Adolfo Miranda Sáenz
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En el lenguaje común, por justicia se entiende que “las personas deben recibir el trato que se merecen”. El gran jurista romano Domicio Ulpiano (170-228) la definió así: “La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho”; agregando que los preceptos o mandatos del derecho son: “vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada uno lo que le corresponde”.

Hay otros conceptos de justicia, filosóficos, religiosos y sociales, pero no pretendo aquí desarrollar un tratado sobre el origen, significado y conceptos del término justicia. Está claro que la definición de Ulpiano calza muy bien con lo que todos generalmente consideramos justicia: dar a cada uno lo que le corresponde. Y por consiguiente también entendemos como “justicia social” la distribución equitativa de los bienes de una sociedad según le corresponda a cada miembro de la misma. 

Veamos algunos ejemplos de lo que consideramos justo. El que comete un delito debe cumplir una pena establecida por el Código Penal para el delito cometido, considerando las atenuantes o agravantes. En la vida familiar se considera justo que todos los hijos reciban el mismo trato de sus padres, y si un hijo no cumple sus deberes o desobedece, es justo que tenga un castigo proporcionado.

Si una persona nos agrede es justo responder a esa agresión. La remuneración justa a un empleado por su trabajo es el salario mínimo que establece el Código del Trabajo para el tipo de labor que realiza, o lo acordado entre el empleado y el empleador, más las prestaciones sociales de ley. Así podríamos seguir con infinidad de ejemplos, pero estos bastan para aclarar qué entendemos por “darle a cada cual lo que le corresponde”, o sea, actuar con justicia.

Este mundo sería mucho mejor y se evitarían guerras y otras desgracias si todos actuáramos con justicia. Si los gobernantes, magistrados y jueces fueran justos con los ciudadanos; si los esposos fueran justos con sus esposas y las esposas fueran justas con sus esposos; si las relaciones entre las naciones estuvieran basadas en la justicia; si hubiera justicia social en cada país y en las relaciones mundiales.

Esta es una meta, un ideal para todos los seres humanos independientemente de razas, ideologías o religión. Pero, para un cristiano, la justicia no basta. Esta es una verdad que muchos cristianos no la hemos entendido. Jesús nos demanda no solo ser justos sino también ser misericordiosos.

Jesús nos prohíbe exigir “ojo por ojo y diente por diente”, como era en el Antiguo Testamento, al contrario, nos manda a “poner la otra mejía”, “amar a nuestros enemigos”, “perdonar setenta veces siete” que significa “siempre”, “no devolver mal por mal, sino hacer el bien a quien nos hace el mal”. Jesús nos dice que ser justos está bien, pero no basta para un cristiano que debe ir más allá, movido por el amor, hasta el perdón y la misericordia.

Perdonar y ser misericordioso aunque el otro no se arrepienta o no lo merezca. Cuando tomamos conciencia de lo que nos exige Jesús, vemos lo difícil que es ser cristiano. ¿Cuántos practicamos el verdadero cristianismo? ¡Seamos sinceros! ¡No lo hacemos como deberíamos! Es importante que reflexionemos en este punto que es parte fundamental del Evangelio de Jesús. Propongámonos a actuar como verdaderos cristianos, yendo más allá de lo que es justo en nuestro trato con los demás, actuando con misericordia, como Jesús nos trata a nosotros.

* Abogado, periodista y escritor

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