Jorge Eduardo Arellano
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Este lunes 30 de marzo se firmará en la Vicepresidencia de la República el Acta Constitutiva de una novel Academia de Ciencias de Nicaragua, cuya personalidad jurídica está en proceso. Un rector –químico graduado, pero casi ágrafo- y catorce profesionales (entre ellos un médico, Eddy R. Zepeda, de quien puedo dar testimonio de su interés por la investigación) la integran como miembros de número.

Nueve reconocidas personalidades, que encabeza nuestro hombre-ciencia, Jaime Incer Barquero, han sido nombrados miembros honorarios de esta asociación, cuyo nacimiento –pese a ser demasiado tardío- debemos celebrar. Dos objetivos se destacan entre los seis que se ha impuesto: en primer lugar, “promover la producción de conocimiento que conlleve a la solución de problemas concretos de interés nacional”, tarea que corresponde a las universidades y que, ojalá me equivoque, no ha sido la función prioritaria de las 52 que oficialmente autoriza y reconoce el CNU.

En segundo lugar, “apoyar al Estado nicaragüense y a la sociedad en las toma de decisiones sobre diversos ámbitos de la ciencia y la tecnología”. Ojalá también me equivoque, pero considero este objetivo ilusorio en un país donde la inversión estatal en esas áreas es casi nula si la comparamos, por ejemplo, con la de Costa Rica. Además, es necesario tomar en cuenta que vivimos en un país desgarrado, en permanente polarización política y empobrecido, donde la construcción de una sociedad moderna, honrada y justa no es tampoco tarea prioritaria de la llamada clase política.

Lo anterior no tiende a reprimir el entusiasmo de los organizadores de esa nueva asociación, a la que deseo larga vida; pero ¿dónde queda la investigación científica, una de las funciones esenciales de la misión universitaria? (las otras corresponden a la formación profesional y a la extensión cultural). ¿Responde esta Academia a la falta de investigación en nuestros centros de estudios superiores? ¿No podría convertirse en una instancia burocrática, más gravosa del presupuesto nacional?
Mientras toman la palabra los involucrados, quisiera sugerir dos actividades a la Academia en pañales: un inventario de los recursos humanos, científicos y tecnológicos disponibles en el país, más un recuento de los aportes que hasta ahora se han logrado con el fin de enriquecer la historia de nuestra ciencia, cuyo primer intento de sistematización se le debe a mi amigo chileno, y ex-compañero de doctorado en estudios americanos, Zenobio Valdivia M.: Una aproximación al desarrollo de las ciencias en Nicaragua (Santiago de Chile, Bravo y Allende Editores, 2008). No creo, por muchas razones, que esta obra fundamental sea del conocimiento de los novísimos académicos. Por ello se las ofrezco para su debida reedición y difusión entre nosotros.

Tampoco creo que tengan información alguna de la primera visión científica integral del país, llevada a cabo por el gobierno de Vicente Quadra: el volumen de 627 páginas (y que no es un libro de texto escolar como supone un joven historiador, residente en México) Notas Geográficas y Económicas sobre la República de Nicaragua (París, Librería Española de Denné Schmiltz, 1873) del francés Pablo Levy. Precisamente éste consignó en su dedicatoria: “Al señor general don Fernando Guzmán que promovió esta obra y a su excelencia el señor Presidente de la República Don J. Vicente Cuadra, que facilitó su ejecución”. Se trata de la primera “summa” de conocimientos del país –expuestos científicamente- para servir de guía al proyecto de modernización que asumirían Quadra y sus continuadores. Levy, de acuerdo con el contrato, recibió la compensación correspondiente (500 pesos), denominada entonces premio (Gaceta de Nicaragua, 20-IV-1872).

Pero la prolija empresa intelectual de Levy fue cuestionada. Primero por un extranjero con diez años de residir en Nicaragua: Adolfo Schiffmann, administrador de la hacienda cacaotera “Valle Menier”, y luego por el cronista historiográfico Jerónimo Pérez. Todo un libro de 160 páginas le dedicó Schiffmann a Levy: Una idea sobre la Geología de Nicaragua (Managua, imprenta de El Centroamericano, 1874). En esa fundamentada diatriba señala a Levy sus axiomas perogrullescos, contradicciones e imprecisiones (afirmaba que el San Juan era, más que un río, una quebrada), pretenciosa voluntad enciclopédica y oscuridad en la exposición. Por ejemplo, Schiffmann ofrecía 25 pesos a cualquiera y 50 a Persius (Enrique Guzmán Selva) si le desarrollaban de un modo más claro el trozo de que lo intentó decir su autor sobre el “cráter de alzamiento” del volcán Ometepe. También, refiriéndose a las numerosas citas bibliográficas de Levy, comentaba:
“Al leerlas, el lector sencillo e incrédulo se figurará que el geógrafo de Nicaragua, nuevo Humboldt, ha tenido a su disposición los archivos del mundo; que ha viajado a Londres, Sevilla, México, Edimburgo, etc., en busca de algún documento, cuya existencia sospechaba; que las canas vinieron al abismarse en la lectura de los manuscritos más escondidos desde la conquista. Y la verdad es que no tuvo otro trabajo que extraer aquellas citas de las obras de Squier, Brasseur de Bourbourg, Peláez, Belly y otros”.

