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Así como Karol Wojtyla pisó Tierra Santa para pedir perdón a los judíos por el mal trato que les había dado la Iglesia a través de los siglos, ahora también Joseph Ratzinger repite el mismo periplo con igual cantinela de “perdón” por haberse “equivocado” en sus declaraciones de secundar las posiciones y doctrinas de los sacerdotes heresiarcas lefebvristas, que minimizaron el holocausto en Aushwitz y demás campos de concentración Nazi. Una vez más se confirma y verifica el inminente derrumbe de un dogma fundamental que sostiene los pilares ostentosos de El Vaticano: la infalibilidad papal.

Se ha vuelto común la admisión de los antiguos errores de la Iglesia Católica, igual que los constantes yerros y contradicciones de los últimos Papas del Tercer Milenio, y más aún el reconocimiento o perdón que cada uno de éstos ha implorado a la humanidad por los atrasos y el daño irreparable que por siglos ocasionó el obscurantismo eclesiástico. Y tras esas muestras de equivocación o perdón, se entrevé de manera expresa una afirmación categórica vertida en las bulas, encíclicas o discursos Urbi et Orbi.

Juan Pablo II, en su debida ocasión de clemencia, además puso en duda la existencia del Averno, reduciéndolo a un mito, ficción o “invento de la Divina Comedia”. Luego de ese gran decir, admitió que dicha superstición había sido un cruel obstáculo para alcanzar oportunamente los grandes beneficios del método experimental, conocimiento científico y la ciencia en general, reconociendo explícitamente el daño irreversible que había provocado la Santa Inquisición en sus persecuciones y Cacería de Brujas a los grandes sabios, Alquimistas, Astrónomos y visionarios que ofrendaron su vida en sacrificio por la verdad, el progreso y desarrollo de la humanidad.

Benedicto XVI, por otro lado, no puede disimular su tirria a los hebreos, no por su mandato religioso y doctrina antisemítica, sino más bien por su origen bávaro teutón. En uno de sus preclaros volúmenes, Joseph Ratzinger afirma que “la cultura alemana es el único crisol en que se fragua el mejor de los destinos a la humanidad”, algo que no parece tan descabellado si tomamos en cuenta que los más grandes filósofos, artistas y científicos del mundo han brotado de las vastas plenitudes germanas, y cuyo repertorio sería muy nimio apenas acotar.

Aun con su ultraconservadurismo dogmático religioso, Joseph Ratzinger sabe que Alemania ha sido, es y seguirá siendo “el imperio del genio humano” demostrado en el largo bregar de su historia transmitida al mundo para bien o para mal. Guillermo II, Otto Von Bismarck o Adolf Hitler, Carlos Marx, Mozart o Albert Einstein… son apenas los atisbos de la gran conmoción que en el mundo puede provocar la superioridad de la raza Aria; y en su admiración por Germania, el Sumo Pontífice cree que la patria que lo vio nacer todavía no ha alcanzado la apoteosis triunfal de sus designios en favor de la humanidad, por lo que debemos esperar algo más contundente de su eterno legado o fatalidad.

Pero yéndose al traste la sustancia o quid de la infalibilidad papal con las pifias frecuentes del Vicario de Cristo, las peticiones de perdón al mundo y el reconocimiento de los progresos tecnológicos en pro del desarrollo humano, ¿qué pensarían los Santos Patriarcas de la Iglesia o fundadores de la Escolástica frente a esos últimos deslices?, ¿cómo quedaría el Decálogo de la demostración de Dios y los argumentos de Agustín de Hipona o Santo Tomás de Aquino? He aquí una última exploración que sepulta de una vez por todas los cimientos de las aparentes doctrinas de la fe: La Sagrada Escritura, en su Antiguo Testamento expone la superioridad de la especie animal, cuando El Hombre, al elevar su pecado o maldad tan alto y contra los arcanos del mismo Reino de los Cielos hasta el punto de querer ser como Dios, éste se arrepintió de haberlo creado, y en su desesperación por arrasar con lo peor de toda su obra, preparó un diluvio no sin antes cerciorase de salvar a cada uno de los animales a quien Adán puso nombre y que constituía lo único bueno o válido en toda su labor; por lo que tuvo que valerse de una familia idónea, como la de Noé, para llevar a cabo su cometido de salvar esas criaturas en todos su géneros y variedades, pero no precisamente a la raza humana, que al final se reprodujo nuevamente para manifestar ab aeterno el olímpico arrepentimiento de haberla imaginado.

Bien haría Benedicto XVI en llevar estas grandes revelaciones a toda la comunidad judía en su visita de penitencia al Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. No es necesario ser erudito en Exégesis o Hermenéutica para interpretar el texto y comprender que el caos de la infalibilidad papal tiene su origen en la misma adulteración eclesiástica y doctrinaria del Génesis y toda su historia anterior contenida en el Libro de los Ángeles y Arcángeles que no existe más que en la mente de quienes están condenados a la ignorancia y obcecación.

El arrepentirse, pedir perdón o reconocer sus errores es un acto noble y propio de los humanos, algo que ha hecho nuestro Santo Padre en imitación del mismo Creador. Su infalibilidad ahora reducida a sórdido narcisismo y terremoto, debe limitarse a recibir las genuflexiones y ósculos de sus frenéticos seguidores que pronto harán tropezar su báculo y deslizar su mitra al echarlo en tierra.


mowhe1ni@yahoo.es