Gustavo-Adolfo Vargas*
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Hace más de 16 años Estados Unidos encabezó una coalición internacional que invadió Afganistán, con la intención de destruir a Al Qaeda y expulsar a los talibanes, dos objetivos no logrados hasta la fecha.

La situación actual es contraria a lo que perseguía porque lo que queda de Al Qaeda se ha trasladado a la frontera paquistaní y los talibanes dominan casi el 80% del sur de Afganistán y el 43% del país entero. Lo que significa que el Gobierno de Kabul solo tiene el control sobre el 57% del territorio, respecto al 72% del año pasado. Inevitablemente esa proporción puede reducirse aún más en los próximos meses.

Varios observadores afganos opinan que están a punto de perder la guerra y da la sensación que Aldous Huxley tenía razón cuando dijo: “lo único que se puede aprender de la historia es que nadie aprende de la historia”. 

En el primer trimestre del año han muerto más de un millar de soldados afganos, y en abril los talibanes atacaron una base del ejército afgano, mataron a 200 militares. Más de 400 policías y soldados mueren cada mes y algunos regimientos han perdido el 50% de sus fuerzas; hay deserción en Helmand, provincia del sur del país donde la insurgencia talibán se retroalimenta con el narcotráfico.

La CIA cree que Afganistán está devorando demasiados recursos. Incluso el Pentágono, que solía mostrar más interés que los demás, está quedando ya sin fuerzas. Las tropas afganas parecieran debilitarse y sus socios estadounidenses aparentan perder interés en una guerra en la que están involucrados hace mucho y con tan pocos resultados.

Barack Obama y Donald Trump han hecho de todo para mantener al presidente Ashraf Ghani en el poder, animándolo a colaborar más estrechamente con su rival Abdullah Abdullah, con quien firmó un pacto de Gobierno.

Pero esa estrategia ha fracasado. Antes de la oleada reciente de atentados y manifestaciones, el gobierno de Trump estudiaba enviar 5,000 soldados más al país, aunque pareciera que para él esa cifra no es suficiente. La presidencia de Ghani  está por colapsar. Miles de afganos de clase media han huido a los países del Golfo y Europa. La corrupción ha contribuido a agravar la crisis económica.

El Gobierno de Kabul depende casi totalmente de la ayuda económica de Occidente. Sin el dinero de esa procedencia no organizarían elecciones, no cubriera los sueldos de los funcionarios, no pagaría al Ejército, las instalaciones médicas, educativas, tampoco las telecomunicaciones.

Si interrumpieran o redujeran ese dinero, probablemente el Gobierno no pudiese defenderse, similar a lo que le sucedió al régimen de Najibulá, que fue derrotado por los muyahidines en 1989, cuando Gorbachov cortó el suministro de armas y dinero.

La población más pobre y analfabeta de Asia es la afgana. Las viejas divisiones entre pastunes y tayikos constituyen la principal brecha étnica del Afganistán moderno, que nació a finales de la década de 1840, la época de Dost Mohammad Khan. Diversos observadores advierten que las discrepancias entre unos y otros han alcanzado un nivel inadaptable.

Barnett Rubin (asesor del enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán) expresó que esta es una preocupación real, y no solo a largo plazo: “Es posible que los cambios que se han producido en Afganistán desde 2001 sean irreversibles”. “Pero también son insostenibles”.

La inversión de Estados Unidos es de más de 700,000 millones de dólares; con esa suma de dinero es suficiente para construir a cada afgano un apartamento, instalaciones sanitarias y educativas, etc.

Pero la realidad es otra, Afganistán sigue siendo el país más pobre de Asia y el tercero del mundo donde hay más corrupción; tiene un alto índice de analfabetismo y las peores infraestructuras médicas y educativas. El país tardará varias décadas en aproximarse al nivel de vida de Pakistán y Bangladés.

Lo que necesita Afganistán es un inmenso esfuerzo diplomático de Estados Unidos para restablecer las negociaciones entre los talibanes y el gobierno de Ashraf Ghani. Sin embargo, con un presidente inestable, ignorante e imprevisible, las probabilidades de que Estados Unidos tome esa iniciativa son cada vez menores.

La adversidad en Afganistán no da tregua, no termina y da la impresión de que es una pesadilla prolongada.

* Diplomático, jurista y politólogo.