Jorge Eduardo Arellano
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Actualizado cada septiembre en Nicaragua, el vocablo filibustero se usa en España con un sentido mucho más atenuado del que tuvo históricamente. «¡Filibustera!», llamó un erudito, miembro de la Real Academia Española, a una colega durante el Congreso de la Asociación de Academias en mayo de 1994. Pero ¿qué le había querido decir? ¿Saqueadora, como los bucaneros del siglo XVII? ¿O incendiaria, como el sureño esclavista de los Estados Unidos, William Walker?

Ninguna de ambas acepciones. Se discutía entonces la reordenación de los dígrafos CH y LL en el alfabeto y la colega se oponía a la famosa moción. Entonces sacó de las casillas al susodicho académico cuando exclamó: «¡Filibustera!». Nunca antes había escuchado el vocablo como sustantivo femenino. Y es que “filibustero”, actualmente se aplica en Estados Unidos al grupo minoritario, o a una determinada persona, del cuerpo legislativo que recurre a prácticas dilatorias para atrasar, estorbar o impedir la aprobación de un proyecto de ley.

Pero en la última edición del Diccionario de la Lengua Española (DLE) no se registra esa acepción. Las que trae son dos. Una: «Nombre de ciertos piratas que por el siglo XVII infestaron el mar de las Antillas». Con la correcta marca desusada, pero faltó puntualizar que esos piratas eran europeos (holandeses y franceses) y que, en busca de presas, caían sobre los barcos y posesiones de la Corona de España en el continente americano. A la ciudad nicaragüense de Granada, por ejemplo, la saquearon tres veces: en 1665, 1670 y 1685.

La segunda acepción del DLE, también histórica y en desuso, es controvertida. «El que trabajaba por la emancipación de las que fueron provincias ultramarinas de España». Nunca en nuestra América recibieron el cognomento de filibusteros los independentistas. Se les llamaba en los documentos españoles «insurgentes» y, desde la perspectiva criolla «corsarios», como en el caso de los famosos Aury y Bouchard. 

El DLE prescinde de una tercera acepción que a los centroamericanos nos resulta desconocida. Con el vocablo filibustero se denominaba, entre 1840 y 1860, a los “soldiers of fortune” (mercenarios es la traducción de este anglicismo) que organizaba desde Estados Unidos (Nueva York y California) expediciones bélicas —sin la autorización del gobierno— contra los países que los mismos Estados Unidos estaban en paz (España, México y Nicaragua). Su propósito, en principio, era enriquecerse; y, en el caso de los filibusteros que invadieron Cuba, anexar esta posesión española a Estados Unidos. Quienes marcharon a Sonora tuvieron igual pretensión. Y Walker, en su expedición a Nicaragua, tuvo la mira de establecer un imperio esclavista en Centroamérica. Todos encontraron la muerte.

Filibustero procede del francés “filibustier”. Pero la palabra inglesa “filibuster” es una variante de la holandesa “vrijbuiter”, la cual quiere decir literalmente botín libre, o sea, saqueador. Quien la define es el estadounidense William O. Scroggs, autor de “Filibusters and Financiers” (1916). Pero ya nuestro historiador decimonónico José Dolores Gámez (1815-1918), en el capítulo “Los Piratas” de su “Historia de Nicaragua” (1889), había sido explícito en la etimología del vocablo optando por la holandesa. La autoridad a la que recurría era Roque Barcia: «Holandés, vrjbuiter: de vrij, libre, y de buitre, botín».

En su indagación etimológica, José Dolores Gámez consulta al “Diccionario de la lengua francesa” de Émile Maximilien Paul Littré (1801-1881) que deriva el término del holandés, alemán e inglés. Nunca del español. En resumen, resulta preciso actualizar y enriquecer el DLE con las anteriores precisiones. En cuanto a “freebooter”, figura en una biografía escrita por Frederick Rosengarten Jr. y cuya traducción al español, realizada por Luciano Cuadra, la editó en 2006 nuestro Academia de Geografía e Historia de Nicaragua y la Comisión del Sesquicentenario de la Batalla de San Jacinto: Freeboters must die! 

Cabe señalar, para concluir, que la acepción decimonónica de filibustero ha sido registrada en dos compilaciones del habla nicaragüense. Hildebrando A. Castellón, nuestro primer diccionarista, la incorpora: «m. Mercenario, pirata, bucanero, salteador; freebooter» (1939: 62). Alfonso Valle también. Y no sólo como sustantivo, sino como verbo: «Filibusterear: Piratear /Conducirse como filibustero» (1948: 133). Además, al lenguaje culto corresponden los títulos de las siguientes obras, originales o traducidas: “Historia de los Filibusteros” (1908) de James Jefferey Roche; “La Campaña Nacional contra los Filibusteros…” (1909) de Joaquín Bernardo Calvo y la novela “El Último Filibustero” (1933) de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya.