• |
  • |
  • END

Nunca he creído que escribir con regularidad en un medio de comunicación en calidad de articulista político, convierte a una persona en creadora de opinión. Las opiniones nacen de lo que se refleja de la realidad social. Demasiado pretencioso será quien, por reflejar esa realidad, se crea un creador de opinión. A lo sumo, podrá ser un provocador de discusiones sobre temas determinados.

Creo, más bien, que por el “privilegio” de expresarse en los medios de comunicación, el articulista tiene la desventaja de que, al desnudar ante el público su modo de pensar, queda expuesto a toda clase de juicios, buenos y malos. Y queda en cierta indefensión, en cuanto a que, al no tener la oportunidad de conocer los juicios adversos, no puede hacer aclaraciones con la misma regularidad que le toca escribir.

Me permito hacer el siguiente símil. Al articulista le pasa lo que al retrato de un político. El retrato del político se expone en lugares públicos, y el articulista se expone en las páginas del periódico, y ambos quedan a merced de quien quiera rasgarlos, rayarles el rostro, pintarle cachos y bigotes o “sacarle” los ojos. Pero está la diferencia: el político busca alguna recompensa en el poder, el articulista no espera nada del poder, aparte de alguna posible agresión, siempre que no se convierta en amanuense de una institución oficial, ni en divulgador al servicio de funcionarios que esperan loas suyas, porque lo ve como su empleado; que no escriba artículos propagandísticos –disfrazados de ideológicos—, pensados para conservar el puesto, la gracia o las prebendas del partido. En fin, hablo del articulista que hace críticas sin compromisos con grupos de poder político y económico.

Ahora, quiero hablar en primera persona. Siempre hay quien me hace el favor de decirme personalmente o por teléfono que se identifica con mis opiniones. Tampoco falta quien me mande una carta anónima o con nombre falso, dándome a conocer su descontento. Son pocos los que toman la misma arma del artículo para demostrar su rechazo o lanzar acusaciones y ofensas. Y aún son menos quienes, como un señor Manuel Fernández V. (END, 24/3/09), a quien no tengo el gusto de conocer, que se siente ofendido por artículos que, según él, “no han sabido polemizar” en la página Opinión de EL NUEVO DIARIO. Entre ellos, uno mío en respuesta a otro de Carlos Fonseca Terán.

Puede ser que el señor Fernández me juzgue irrespetuoso, por las opiniones que voy a exponer sobre algunas de las suyas. Y ojalá no se sienta “disminuido” por decir que no le conozco, como cree que yo hice con Fonseca Terán por llamarle Carlitos. Pero como él quiera reaccionar, le voy a señalar lo poco ecuánime que demostró ser en su artículo. Él me acusa de “paternalismo-autoritario” y de faltarle al respeto a Fonseca Terán por llamarle con el diminutivo Carlitos. Pero vio “aspectos ideológicos o político ideológicos” en el artículo de Fonseca Terán, haciéndose el desentendido acerca de la injuria de haberme llamado hijo de casa, vocero de la oligarquía y de no tener conciencia de mi “desdichada condición espiritual”. ¿Será que para este señor una injuria y en una ofensa tienen nivel ideológico? ¿Es que le ofende leer el diminutivo Carlitos y le place leer el lenguaje de propaganda barata que usó Fonseca Terán?
No importan las respuestas. Me interesa más su opinión acerca de que “se ha ofendido a quien critica una opinión publicada (o sea, a Carlos Fonseca Terán) y a quienes leemos con consideración la página de Opinión de END, aún cuando no coincidimos con lo ahí expresado.”

No se ha enterado el señor Fernández de algo elemental: la página de Opinión de un diario, es como una ventana desde donde se asoma el articulista hacia los sucesos cotidianos que surgen de la vida política, social y económica del país. Y si su visión es sincera, no podrá ser complaciente sobre la realidad de un país lleno de contradicciones y mal gobernado. Claro, cada quien escoge lo que quiere ver, aplaude lo que ve o lo critica. ¿Cuál es lo malo de eso? Nada. Así se patentiza el derecho de las personas a expresarse sobre el tema que quiera de los muchos que emanan de la vida nacional. Por desgracia, aquí todo invita a criticar a los gobiernos, o los gobiernos invitan a ser criticados con su actuación. Y es inevitable mencionar a las personas, porque ningún régimen político ha inventado los robots ideales para que lo defiendan, aunque hay oficialistas que actúan como si lo fueran.

Quien trate de escribir con sentido crítico, no buscará los temas que le agradan al gobierno, porque los temas agradables no están dentro de la política. La persona que pretenda escribir sólo sobre cosas agradables, deberá situarse fuera de nuestra realidad o confesar honradamente su adhesión al oficialismo y, por lo tanto, seguir evadiendo la realidad. El entretenimiento se ubica en páginas especializadas de los diarios. Las noticias sobre la corrupción en el Estado, los abusos con la justicia, el tráfico de influencias y las represiones políticas no son motivos de entretenimiento. Esos hechos sí, ofende a los nicaragüenses, les amarga su existencia y amenaza su futuro en libertad y democracia.

Todo en la vida es controversial, a despecho del señor Fernández. No hay forma de escapar de la realidad en una página de Opinión, cualquiera sea la tendencia del periódico. Y no es porque no existan temas para la evasión; como no, sí existen y son muchos. Pero, a ver ¿qué periódico se apuntaría a dejar de lado la realidad política y hacer una página de Opinión exclusiva, por ejemplo, sobre religión? Pero, ¿sobre cuál de las que existen? Si se refiriera a la católica y a las evangélicas, ¿cuál de ellas no tiene el mismo pasado histórico común? Si hablaran de religión al margen la inquisición y los siglos en los que la iglesia fue factor de poder y lo compartió con las monarquías en la Edad Media y con los colonialistas después, sólo les quedaría la evasión plena. Incluso, si sólo se escribiera sobre el desapasionante tema del sexo de los ángeles, habría controversia.

También podrían llenarse las páginas de Opinión con los temas literarios más intrincados. Pero, cuando los intelectuales encuentren que no es posible hacer ficción pura, sin rozar siquiera una arista de la realidad, y que no tenga que ver con los problemas sociales y humanos, tendrían que recurrir a la fábula. Pero pronto se darían cuenta de que tampoco en la fábula se puede prescindir de los asuntos que atosigan a la humanidad, porque podrían hacer “hablar” a los animales, pero, ¿qué sería de la fábula sin una sentencia moral? Y una fábula sin sentencia moral, ¿a qué hombre, mujer o niño le serviría si no tiene nada que ver con la vida íntima y social de ningún ser humano? ¿Y para qué fabular, si no es para crear una sentencia moral que ayude a corregir malas conductas humanas?
De forma que no será posible evitar “La controversia en la página de Opinión de END”, como le gustaría al señor Fernández, porque nuestra sociedad es controversial –por no decir, contradictoria—, y quienes la vivimos la exponemos en las páginas de Opinión de cualquier periódico de forma polémica. Cuando vivamos una paz celestial, entonces, sólo entonces, dejaríamos de escribir y de leer sobre cosas desagradables. Amén.