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Hace cincuenta años, ante el fervor que provocaba la lucha contra la discriminación racial, Hollywood filmó la película “Cómo matar un ruiseñor”, con la extraordinaria actuación del inmortal Gregory Peck, haciendo el papel del abogado Áticus, que sería elegido como el personaje más noble del cine en todo el siglo veinte. He visto la película muchas veces y la seguiré viendo cuando pueda, y en cada repaso deja nueva huella en mi memoria la nobleza de Áticus y la impotencia del negro.

Pesquisas de periodistas y sondeos de abogados indican que ciertos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, haciendo alarde del poder que los protege, y en uno más de sus actos de ignominia, tienen ya elaborado el proyecto que reducirá la pena, al extremo de merecer la libertad, del asesino de la periodista María José Salgado, ocurrido en Juigalpa, hace ya algunos años.

Siempre que un hombre dé muerte a una mujer, actuando con dolo, el juzgador deberá tipificar ASESINATO, por la evidente ventaja material que otorga la diferencia de sexo. En el caso de María José la figura del homicidio agravado la marcaba, además de la diferencia de sexo y la ventaja de un revólver, el comportamiento aleve del criminal, un sujeto miserable y cobarde que no dudó abrir fuego a traición, convencido de que el acto le permitía las dos condiciones que todo asesino procura; a) que el resultado muerte de la víctima sea inevitable, b) que la víctima no represente peligro alguno para la integridad física del hechor. Así, a mansalva, con la frialdad que marca al asesino, este hijo de mala madre disparó sobre el cuerpo indefenso y desprevenido de María José, causando su muerte.

¿Tendría este sujeto la misma valentía de enfrentarse con revólver a otro hombre en guardia y armado de pistola? No sé, talvez se habría cagado, aunque no todo asesino es cobarde. He conocido muchos y la valentía entre uno y otro cambia. Pero es evidente que este sujeto tiene un padrino protector. Alguien con la suficiente influencia como para incidir en la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia y hacer quedar impune el acto. Afirmar que el revólver se disparó solo es ocupar un lugar más ruin que el del criminal infame, y dar por cierta la teoría de la bala saltarina también es caer en lo más hondo de la miseria humana. Las balas no saltan como canicas ni el revólver se dispara sin percutarlo. ¡Qué enorme se ve hoy la figura de María José, y qué pequeño su asesino junto a los magistrados que pretenden su excarcelación!
Debemos hacer algo, protestar, denunciar, marchar frente a la Corte exigiendo justicia. Decir NO a la ignominia es lo menos que nos pide la honradez. No permitamos que María José sea muerta dos veces. Ya la mataron, como a un ruiseñor, impidamos que lo hagan de nuevo. Si callamos su sangre nos manchará a todos, no importa lo honesto que parezcamos.

La mayoría de periodistas en nuestro país son decentes, en todo el sentido de la palabra, pero, como en toda profesión, siempre existe uno que otro plumífero que se vende al mejor postor, traicionando su condición de hombre o mujer de prensa. De María José era notable su honestidad, honradez y laboriosidad de hormiga para informar con veracidad. Su figura física, diminuta y débil, no ocultaba la fortaleza de una mujer de agallas, güirisera de la información para la noticia. Auscultaba cada hecho con el arrojo y la paciencia necesarios para extraer lo mejor, depurarlo y convertirlo en noticia. Su trabajo era labor de alquimista. Ella alcanzó, como muchos otros periodistas de mi país, el verdadero sentido de la piedra filosofal. El asesino y sus protectores nunca tendrán la digna oportunidad de conocer la piedra filosofal. Ellos no pasarán de ser la masa maloliente de la excreta humana, porque su lugar está en las letrinas de la historia.

El fantasma de María José, arropado de valor y nobleza, recorre hoy los pasillos de la Corte exigiendo justicia, si los magistrados la escuchan ese fantasma se irá dormir tranquilo, sino, ese mismo fantasma les dará su castigo.

*Abogado penalista