Adrián Rozengardt
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De vez en cuando se alinean las estrellas y se juntan las fuerzas necesarias para generar un impacto positivo en el mundo. Cuando se trata de apostar por la niñez, este fenómeno es aún más importante.

El desarrollo infantil ha logrado consolidar una amplia red de actores conformada por Estados, organismos internacionales, empresas, académicos, sociedad civil, organizaciones comunitarias (con fuerte protagonismo femenino), iglesias, educadoras y voluntarios. Esta vasta red familiar, profesional e institucional, tiene multiplicidad de formas y varía de país en país, puede ser formal o no formal, parte de una estrategia nacional integrada o segmentada.

Este entramado reconoce una rica historia cuyo trayecto se reforzó a partir de la década del setenta, cuando el cuidado y la educación infantil dejaron de ser solo una preocupación privada de las familias y se incorporaron definitivamente a la agenda pública. Se caracteriza por la búsqueda creativa de estrategias que apuestan a impulsar mejores políticas de desarrollo infantil.

Más allá de la rica gama de programas y propuestas existentes, hay tres elementos principales –e interdependientes — que la experiencia en desarrollo infantil apunta como claves: calidad, inclusión e inversión.

La calidad engloba cuestiones estructurales y de procesos. Define lo que se pretende alcanzar a través de la interacción de los niños entre sí, con los adultos y el medio que los rodean; las condiciones ambientales de los espacios donde se produce esta interacción y las necesidades de infraestructura, equipamiento y  oferta nutricional. Se refiere también a la formación y condiciones laborales de los trabajadores para la primera infancia, así como a la relación con las familias y la comunidad. Finalmente, cuando hablamos de calidad en desarrollo infantil, hablamos del modelo pedagógico y la articulación con otras políticas sociales, de manera que se establezcan mecanismos efectivos de medición y monitoreo considerando las realidades locales.

La inclusión supone un concepto de ciudadanía que incorpora la participación protagónica de los sujetos en los ámbitos constitutivos de su vida social; es decir, se trata de ampliar el acceso a todos los niños y las niñas, particularmente aquellos más vulnerables.

La inversión se vincula con la disposición de recursos federales, locales e internacionales. No hay política sin inversión. La inversión dirigida a la primera infancia constituye un claro indicador del esfuerzo que realizan los Estados en su rol de garantes del cumplimiento efectivo de los derechos de los niños.

*El autor es candidato al PhD de FLACSO Argentina y el artículo se publicó en el blog del BID.