Jorge Eduardo Arellano
  •   Managua, Nicaragua.  |
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A Luciano Cuadra Vega (1903-2001) se le debe la traducción de dos fragmentos del extenso poema, laudatorio y elegiaco, “With Walker in Nicaragua”. Escrito en Londres, 1871, por el decimonónico bardo estadounidense Joaquín Miller (10 de noviembre, 1841-17 de febrero, 1913) curiosamente no fue difundido, ni valorado por Alejandro Bolaños Geyer (1924-2005), ese gran estudioso y panegirista del “predestinado de los ojos grises”. Apenas, ligeramente, me referí a ese poco conocido texto literario en la segunda edición del Panorama de la literatura nicaragüense (Managua, editorial Alemana, 1968, p. 68).

Joaquín Miller era el seudónimo de un prolífico poeta, ensayista y fabulista que respondía al nombre de Cincinnatus Heine (o Hiner) Miller, nacido en Indiana, pero residente primero en California, luego en Oregon y otra vez en California. Allí ejerció varios oficios, entre ellos cuque de un campo minero. También se dice que fue abogado y juez, cronista y jinete del Pony Express. Entre 1868 y 1910 se editaron unos quince poemarios suyos y en 1902 se reunieron en un volumen “The Complete Poetical Works of Joaquin Miller”. Este ya se había consagrado como el cantor de las Sierras del Oeste.

Mas también Miller tuvo el empeño de idealizar la aventura esclavista de William Walker en Centroamérica. No llegó a conocerlo personalmente. Sin embargo, el famoso “soldier of fortune” le impresionó tanto que llegaría a dedicarle todo el referido poema épico “Con Walker en Nicaragua”. En la presentación del primer fragmento traducido por Cuadra Vega, Revista Conservadora aclaró que se publicaba para conmemorar “el primer centenario del fusilamiento del más grande ofensor de nuestra Nacionalidad, del hombre nefasto que dejó una estela de sangre, destrucción y muerte como jamás se ha visto en nuestra atormentada historia”. Dice ese fragmento: 

“Años después, protegido del sol bajo un laurel frondoso, un nativo muchacho que yacía sobre la oscura y alta yerba, mientras su mula ramoneaba al lado, me contaba con orgullo campesino, cómo una vez peleó, cuán demasiado y bien, fornido pecho contra fornido pecho, sangrante mano a mano, en contra del enemigo de su amada tierra, y cómo el invasor fue derrotado. Y sin artificios me contó su muerte”.

“De dos en fondo, un mosquete de distancia entre ellos, se formaron de frente, caites y descalzos, y sombríos, uno solo en las sombras y en la muerte, sus gruesos labios sedientos de sangre. Uno por uno les estrechó la mano y aun sonriente con paciente gracia a todos perdonó. Y tomó su puesto. Descubrió al sol su ancha y clara frente, y levantó los ojos a los cielos, mientras las nubes blancas se teñían de púrpura sobre las verdes lomas”.

“Hizo una reverencia, la mano al corazón, un palio de humo, un estallido, un golpe, del guerrero las ropas destrozadas, y sangre, el rostro sobre el polvo… Y eso fue todo. Él yace allá bajo la arena arrasante de la playa, sin resguardo alguno del ardiente sol del trópico. Y de todos sus fogosos partidarios nadie habla ahora bien del que descansa en lejana tierra”.

Miller había viajado a Trujillo, Honduras, para visitar la tumba del último de los filibusteros —afirma Frederic Rosengarten Jr. en cuyo libro William Walker y el ocaso del filibusterismo (Tegucigalpa, Guaymuras, 2002) se leen las siguientes estrofas, vertidas al español por el mismo Luciano: “El ver su tumba abandonada / cubierta de seca yerba, / de yerba mustia y quemada / por inclemente sol, / fue lo que más me hizo sufrir. / Porque fue más que un rey / en sus triunfales horas, / pero un infame en la derrota / que solo insultos y odios recibió… Así son las cosas de la guerra: / si vence, los laureles; / si pierde, el látigo infamante”. 

Y termina este segundo fragmento: “Las olas del Caribe / arrullan hoy sus huesos / que el sol allá blanquea. / La brisa tropical gime doliente / sobre su tumba sola, ya olvidada, / cual si en la tierra caliente de Trujillo / con la muerte de Walker todo muriera”.

Finalmente, Miller dejaría este retrato del último filibustero: “Mirada penetrante, / aire principesco, / talante de caballero, / mitad ángel y mitad Satán”. Más aun: el poema “Children of the Sum”, altisonante canto al pueblo nicaragüense, cuyo valor elogia con sincero entusiasmo, de acuerdo con José Coronel Urtecho.