Jorge Eduardo Arellano
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En 1933 se publicó “El último filibustero”, de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya (1891-1952). Novela histórica, fue escrita durante diez meses —de enero a octubre de 1929— y consiste en la visión del patriciado conservador de la intrusión de William Walker (1855-57). Doce extensos capítulos y un epílogo —la captura y fusilamiento de Walker en Trujillo, Honduras— la integran.

Como lo confiesa en el prólogo, su autor se empeña en transcribir con fidelidad documentos históricos —como la “Proclama” nacionalista de su abuelo Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, lanzada desde Masaya el 19 de octubre de 1855— y páginas tomadas de obras historiográficas. Por ejemplo, la mayor parte del diálogo del capítulo VIII es, en realidad, “copia de lo que Walker opinó sobre la esclavitud y el método de conquistar a Nicaragua”. “El último filibustero” está saturada de historiografía. 

Con todo, la trama es apreciable a lo largo de sus 537 páginas. Juan Antonio Zavala, hijo de un patricio rural y tradicionalista, la protagoniza desde su regreso de París —donde había sido mandado a estudiar medicina— hasta su matrimonio con Nida Calonje. Los tres son granadinos, de manera que la novela acontece en Granada; pero también en otros espacios, incluyendo la hacienda San Jacinto. Allí se libera la batalla del mismo nombre —ficcionalizándose por primera vez— en la cual Juan Antonio participa con su tutor campesino Lencho, el mismo sirviente familiar que lo había recibido, a su regreso al país, en el puerto lacustre de La Virgen. Lencho lo llevaba a la escuela, lo bañaba y le había enseñado a montar a caballo.

Galante, Juan Antonio había sido llamado con urgencia por su padre,Pedro Antonio, enterado este de su disoluta vida parisiense, para sentar cabeza. Ya en Nicaragua, entra en fuerte interacción con su progenitor. El joven, mientras recorre la ciudad constatando los destrozos dejados por los demoniacos leoneses, conoce a Nida Calonje y se prende de ella. Sucede entonces la toma de Granada por Walker, cuya intervención el granadino considera necesaria; simpatiza, pues, con las nuevas costumbres y los cambios que pretendían imponer los filibusteros, mas a medida que se dan los acontecimientos, narrados cronológicamente, evoluciona. El padre de Nida, don Pascual Calonje —un legitimista notable— es encarcelado y Juan Antonio intercede por él ante Walker, fracasando. Calonje logra escapar a Chontales y también Miguel de la Reina, prometido de Nida. A Zavala le aparece otro rival, el filibustero Gee Gist. Este rapta a Nida y la envía a la isla de Ometepe antes del incendio.

Gist es capturado por el ejército nicaragüense al mando del general Tomás Martínez, quien ordena a Zavala ejecutarlo. Juan Antonio lo desarma del sable que guardaba ceñido y le hace señas para que lo siga. Cuando ya no pueden ser vistos, le ofrece batirse como caballeros. Gist intenta romper la ley del duelo. Entonces Zavala decide ahorcarlo, tarea que encomienda a Lencho. Y en pocos momentos, “Geo Gist refrescaba su cuerpo a la brisa del lago —consigna Chamorro Zelaya— desde un corpulento árbol de mango”.

Nida Calonje ya está de regreso en Granada. Pero Juan Antonio Zavala no puede aspirar a ella, dado el compromiso —arreglado entre las respectivas familias— con Miguel de la Reina. Sin embargo, al héroe de la novela le queda libre el camino cuando en la ciudad corre la noticia que Miguel, por trastornos de la mente, se había suicidado en Chontales.

En síntesis, El último filibustero compagina el relato pormenorizado de la guerra nacional antifilibustera con el elemento romántico. Pero Chamorro Zelaya sobre todo plantea una tesis en boca del patricio Pedro Antonio Zavala que evade tomar parte en la cuestión política: “me voy a la agricultura donde también se sirve a la Patria [...] Acaso mejor que en la administración pública. Tengo para mí que el crecido número de aspirantes a los puestos elevados, el pensar solamente en una colocación como medio de resolver el problema privado de la vida, es lo que ha causado tantas guerras y odios en Nicaragua; aquí siempre se ha peleado por el presupuesto, nunca por ideales; por tanto, mientras haya menos necesitados de vivir a costa del Estado, habrá menos trastornadores disfrazados con lindas palabras de libertad, progreso y otras engañifas. Por eso me voy a mi trabajo y recomiendo a todos que hagan lo mismo”.