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NUEVA YORK
En los últimos años, los países con mercados en ascenso, incluidos los de Asia, han dado pasos de gigante para fortalecer los fundamentos de su economía, con lo que han logrado una aceleración de su crecimiento económico y una protección contra las crisis exteriores. No obstante, como los acontecimientos de los últimos meses han mostrado, los mercados en ascenso no son inmunes al actual período de agitación financiera mundial.

En particular, la reducción de la demanda económica mundial entraña dificultades descomunales para muchas economías asiáticas, en particular las que son más dependientes del crecimiento impulsado por las exportaciones. Si bien la mayoría de los países asiáticos han tenido una limitada exposición directa a los activos relacionados con hipotecas, el desapalancamiento por parte de los inversores extranjeros y la reducción de la demanda exterior han creado simultáneamente condiciones de crédito más restrictivas y perspectivas menos halagüeñas de crecimiento, lo que ha propiciado una mayor volatilidad en materia de acciones bursátiles, dinero y mercados de deuda.

Esa evolución de los acontecimientos ha acabado con el concepto de “desvinculación”, la idea de que el crecimiento económico en los mercados en ascenso, ya sea en Asia o en otros lugares, es independiente del mundo desarrollado. Como ha revelado con dolorosa claridad la crisis actual, en esta época de comercio e inversión mundiales, nuestras economías –y nuestra prosperidad– están inextricablemente conectadas. Para mantener un fuerte crecimiento económico en los Estados Unidos, necesitamos un Asia fuerte y con crecimiento, del mismo modo que su éxito depende de unos EU prósperos.

Si aprovechamos las enseñanzas que ya hemos aprendido con la agitación actual, se puede fortalecer la asociación económica EU-Asia. Indudablemente, gran parte de la situación actual se entenderá mejor con el paso del tiempo, pero ya se están advirtiendo cinco enseñanzas y debemos tener en cuenta sus consecuencias para las opciones que las autoridades elijan en el futuro.

En primer lugar, la apertura al comercio y a la inversión internacional ha sido y seguirá siendo el eje central del crecimiento económico para la economía mundial. Los EU y Asia están en una situación de dependencia mutua mayor que nunca para su crecimiento económico y prosperidad. En el actual clima de ansiedad e incertidumbre, las autoridades deben garantizar una intensa comunicación y coordinación, evitar las políticas encaminadas a arruinar a los rivales y no caer en el proteccionismo.

Por fortuna, como la crisis ha empeorado, las autoridades de todo el mundo han reaccionado con la adopción de políticas coordinadas. El plan de acción del G-7 va encaminado a restablecer la corriente de crédito garantizando los préstamos interbancarios y las medidas coordinadas de los bancos centrales han facilitado unos niveles sin precedentes de liquidez al mercado. Bilateralmente, el Diálogo Económico Estratégico, que ha sido un foro inestimable para consolidar las relaciones económicas EU-China, ha sido particularmente importante para fortalecer nuestras líneas de comunicación y cooperación durante la crisis y muchos encargados de formulación de políticas de todo el mundo han reafirmado su compromiso de concluir con éxito una ronda comercial de Doha y abstenerse de alzar nuevos obstáculos al comercio y la inversión.

En segundo lugar, también está claro que los países desarrollados deben actuar rápida y concertadamente para reducir al mínimo las repercusiones de la crisis en los mercados en ascenso. Sin embargo, como siempre ocurre, los recursos por sí solos no pueden resolver problemas debidos a políticas deficientes. Antes de prestar asistencia financiera, ya sea bilateralmente o mediante las instituciones financieras internacionales, debemos determinar la causa subyacente de la vulnerabilidad económica y velar por que se apliquen las necesarias medidas correctivas. El préstamo de grandes sumas, antes de que se hayan analizado las causas primordiales y se hayan determinado las reacciones normativas apropiadas, puede socavar la credibilidad de las instituciones financieras internacionales y reducir el capital disponible para ayudar a otros países necesitados.

Sin embargo, cuando se necesitan recursos, las instituciones financieras internacionales son aquellas a las que resulta lógico recurrir, por lo que deben dar muestras de flexibilidad y adaptabilidad para ayudar a sus países miembros. Tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial han adoptado medidas alentadoras para formular nuevos programas y planteamientos y aumentar rápidamente sus compromisos. Recientemente, el FMI ha creado un instrumento de liquidez a corto plazo para ayudar a sus miembros que han obtenido resultados sólidos a afrontar problemas temporales de liquidez. El Banco Mundial y los bancos multilaterales de desarrollo están formulando también formas innovadoras de fortalecer los sectores financieros de los países y abordar posibles déficits de financiación del comercio.

En tercer lugar, como las instituciones financieras internacionales desempeñan un papel aún más decisivo, nuevos retrasos en su reforma con vistas a incluir las más importantes economías con mercados en ascenso no harán sino menoscabar su eficacia y legitimidad, pero una mayor representación no es una vía de un sola dirección: con una mayor voz e influencia, los países con mercados en ascenso deben asumir mayores responsabilidades directivas y actuar como socios constructivos en dichas instituciones.

En cuarto lugar, los gobiernos y las instituciones financieras internacionales no pueden resolver esta crisis por sí solos y no pueden ni deben invadir el sector privado. En situaciones en las que la intervención estatal es necesaria, debemos examinar posibles modos específicos como el sector privado puede contribuir a la recuperación. Por ejemplo, los EU han contribuido a fomentar la estabilidad del sector financiero con inyecciones directas de capital, pero en última instancia son los bancos los que deben reanudar los préstamos responsables a los consumidores y las empresas. Además, el Tesoro de los EU ha estructurado su programa de compras de capital de modo que resulte desincentivador para la propiedad estatal a largo plazo.

Por último, tanto Asia como los EU deben permanecer centrados en la tarea de abordar las dificultades fundamentales en materia de política macroeconómica que contribuyeron a la crisis. Algunas de ellas, como la formación de desequilibrios mundiales se han ido examinando desde hace años. La agitación ha propiciado un reequilibrio gradual, con lo que el déficit por cuenta corriente de los EU ha empezado a reducirse y los mercados en ascenso han adoptado medidas para estimular la demanda interna, pero debemos procurar que no reaparezcan desequilibrios importantes, lo que significa, en parte, garantizar la flexibilidad de los tipos de cambio que deben desempeñar un papel decisivo en la consecución de los ajustes económicos necesarios.

La aplicación de muchas de las importantes medidas adoptadas para estabilizar el sistema financiero y las economías mundiales, además de abordar las causas primordiales de esta crisis, se logrará mediante el G-20. También está claro que corresponderá a los EU y a Asia un papel fundamental en cualesquiera medidas multilaterales eficaces que se adopten. Así, pues, debemos procurar intensificar nuestra cooperación e impulsar nuestros diálogos y relaciones bilaterales y multilaterales regionales para garantizar la integridad y la eficacia de dichas medidas.

El camino que tenemos por delante no será fácil, pero la asociación económica EU-Asia será fundamental para nuestra recuperación y, gracias a haber capeado juntos este temporal, nuestra relación económica resultará sin lugar a dudas más fuerte.

David H. McCormick es Subsecretario del Tesoro de los EU para Asuntos Internacionales.

Copyright: Project Syndicate, 2009.

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