Orlando López-Selva
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España hoy puede dejar de ser lo que ha sido e irse convirtiendo en un Estado, paulatinamente, decreciente. 

Mi punto acá es: hoy España enfrenta dos posibles escenarios: 1) un resquebrajamiento programado; o, 2) cambiar la forma del Estado. Y una solución dependerá, en mucho, de Puigdemont, que tiene más opciones que Madrid, pues todavía puede dialogar para distender las cosas. Rajoy solo tiene pocos recursos: precarios o grotescos. 

Y los catalanes —tan libertinos, intelectuales, sensibles, y cultos— siguen embriagados de un nacionalismo comprensible, pero inoportuno para estos tiempos. 

Hay un principio del derecho, el de la autodeterminación (¿solo aplicable a los pueblos que vivían bajo alguna forma de colonialismo hasta 1945?), enfrentado a otro principio político primordial: los más grandes son más fuertes y tienen mejores oportunidades y ventajas que los pequeños. 

Y, sin dudas, el medio-fallido, medio-acometido intento de legitimación de soberanía popular del domingo pasado, pasó del desafío parcial ciudadano, al descontento popular generalizado.  

A ello contribuyó Madrid al delegar su poder coercitivo. Pues la manera en que intervino la guardia civil —el 1 de octubre, en Cataluña—, le granjeó simpatías mayores a los independentistas.

Aunque Madrid sepa que puede recurrir legalmente a más fuerza, no por ello se sentirá menos impotente.  

Ahora Rajoy debe buscar cómo hacer lo correcto en el menor tiempo, con las circunstancias más desfavorables, y enfrentado a los interlocutores más temerarios.

Los catalanes están indignados. Pero saben que las simpatías por los vejámenes contra muchos de sus ciudadanos, nunca propiciarán posturas de desprecio de Bruselas hacia Madrid. España es el socio reconocido; Cataluña, la rebelde.

En esta crisis, Madrid tiene apoyo institucional global; Cataluña solo débiles simpatías. Y si los catalanes hacen bien las cuentas, no habrá ganancias para ellos en el corto plazo.

Por ahora, los separatistas saben que Madrid solo puede y debe negociar cívicamente (¡para ganar tiempo, mientras Rajoy encuentra opciones políticas o apolíticas!). Pero si los PP, liderados por Mariano Rajoy no consiguen que Puigdemont les estreche la mano para conseguirse mayores privilegios, habrá  nuevas elecciones, mientras las otras 16 comunidades redactan sus cartas petitorias.   

Lo más seguro es que los PP recurran a una alianza fuerte con los socialistas del PSOE, y el Partido Ciudadano. Si es que no intervienen militarmente y crean más resentimiento hacia ellos, incluso en la mitad de los indecisos catalanes. 

Mariano Rajoy sí vio y aprendió lo que le sucedió a David Cameron con el referendo del brexit. Pero los impulsores del Catalexit deberían verse en el espejo británico. Ahí el brexit, inicialmente, cautivó a muchos. Pero ahora que Londres hizo cuentas con Bruselas, se enteró que el divorcio era carísimo. Por ello, creo que Madrid no se dejará desmembrar.

Rajoy hizo lo que pudo, por la inminencia del referendo, sabido de los riesgos. Habría hecho las cosas mejor con más tiempo. Pero el problema estaba en el cómo hacerlo. Policías-militares acometieron una tarea coercitiva, de fuerza, y ya sin ninguna alternativa cívica.

Mientras tanto, las declaraciones del Rey Felipe VI fueron desatinadas. El joven monarca borbón traslucía enojo y frustración. 

¿Habría sentido lo mismo el Rey Fernando VII cuando vio cóomo su imperio americano se le salía de las manos con los alzamientos independentistas en Latinoamérica, mientras, en paralelo, luchaba dignamente por sacar a las tropas napoleónicas de su país invadido?

La monarquía española es parte del ejecutivo. Por tanto, debe plantearse soluciones de diálogo. 

Occidente debe demostrar que puede enfrentar la crisis porque la democracia, aunque les dé derechos y libertades a todos, es muy cuidadosa en cuanto a qué autoridades —sensatas y responsables— les propicia mecanismos cívicos de solución.

Cuando el presidente Rajoy asumió su segundo mandato (¿están malditos los segundos mandatos?), le costó muchísimo lograr una alianza para tener simple mayoría legislativa. Pero, ahora, tiene algo a su favor: nadie le negaría ayuda. Porque si los PP pierden el poder, los líderes opositores de otros partidos se arriesgan a enfrentar esta misma crisis, después, y desde otra posición. Y a todos les conviene frenar esto hoy. Ya que seguramente, más tarde, todo se volverá complicado, expansivo, indeseable.

Está bien que los catalanes disientan, pero no que dividan. No creo el argumento barato que “los españoles les odian”. España es una nación bondadosa, muy democrática, muy libre y muy tolerante. 

Y esta crisis probará la capacidad del presidente Rajoy para mostrar sabiduría política. Si no lo logra deberá renunciar. Y pasará mal a la historia.  

España está viviendo una lucha quijotesca entre idealismo y  realismo político.