmente por medio de la tradición oral, de viva voz).

Su historia no se ha olvidado, ellos no la han olvidado. Sus familias tampoco. Una guerra cruenta e injusta como la que se hizo a Nicaragua en los años ochenta no se olvida fácilmente, ni se olvidan sus causas, por mucho que los poderosos que la financiaron quieran distorsionar la historia. Nadie lo sabe mejor que aquellos que estuvieron ahí, en primera fila. Este es mi pequeño homenaje a todos ellos, protagonistas de ese heroico y doloroso pasado: Luis, Ricardo, Danilo, Sergio, Milton, Iván, Ramón, Javier Martín…

*Profesor del Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México.
gfernam@gmail.com