Augusto Zamora R.*
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2017 está siendo año de catástrofes en diversas partes del mundo, incluida esta. No ya los terremotos, que escapan a todo control. Tormentas y huracanes, que sí y no.

No podemos evitarlas, pues la naturaleza ordena y manda. Sí podemos mitigar sus daños, que en eso podemos ordenar y mandar los humanos. Podemos, pero no hacemos.

Huracanes y tormentas las ha habido siempre como parte del ciclo natural de destruir para regenerar. Pero había, antes, pocos humanos. El daño era mínimo, irrelevante.

Ahora los humanos lo ocupan todo. Playas, valles, montañas, riberas, cauces, costas… Para ocupar, nuestra especie avanza destruyendo casi todo, los bosques primero.

Tormentas y huracanes que antes caían sobre espesas selvas y montañas abigarradas de árboles, caen hoy sobre campos abiertos, montañas despaladas, poblados a ras de ríos.

Somos ya demasiados, pero las poblaciones siguen creciendo. Cuanto más pobre un país, mayores niveles de natalidad, mayores índices de destrucción, más pobreza…

Un círculo vicioso que parece interminable y que tiene costos, cada vez mayores. En Bangladesh, con 144,000 k2 y 162 millones de habitantes, cada tifón deja decenas de miles de víctimas, a veces millones. Es, claro, uno de los países más pobres del mundo.

Si la población crece incontroladamente, la Tierra puede convertirse en un Bangladesh planetario. Cada catástrofe natural cobraría decenas de millones de víctimas.

Países como los nuestros están a tiempo. Moderando nacimientos, reconstruyendo la  naturaleza destruida. A tiempo, pero no por tiempo indeterminado.

az.sinveniracuento@gmail.com