Resentido porque el gobierno de Cuadra había optado por editar las Notas Geográficas y Económicas… de Levy en lugar del segundo tomo de sus memorias de la Guerra Nacional, Jerónimo Pérez –desde su periódico LOS ANALES, publicado en Masaya- calificó dicha obra de “pérfida e inexacta”, aludiendo a sus observaciones antropológicas –depresivas para los nicaragüenses- y hechos históricos. Pérfida –afirmó- “porque ha abusado de lo que él llama simplicidad patriarcal… mi patria no es la que ha pintado el señor Levy. Sobre todo cuando se refiere a la religión al burlarse
de nuestro culto llamándolo ignorante.

Al inicio del siglo XX, un ilustrado costarricense también descalificó exageradamente la obra de Levy. Hablo de León Fernández, quien la redujo a “colección de desatinos dichos con más seriedad, más magistralmente, y mejor impresos y empastados”. En cambio, para Jaime Incer en nuestros días las Notas Geográficas y Económicas… no sólo orientaban a los nicaragüenses: daban a conocer el país y sus recursos para estimular una colonización que aprovechase esos mismos recursos desconocidos por el atraso de la tecnología, la falta de capacitación y adiestramiento, y sobre todo por la ausencia de interés hacia “lo constructivo y permanente, en un ámbito de convulsiones políticas, de economías inestables y, en general, de desconfianza a toda idea o de empresa innovadora procedente del mundo exterior”. Opinión que, naturalmente, no es posible aplicar a la administración de Cuadra.

Escrita en francés, la obra fue traducida por su autor y revisada por Enrique Guzmán Selva, constituyendo un corpus analítico y metódico “del conjunto de conocimientos positivos y de noticias aproximativas que se poseen ahora sobre Nicaragua, y se hayan esparcidas en distintas y costosas obras”, según Levy en el prefacio correspondiente. Para enriquecerla, el ingeniero galo aportó sus observaciones personales obtenidas en los viajes de reconocimiento que hizo (financiado por el gobierno de Cuadra) durante tres años. No fue Levy, por tanto, un viajero de paso por el país o destinado al mismo en una misión diplomática como Squier, sino un estudioso contratado por el estado de Nicaragua.

Uno de sus viajes más interesantes fue el que realizó, en abril de 1870, a “los indios no civilizados” (los garífunas llamados por él “caribes”), de quienes dejaría un amplio informe. Por lo demás, su obra constaba de ocho capítulos (resumen histórico, producciones del suelo, población, etnología, geografía física, administrativa, política y económica, más el titulado “Misceláneas”) y la complementaba una lista de helechos recolectados por el mismo Levy en el mismo Nicaragua y clasificados por el doctor Eugenio Fournier. Aparte de la más completa bibliografía y cartografía que sobre el país se había compilado y ordenado: “Apuntes para la formación de una Biblioteca Nicaragüense”.

Un importante mapa con partes de Honduras y Costa Rica (el cual delimitaba la Reserva Mosquita y los siete departamentos de entonces) incluía la obra. Según el propio Levy, no pretendía ser un mapa “levantado”, sino una colección de datos expuestos gráficamente. Habiendo trabajado con Maximiliano Sonnenstern dibujando mapas, el suyo contribuyó dar a Nicaragua su verdadera forma. En fin, independientemente de sus prejuicios racistas y errores, la publicación de las Notas Geográficas y Económicas de Nicaragua… (1873), hizo que las ciencias de la tierra recibieran un incremento cualitativo y cuantitativo. Ello reveló a Levy como un sabio decimonónico capaz de presentar una visión integral de Nicaragua que conciliaba, de acuerdo con la valoración del chileno Saldivia, “los requerimientos científicos con las necesidades del mundo empresarial y con la percepción de las prioridades que tenía la clase política”. Un logro que la Academia de Ciencias de Nicaragua en ciernes está muy lejos de obtener.