Orlando López-Selva
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Washington se sale de la Unesco porque esta luce antiisraelí. Está bien que se apoye a Israel. Pero es insensato y dañino, para Estados Unidos, salirse de esa institución. 

Mi punto acá es que las políticas aislacionistas de Trump —justificadas, para muchos republicanos— no le ayudan a  Washington. Lo entrampan; le hacen perder respeto; dejan espacios para que otras potencias llenen esos vacíos, gratis. Lo peor: decepcionan a sus aliados. Esa seclusión otoñal debilita y aminora el poder moral de Estados Unidos.

Donald Trump solo ha estado 8 meses en el poder. Se mueve  en el aislacionismo más desbocado que Washington haya tenido. ¿Comparable solo al trío de Hoover, Harding, Coolidge?

Veamos los hechos:

Firma de decreto de la salida de la Alianza Trans-Pacífica (ATP); renuncia a firmar la Declaración de París, sobre calentamiento global; cuestionamiento a la OTAN, por las cuotas bajas de sus socios europeos; intención de levantar un muro fronterizo con México; intención de rescindir el TLC, solo con México, aunque a Justin Trudeau le dijo que sí se podría revisar con los canucks; echada hacia atrás de su política bilateral con Cuba; y ahora la salida de la Unesco.  

¡Costosos errores!

El asunto de la salida de Washington de la Unesco sí dice mucho, porque aunque esa organización no sea muy influyente en temas estratégicos. Indica que el presidente Trump se concentra solo en seguridad y economía. Abstraerse afecta o incide negativamente al tratar otras políticas afines. Pero estas acciones aumentan el número de los que le antipatizan. E implica cederles el espacio a Rusia y China para que estos impongan agenda e intereses propios. Estos se involucrarán  poniendo su sello; y dejando a los aliados de EUA, sentirse débiles frentes a las intenciones —buenas, oportunistas o aviesas— de otras potencias.

Es una concesión torpe. Y, la ausencia en los temas internacionales desanima a aliados democráticos que creen que la cultura global debe tener marcado acento occidental.

Siempre insisto en este asunto. Moscú tiene muchísimos más puntos coincidentes con y dentro de la gran cultura occidental, que China. Y hay que reconocer esto para darle su lugar. Porque si le siguen haciendo desaires al Kremlin —cuando no haya razones estratégicas—, la postura rusa será ir contra Occidente by default cuando lo vean como “potencia regional”. (Y no es que defienda al presidente Vladimir Putin, al que cuestiono frecuentemente. Pero él tiene muchas posturas justas. Y no soy fanático para no ver virtudes en otros). 

Todas las potencias se comportan igual: quieren aumentar su poder e imponerse, a cualquier costo. Nunca un líder chino, ruso, norteamericano, dirá: “Nosotros solo queremos ser buenos, sin importar ser segundos o terceros”.

Y cuando se haya perdido el acento de modelos, estilos y patrones occidentales, los rusos no desconocerán los aportes éticos del credo judeo-cristiano; la filosofía aristotélica o platónica, la democracia griega, la libertad y el derecho igualitarios; el interés galileiano y newtoniano por la ciencia experimental; el universo dantiano (de fantasías alimentadas de referencias bíblicas del bien y el mal); el mercado smithsoniano (con fallas, pero eficiente, productivo y autocorrectivo); lo kantiano (el eurocentrismo de valores como paz, razón pura, y moral intelectual); lo shakesperiano (la humanidad desnudada por sus pasiones e intrigas que confirman sus pequeñeces y noblezas); y lo cervantino (la dicotomía ontológica entre el idealismo sublime, a veces ridículo, y el materialismo mundano). Estos son pilares fundamentales de Occidente.   

Y a ello han contribuido Tolstoi, Dostoievski, Gogol, Sholojov; Tchaikovski (de versátiles temáticas, altísimo como Beethoven o Mozart, en la música clásica); y siguen Prokofiev, Korsakov, Rachmaninov (músicos finos, épicos y melancólicos); los arquitectos rusos de flamígeras creaciones y coloridas formas; los biólogos, los ingenieros y los físicos, y científicos… que no conozco. Pero que ponen Rusia a explorar el universo en una estación espacial donde solo llegan los altos.

Y cuando los inescrutables chinos continentales digan: estas son las nuevas reglas del comercio, las finanzas, la justicia, la democracia, la tecnología, las relaciones internacionales, la cultura… Y deben prevalecer…

¿Qué decir? ¿Qué hacer?

Las políticas aislacionistas del presidente Trump son una autoflagelación para Washington (inicialmente, creí que sus posturas deshilvanadas cambiarían al asumir la presidencia. ¡Qué equivocación!). La mesa está bien servida para sus adversarios; sus seguidores se desalentarán. 

Una potencia no se esconde. 

Ya no hay especulaciones. Hay tendencias marcadas. Así Washington no va por buen camino.

Y los norteamericanos, muy dados a artículos políticos estremecedores, después escribirán: “El día que Trump perdió a los Estados Unidos”.