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Existe un lago con un crepúsculo en la infancia de mis travesuras. Cuando Managua y mi mundo era sólo una pequeña calle a orillas de un agua oscura, y yo me dejaba llevar de la mano de niños traviesos, y nos hundíamos en pantanos acechados por lagartos, y el lago parecía un señor de brazos cruzados sobre el pecho o dormido.

Nadie pescaba nada ahí nunca y no surcaban sus aguas ningún barco ni bote ni balsa. Ni galanes de playa ni amantes dejaban sus huellas, sus nombres o sus besos sobre la arena.

La nostalgia es el maquillaje que la memoria pone a los recuerdos tristes, y yo recuerdo ese lago limpio o quizá creí que su naturaleza era así, con sus aguas grises y a veces malolientes porque no tenía otro lago para compararle.

Acercarse a sus aguas es un encuentro con nuestra historia, este lago nos ha visto nacer, crecer, morir y sufrir. Llorar en sus orillas por un hijo muerto y recién rescatado su cuerpo de las aguas, o por un amor que nos deja. Aunque hayamos pasado indiferentes a su presencia y lo hayamos ignorado, ese lago intranquilo siempre ha estado ahí.

Con nostalgia hoy vuelvo a su orilla, durante horas veo sus olas y escucho su rumor, luego mis ojos arden de tanto mirar aquel gris sobre las aguas, y un humo fétido deshace el encanto; un olor como a papel quemado y a pólvora, pero uno llega a acostumbrarse y hasta advertir que sus aguas cambian de color con frecuencia: del gris de la mañana, al sepia de la tarde.

Dicen que durante el terremoto del 72, el lago enfebrecido como un enamorado que ve a su amada morir, reflejó las luces y el fuego la noche entera, mientras a lo lejos ardía Managua. Con la llegada de la mañana, las luces palidecieron, Managua era un sólo llanto, y toda referencia yacía en el suelo. El único punto de partida era el lago, porque todo estaba borrado, las calles y las direcciones. Y es así que, para aquellas personas que sobrevivieron y a quienes el feroz movimiento telúrico sorprendió lejos de sus casas, la única forma de guiarse era el lago. Se iban caminando por su orilla y así lograban ubicar sus casas, o rebuscar eternamente entre los escombros algún recuerdo.

En la actualidad, unas fotografías de la vieja Managua, rescatadas del tiempo por el ministro de cultura Luis Morales Alonso, y colocadas en mopis luminosos como una galería al aire libre, Managua en mi memoria; adornan los alrededores del lago, en el muelle Salvador Allende y al costado oeste del Palacio de la Cultura ; nos cuentan de forma visual cómo fue Managua, la novia de ese caballero triste que es nuestro lago Xolotlán, y siempre él de fondo, inerme en su quietud involuntaria, ofreciéndonos diferentes rostros con la ayuda de la luna y el sol.

Ahora se impulsa un megaproyecto de saneamiento del lago a través de una planta de tratamiento de aguas servidas que evitará que se siga contaminando. Este proyecto tomará años para revertir todo el daño y la suciedad que se le ha inflingido a sus aguas, a su flora y a su fauna, al caer ahí toda el agua servida de la capital por disposiciones irresponsables de nuestros gobernantes. El lago, por primera vez en décadas, comenzará un proceso de transformación para su recuperación, de alguna manera somos privilegiados al advertir el inicio mismo de su cambio, talvez imperceptible para quienes nos acostumbramos a su muerte.

Este lago desconsolado y sonámbulo se ahoga y renueva en su propia actividad. Su pobre vegetación, la imperceptible orilla, el breve y tímido oleaje; y los pobladores desconocidos de su fondo: peces con un sólo ojo, niños perdidos apresados por algún alga; no le han hecho digno de postal alguna o fotografía de National Geographic. Toda belleza y familiaridad son negadas. Su olor asciende desde sus entrañas, y esa superficie gris y en apariencia apacible, trae la queja de viejos cuerpos hundidos. Como si este lago conociera de otra existencia, que Dios no lo hizo para la quietud, o quizá la
lluvia le cuenta del transcurrir de los ríos, y por eso juega a ser río, mar y brisa. Como si por instantes eternos procura ese lago olvidarse de su desagradable destino, y ser otra cosa distinta a lo que lo
condenamos.