María Augusta Rodrigues Ribeiro*
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

En este 2017 se ha iniciado en nuestro país un movimiento ciudadano de repulsa contra la siniestralidad vial. La historia de Eduardo Bolaños Morales, fallecido el pasado diciembre tras ser arrojado de la carretera Managua-El Crucero por Douglas Hernández Mendoza. La historia de Ana Fabiola Vargas Tapia, que falleció en marzo de este año cuando Dany Vicente Ramírez estrelló la ruta 164 contra un contenedor de basura en la calle de El Dorado o la historia de Cleydi Yunieth Puerta Garay, que falleció junto con sus hijos María Belén y Mario José, de 4 y 2 años respectivamente, e Israel Antonio Pérez Vanegas, en el kilómetro 61.2 de la carretera Nandaime-Jinotepe, tras ser embestidos por el exmánager de béisbol Hubert Silva. 

Historias que han trascendido a la opinión pública, pero que se repiten de forma anónima día tras día en nuestras carreteras. Quienes utilizamos la red vial de Managua, sabemos bien cuál es el grado de violencia a la que estamos expuestos en la vía pública y cómo esta violencia nos afecta a diario, más allá del siniestro vial consumado, que es su manifestación más terrorífica: estrés, ansiedad, cansancio, limitaciones a la movilidad y libre circulación.

En el abordaje que se está realizando de este tema falla un aspecto importante: el enfoque de género. A pesar de la falta de estadísticas, no se nos escapa que la mayor parte de los siniestros están provocados por hombres. Lo dicen también todos los estudios sobre la materia. Proporcionalmente, los conductores varones provocan un mayor número de siniestros. ¿Por qué? 

En primer lugar, porque en nuestro país, un hombre es menos hombre cuando no demuestra su fuerza y su dominio del espacio público, su habilidad en el uso del vehículo y su superior agilidad. Esto se vincula con un estilo de manejo donde se excede la velocidad, se aventaja de forma indebida y se irrespetan las señales porque en la loca carrera del “ser más” hombre todo vale. Ello, unido a las conductas de riesgo asociadas a la masculinidad como la ingesta de alcohol, explica gran parte de la siniestralidad actual.  

Y en segundo lugar porque los siniestros de tránsito no son “accidentes”, sino que son la expresión más extrema de la violencia vial y la violencia no es algo natural ni irremediable. La violencia es algo que se aprende y se transmite y que se puede prevenir prestando atención a las causas y trabajando sobre ellas. Las multas y la cárcel son de escasa efectividad para abordar un problema cuando los factores causales ya están dados. Y en esto, todos estamos implicados. Empezando por las familias, cuyo modelo de crianza se basa en el grito, el zarandeo, la nalgueada, la represión, la humillación pública y otras formas de violencia física, emocional y verbal. 

Pero no solo porque la violencia también se reproduce a través de otras instituciones. Y desde el mismo momento del nacimiento donde la ignorada e incomprendida violencia obstétrica deja una primera huella sobre el organismo del recién nacido.

El investigador estadounidense Allan Schore recientemente ha encontrado que la violencia afecta de manera más profunda a los bebés de sexo masculino. Esto explicaría el mayor predominio de los trastornos de conducta entre los varones y su mayor tendencia a desarrollar un comportamiento agresivo y cruel, a consumir drogas, a delinquir y ejercer violencia en la etapa adulta. 

¡Qué paradigmático que sean precisamente los varones, los que comúnmente son tratados con más rudeza durante la infancia, los más vulnerables a la violencia en esta primera etapa de la vida! 

Si queremos vivir en un país menos violento con menos siniestros viales con más paz, debemos empezar por la base, transformando el modelo de crianza y apoyando a las personas que están involucradas en esos cuidados.

Y aquí, en un país donde la violencia contra las niñas y los niños está culturalmente aceptada, la sociedad todavía tiene mucho que reflexionar sobre las graves consecuencias que genera este modelo de crianza. 

* Madre, economista y especialista en género.