Augusto Zamora R.*
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Durante su breve visita a Puerto Rico, hace dos semanas, el presidente Donald Trump lanzó a los puertorriqueños presentes, en un encuentro, varios rollos de papel de cocina.

Estaba en un país —perdón, Estado Libre Asociado, eufemismo que tapa una anacrónica situación colonialista— en ruinas, devastado por dos huracanes consecutivos y terribles.

En realidad, tres huracanes. Puerto Rico vive un huracán económico,  que le obligó a declararse en quiebra en mayo pasado, incapaz de pagar 70,000 millones de dólares.

El 45% de puertorriqueños vive en situación de pobreza, lo que ha generado una masiva emigración hacia EE. UU. Cada año, el 1% de población abandona la isla. Desde hace décadas, la población más preparada emigra. Sin gente preparada, todo país languidece.

Puerto Rico no es parte de EE. UU. Por ello no puede acogerse a los beneficios de serlo. Al no ser Estado independiente, no puede solicitar ningún financiamiento externo.

Como no es parte de la ‘Unión’, con las crisis no recibe subvenciones, sino préstamos. Como no puede organizar su sistema, depende de las limosnas que EE. UU. quiera darle.

La doble trampa fue cercenando la economía, hasta provocar la quiebra total del país.

Surgen los huracanes, destruyen la isla y la ayuda llega a cuentagotas, tarde y poca. El  resultado de ser y no ser. De admitir la servidumbre sin valor para cuestionarla. 

Trump lanzando rollos de papel humillaba a Puerto Rico. Nadie protestó. Peor que los huracanes es la indignidad. 

az.sinveniracuento@gmail.com