Adolfo Miranda Sáenz
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¿Por qué existen la maldad, el sufrimiento y la muerte? Después de millones de años ni la ciencia ni la filosofía han podido encontrar una respuesta. Hay teorías científicas, pero no pasan de ser teorías. Hay razonamientos filosóficos, pero ninguno llega a conclusiones definitivas. Tampoco la religión tiene una respuesta suficiente para solo la lógica humana. La pregunta de que, si Dios existe y es bueno, por qué creó o por qué permite la maldad, el sufrimiento y la muerte, sigue sin respuesta para la sola razón.

Es un misterio. Reconocerlo no es un triunfo de la ciencia sobre la religión, pues tampoco la ciencia tiene respuestas. Ni es un triunfo del ateísmo sobre los creyentes, pues negar a Dios no resuelve esos interrogantes, ni otros tan importantes como: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Los cristianos encontramos respuesta en nuestra fe, que no es una religión, doctrina o filosofía, ni las enseñanzas de un difunto gran maestro. Tenemos fe en una persona viva que normalmente no vemos pero que podemos conocer, con la que en algún momento tenemos un primer encuentro, a veces desde niños y no recordamos cuándo, o bien de adultos; y posiblemente también hemos tenido alejamientos y reencuentros; una persona que nos convence y atrae, nos da confianza y certeza, nos llena de alegría y de paz. Creemos en Jesús, quien nos ama y a quien amamos. 

Él nos dijo que es Dios, que antes de él nada existía y que creó todas las cosas; que nos creó por amor y para vivir felices toda la eternidad, sin maldad, sin sufrimiento ni muerte; pero que nos creó libres, y usando nuestra libertad pecamos -que es no hacer el bien- y como consecuencia entró en el mundo la maldad, el sufrimiento y la muerte. Que por eso él se hizo hombre para vivir, sufrir y morir igual que nosotros, y vencer al sufrimiento y la muerte.

Que la maldad la sufrió en carne propia, que sufrió hasta llorar, y que también sudó sangre, que murió, pero resucitó como resucitaremos nosotros para vivir una vida eterna de felicidad inmensa sin sufrimiento alguno junto a él… ¿Nos parece lógico? ¿Es un razonamiento convincente? ¡No! ¡No lo es para nuestra mente! Nos quedan muchísimos interrogantes; siempre podemos preguntarnos: ¿Y por qué lo hizo así? No lo sabemos, pero confiamos en él y lo aceptamos. Esa es nuestra fe. Para quien solo ve esto con la razón es una locura. Aunque miles de millones de perso
nas, incluyendo gente muy inteligente y muy preparada intelectual y culturalmente han creído y creen en Jesús. Ninguno por razonamientos lógicos, sino porque lo han encontrado con el corazón. 

Pero… ¿Existió realmente Jesús? Hoy la ciencia histórica no tiene dudas al respecto. ¿Es Dios? Él lo dijo claramente. ¿Estaba loco? No encontramos en su vida y enseñanzas las anormalidades y desequilibrio de los dementes. Su sensatez y compostura son incompatibles con la esquizofrenia. Él predicó las enseñanzas más profundas y bellas de la historia. Su inmensa sabiduría al hablar y actuar no indican paranoia alguna, sino que denotan una mente extraordinariamente lúcida. ¿Era un embustero? Habría sido estúpido dejarse crucificar por una mentira. Además, el perfil de Jesús, con su carácter tan noble y puro, tan lleno de amor y misericordia, no coincide con el de un burdo impostor. ¿Fue tan solo un gran maestro? ¡Él afirmó ser Dios! Si no lo fuera, sería un embustero, y ya vimos que no lo es. 

Yo sigo sin tener todas las respuestas lógicas para mi mente, pero no me preocupan, estoy absolutamente seguro de que Jesús un día me las dará porque es, como él dijo, “el camino, la verdad y la vida”. Quienes encuentren a Jesús, no intelectualmente sino con el corazón, y no por interés de que les vaya bien, sino por amor, tendrán una fe que los acompañará a vivir felices aun en medio de tanta maldad, sufrimiento y muerte.

* Abogado, periodista y escritor

www.adolfomirandasaenz.blogspot.com