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Si tomamos en consideración los resultados electorales que le dieron la victoria al FMLN, es evidente que la reducida diferencia con la que se adjudicó su triunfo, “anima” el “espíritu de unidad nacional” que ya muy acertadamente ha proclamado el presidente electo, condición sine qua non para viabilizar un proyecto de nación, mas aún si se considera el reducido margen de maniobra que tendrá el FMLN en un Parlamento donde solamente obtuvo 35 escaños de los 84 que conforman el hemiciclo parlamentario, Arena posee 32 de esos escaños. Si la tentativa de la concertación fracasa, bajo este escenario el nuevo presidente se arriesgaría a enfrentar una crisis de gobernabilidad al “fracturar” el delicado equilibrio político existente, dificultándole a su gobierno implementar las políticas necesarias para echar andar su plan de gobierno.

Este posible escenario produciría a lo interno de todos los ámbitos de la sociedad, relaciones de poder altamente polarizadas, como consecuencia de las diferencias ideológicas o por conflictos surgidos por la influencia y poder de las diferentes instituciones y agrupaciones de la sociedad civil. Exactamente lo que está sucediendo en Nicaragua. Afortunadamente, el discurso de Funes se presenta más bien como una propuesta genuinamente incluyente y conciliadora, no como un discurso populista electorero.

En un intento de extrapolar el ejercicio electoral salvadoreño a nuestra realidad política, habría que partir en primera instancia del nivel de institucionalidad que demostró poseer el Tribunal Supremo Electoral de El Salvador, al conducir estos comicios apegados al mandato que la ley le confiere, ganándose el reconocimiento en primera instancia de sus propios ciudadanos así como de la comunidad internacional. No merece siquiera la comparación con el Consejo Supremo Electoral en Nicaragua, engendro de la caudillesca clase política del país.

¿Será El Salvador otra Nicaragua? No lo creo; el discurso conciliador, moderado e incluyente de Funes parece sustentarse en primera instancia en su trayectoria, la cual no ha sido ni como político y menos aún como “guerrillero” que tampoco nunca lo fue, sino más bien como un ciudadano comprometido con válidas causas sociales, que se presentó ante el electorado con un discurso moderado y cuidándose de guardar la distancia con Chávez. Ha sido evidente que la gente votó por él como persona más allá de cualquier bandera política.

En segundo lugar, su discurso y planteamientos discurren en el contexto de una realidad política muy diferente a la que impera en Nicaragua, independientemente de las críticas de las que podría ser objeto el actual partido en el gobierno (Arena), no podrá negársele que durante los últimos años, propició las condiciones necesarias para sentar las bases de los procesos de cambio y desarrollo en el país, no puede negarse asimismo que en El Salvador desde la firma de Los Acuerdos de Paz en Chapultepec, se avanzó sustancialmente en la lucha contra la pobreza, la modernización del Estado y el desarrollo de la infraestructura productiva del país así como en su apertura al comercio. Los retos aún son muchos pero sin embargo se gestó un proceso de transformación que ha sido sostenible en el tiempo y que sin duda es perfectible. En este sentido, otro signo positivo del presidente electo ha sido al declarar que dará continuidad y ampliara a su vez, programas sociales que implementó el actual gobierno. Asimismo, la decisión del presidente Saca de viajar a Managua en compañía de Funes a la próxima cumbre de presidentes centroamericanos, abona políticamente a la buenandanza del dialogo y la concertación.

En definitiva, el resultado de las recientes elecciones en El Salvador no podría verse o analizarse de manera aislada sino más bien dentro del más amplio contexto político y social, donde el principal eslabón producto de este proceso de maduración política ha sido el nivel de institucionalidad que ha alcanzado la sociedad salvadoreña, a diferencia de lo que acontece en Nicaragua donde no existe ese “muro de contención” institucional propio de sociedades que presentan un mayor grado de desarrollo político.

El presidente electo salvadoreño, si de algo ha de estar muy consciente, es de que su discurso ha de ser coherente y consecuente con su accionar político, sabe que con su elección no se endosa el monopolio del poder ni mucho menos, que ha de ejercer su mandato apegado al marco institucional que le confiere la constitución política de su país.

En una democracia, la constitución política está asegurada por su propios “candados institucionales”, cuya llave solamente permanece a buen resguardo en un Estado de Derecho, esto pareciera ser el caso en El Salvador. Siendo así, esto vendría a reforzar la tesis de que El Salvador no será otra Nicaragua, donde contrariamente nuestra constitución política es violentada por cualquier vándalo agenciado de una simple y burda “ganzúa”.