Orlando López-Selva
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La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, la tentación del presidente Trump de frenar el TLC en Norteamérica, la salida  del régimen de Maduro de la OEA, la caída de los países del SICA en una depresión y lentitud integracionista, evidencian que la tendencia actual de muchos Estados de ir cada quien por su lado, está de moda.

Mi punto acá es hacer notar, que a pesar de los  importantes avances tecnológicos —por ejemplo, en el campo de la comunicación— que facilitan la integración virtual, la humanidad está distanciándose. Y debemos, también, paralelamente, acercarnos mucho desde el lado de  la fraternidad humana, compasiva, comprensiva, empática, tolerante, solidaria.

¿Cómo explicar que haya Estados empujando en direcciones opuestas el aislacionismo o el separatismo? Esto indica que en la sociedad internacional, el conflicto está prevaleciendo sobre la armonía.  

Es normal. Pero, ¿cuál es el límite?

Obviamente, la “integración” que existe entre ciudadanos, corporaciones, asociaciones, oenegés y Gobiernos, desde las plataformas digitales hace que ahora todo se vea cercano. Pero no es así. Es una cercanía únicamente virtual. Interiormente, esas ansias e impulsos separatistas son una expresión de las angustias que vivimos. La humanidad sigue luchando contra  enfermedades, guerras, hambrunas, desastres naturales. A veces, nos inclinamos por lo tecnológico, en detrimento de lo humano. ¿Los emoticones suplantarán a las lenguas  vivas? 

Seguimos sin entendernos unos a otros. 

¡¿Y la solución política: figureo y fuerza!?

Hemos superado distancias geográficas. No así prejuicios, incomprensiones, complejos.

Cierto, los avances médicos y tecnológicos han mejorado la calidad de vida: mayor longevidad con vacunas, cirugías, mejores medicamentos. Pero si por ahí andamos bien; por el otro, la alta criminalidad aminora las esperanzas.

Persisten los conflictos y guerras. Aunque haya decenas de organismos internacionales que trabajen por la paz regional o universal. Se firman docenas de memoranda, declaraciones de buena intención y tratados que tipifican, prohíben y condenan.

¿Y?  ¡¿Antes porque éramos incivilizados; hoy porque estamos superarmados!?

Continúan males que se pensamos desaparecerían. Las  dictaduras… campantes, impunes. A pesar de las declaraciones  de los estadistas, las resoluciones de los organismos internacionales o los convenios sobre derechos humanos, políticos, sociales, se sigue persiguiendo a minorías, disidentes y opositores a los poderosos gobernantes. Esto se traduce en cárcel, torturas, exilio, refugiados, guerras civiles, etc. ¿Por qué? 

Supuestamente, como los Gobiernos son, los líderes que conducen a las naciones, sus autoridades son los permitidos para conformar esos organismos. Y se convierten en gigantes maquinarias de crisis y atropellos. 

Deberían ser los pueblos—los grupos sociales diversos— los que conformen, legítimamente, los organismos multilaterales internacionales.

Desde hace mucho la humanidad está consciente de que la finitud de los recursos naturales es una amenaza a nuestra existencia misma. Pero seguimos destruyendo, contaminando, derrochando. ¿Cuántos organismos proambientalistas existen que ruegan que se generen energías renovables y no-contaminantes? ¿Y?

Cada año hay menos bosques, más incendios, más ríos y lagos secos, más contaminación marina, menor número de especies de la fauna y la flora. ¿Y?

La humanidad sigue creciendo exponencialmente. Esto constriñe y desafía a las economías. Pero, ¿Por qué no educarnos para evitar derroche, desperdicios y lujos? Al contrario, los economistas todo lo quieren remediar subiendo impuestos.

No es cuestión de que si algo se pierde, se sustituya sintética o virtualmente. No. ¿Por qué destruir, ensuciar, aniquilar?   

Ejemplo. Si se incendia un bosque: los satélites, los GPS, y los  aviones y helicópteros que trasportan agua, ayudan a combatir el fuego. Pero el punto no es vivir peleando contra el fuego. ¿No sería más eficaz (¡más fácil, no!) educarnos para desarrollar una conciencia que ame y preserve la naturaleza?

En solo un siglo, hemos pasado de los recursos abundantes, a los limitados. Y vamos de los escasos a los extintos.

Entre otras cosas, el des-integracionismo internacional se da porque hemos creído que con tecnología lo solucionamos todo. Indudablemente, ayuda mucho; es un recurso útil, maravilloso. Pero debemos cultivar, paralelamente, nuestra vida interior. 

No hablo de sustituir; hablo de incorporar. Cultivemos también sentimientos y valores. 

Vivimos en la era del exteriorismo virtual.

El desarrollo responde más a los instintos; la sana convivencia, a los sentimientos.

Lo importante no solo es avanzar, sino consolidar. ¿Emprendemos el desarrollo como táctica competitiva para jactarnos del progreso material?

Hemos perdido la fraternidad. 

Si estuviéramos bien, ¿por qué tantas crisis globales?

No es cuestión de cambiar de meta. Es asunto de cambiar de  estrategia. Estoy segurísimo que valdrá la pena intentar hacer las cosas de otra manera: desde adentro del hombre.