• |
  • |
  • END

Subirse a una ruta urbana en la ciudad de Managua, capital de nuestro querido país, es entrar a un túnel lleno de muchas interrogantes que se inicia desde el momento en que sabemos que tenemos que abordarlo por la cruel necesidad de ser usuarios de dicho transporte colectivo y no justamente cuando pagamos el pasaje del automotor; nuestra mirada gira de inmediato, otea apresuradamente para no encontrarse con el potencial antisocial presto a realizar lo que más le convenga. Sin embargo, ahora existe otro atenuante para los asaltantes, saben disimularse con simpatías y a través de una vestimenta contraria a la usual o caracterizada en ellos.

Esa es una desventaja lo del ropaje, pues lo podemos llevar a la par, conversar con él e ignoramos el peligro latente que corren nuestras vidas. Por un momento descansamos porque no vemos ningún movimiento extraño, pero a cada parada, en cada bahía de ruta, surge nuevamente el acecho de la tentativa. Nuestros nervios al máximo, exigiendo una pronta respuesta del tiempo que nos queda en el automotor para poder bajarnos.

Ver hacia el fondo del autobús es un axioma espeluznante, todos los que van en ese sector resultan registrados en nuestra memoria como potenciales generadores de violencia a mano armada; esa distracción, por supuesto, deja al margen otros espacios de nuestros bolsillos o carteras en el caso de las mujeres, que sin darnos cuenta son presas de sus fechorías.

Existe un disimulado, pero aterrador mensaje en la mayoría de los usuarios, cuando se les ve al rostro. Ellos también se preguntan si al observarlos nosotros somos uno de los posibles atracadores; es una especie de histeria colectiva que se refleja en la tensión de las manos, en la risa inesperada o en el saludo casual, independientemente de que nunca le hayamos visto al que nos acompaña al lado.

Los celulares son bien apetecidos y ¿quién no los usa en la actualidad? Es obvio: la mayoría por supuesto y qué hacer, al menos apagarlo o no evidenciarlo en la bolsa de la camisa o la trasera del pantalón, a como suelen hacer las jóvenes. Es un trago amargo de todos los días, los asaltantes no dan cuartel, pululan por miles, es estrujante para la presión sanguínea tan sólo pensar en el accionar maléfico. Parece que no existe defensa hacia el usuario, las autoridades no se dan abasto y cuando se les toma preso o con las manos en la masa, a los días siguen reinando por las calles y en los buses como si nada. Queda sólo ampararnos en Dios.


*Docente UNI