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Uno de estos días, acalorados, oscuros y casi infernales, recordaba las frases de Bernard Shaw, cuando dice que “desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”. Escuela que por cierto, un día de estos me reconoció con la excelencia académica.

Me pregunto sobre la importancia que para muchos tiene este reconocimiento. Es correcto reconocer el esfuerzo y la dedicación, pero considero que es inútil dejarlo solamente en eso, al menos de mi parte. Tal reconocimiento constituye y representa un reto para ambas partes: universidad y alumno.

Para la universidad porque debe formar y ofrecer herramientas de aprendizaje que sirvan para aprehender aquello que ayude al crecimiento integral. Para el alumno, porque lo obliga a poner en práctica lo aprendido, aprender a no tener miedo, aprender a desaprender y a tener imaginación. Esta última es más importante que el conocimiento, especialmente en tiempos de crisis.

Se necesita de auténticas mujeres y hombres que sumen esfuerzos en la construcción de un mundo distinto, un mundo equitativo, en donde la mediocridad, la mentira, el descaro, la doble moral pasen a ser materias vencidas y propias de la facultad de la impunidad.

Nosotros, los jóvenes, tenemos en nuestras manos el presente. Gracias por los reconocimientos, pero no nos quedemos ahí. Avancemos. Cada reconocimiento que nos den, es un reto y un compromiso con quienes no han podido asistir a la universidad, con quienes no saben leer ni escribir, con quienes no son reconocidos, y con quienes ni sabemos que existen porque ni nombre les han dado.

A todos aquellos que desde muy niños tuvimos que interrumpir nuestra educación para ir a la escuela, demos gracias porque algunos otros no fueron ni niños y ni tuvieron escuela.

*Comunicador Social
eefrain@gmail.com