Jorge Eduardo Arellano
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Entre los textos fílmicos de carácter histórico, cinco de ellos han sido de mi preferencia, comenzando con El enigma de Gaspar Hauser (Jeder für sich und Gott gegen alle, 1974) de Werner Herzorg (1942). No es, según los expertos, la más lograda película de Herzorg, de quien he visto solo dos.

Aguirre, la cólera de Dios

La otra es Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) sobre el conquistador español Lope de Aguirre (1515-1561) y su aventura amazónica en busca del mítico El Dorado. Protagonizando un verdadero “descenso a los infiernos”, Lope de Aguirre ––loco y tirano–– se queda solo, en una balsa a la deriva de un río indómito, con los cadáveres de los tripulantes entre la selva inhóspita, con la única compañía de los monos que descienden desde los árboles.    

El enigma de Gaspar Hauser

El enigma de Gaspar Hauser trata del insólito caso de un adolescente que, habiendo transcurrido su vida dentro de un sótano, se aparece en la plaza de Nuremberg con un rótulo adherido en la espalda. El filme relata su difícil reintegración a la sociedad. Gaspar es educado muy pronto y vence con su lógica a catedráticos universitarios. El caso alarma a los pedagogos alemanes y atrae a muchos científicos sociales del resto de Europa. Gaspar Hauser ––asesinado aún joven–– se convirtió en héroe de los poetas “malditos” de Francia ––como Paul Verlaine–– y de algunos hispanoamericanos. Uno de ellos, Rubén Darío, se consideraba “hermano triste de Gaspar Hauser” en su “Epístola a la señora Lugones”.

El regreso de Martin Guerre

Otro filme de índole histórica figura en mi lista de preferencias. Se trata de la versión al cine del célebre caso de un impostor conyugal durante la Edad Media en la aldea de Artigat, Francia: El regreso de Martin Guerre [Le retour de Martin Guerre, 1982, de Daniel Vigne] con Gérard Depardieu (1948) de protagonista. El interés del argumento se mantiene hasta el fin, cuando el falso Martin Guerre en el tribunal de Toulouse se ve obligado a confesar su engaño. El tema lo recreó Rubén Darío en uno de sus últimos cuentos (La Nación, Buenos Aires, 20 de julio, 1914), donde sigue al pie de la letra la historia medioeval. 

La conquista del paraíso

Otra película que no olvido es Conquest of Paradise (1992) de Riddley Scott. Es decir, una de las doce versiones fílmicas de la epopeya colombina iniciada en 1902 con la dirigida por Lorent Heibrum. Conquest of Paradise fue producida en Inglaterra, Francia y España, y Depardieu ––en el papel de Colón–– no tiene desperdicio. En cambio, Sigourney Weaver, con escotes exagerados y suelta cabellera, no interpreta fielmente a la recatada Isabel la Católica que nos ha legado la historia.

Tres escenas recuerdo. La primera: cuando en La Española el indio al servicio de Colón, mientras se iniciaba un huracán, se dirige pintarrajeado a la selva y aclara al Almirante la causa de su abandono: “Porque nunca aprendiste a hablar mi lengua”. La segunda es el diálogo de Colón y la reina castellana: ella, ante nuevos recursos solicitados por su protegido para retornar a las tierras recién descubiertas, comenta: “Parece que el Nuevo Mundo es un fracaso, a lo que Colón replica: ¿Acaso el viejo es un éxito?” Y tercera: el encuentro final en Toledo del banquero judío con el Descubridor, en el cual este le confiesa su pertenencia a la estirpe de los visionarios y creadores de civilización y que sus financistas se limitan a administrarla.

Queimada

Una quinta película que tampoco olvido. Queimada [1969] de Gillo Pontecorvo (1919-2006) es una de ellas. Síntesis y radiografía histórica del colonialismo en América Latina, fue analizada magistralmente por Michèle Najlis en un ensayo también inolvidable. A Michèle no se le escapa nada de esta obra maestra, coproducida en Francia e Italia, incluyendo la familiaridad para los nicas de dos nombres o protagonistas: William Walker (Marlon Brando) y José Dolores (Evaristo Marqués). Este gana la partida, en el plano humano, a Walker. He aquí su sinopsis: “William Walker, un agente inglés, es enviado a Queimada, isla imaginaria del Caribe, para fomentar una revuelta contra los portugueses. Sin embargo, el objetivo de la operación no consiste en promover la independencia de los nativos, sino lograr que Inglaterra sustituya a Portugal como potencia colonialista”

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