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Mi amigo Plutarco Cortez (Santa Teresa, departamento de Carazo) ha protagonizado una empresa intelectual que solo tiene un precedente en Centroamérica: Las categorías literarias (1923) del costarricense Roberto Brenes Mesén (1874-1947). Ha sido, por lo tanto, el único nicaragüense que ha elaborado toda una poética, o sea: al formular ––en un largo ensayo reflexivo–– su concepción personal de la poesía y del poeta en nuestro tiempo. “El poeta y su conciencia” se titula. 

Autores como Harold Bloom, autor de The Ansiety of the Influence y de The Western Canon, fueron asimilados por nuestro ensayista filosófico para ofrecernos una recuperación estética de la literatura que se bate en retirada ante la consideración ideológica triunfante. Me refiero a la que Bloom denomina “La Escuela del Resentimiento”, concretamente ––son sus palabras, no las mías–– “una infame turba de feministas, afrocentristas, neomarxistas, neohistoricistas y deconstructivistas, que juzgan las obras literarias de acuerdo con criterios extraestéticos, es decir, como documentos de clase, raza  o género”. 

Plutarco Cortez no. Él defiende una concepción estrictamente estética y de la lectura hedónica de las obras literarias. Bajo la orientación del filósofo estadounidense Richard Rorty (1931-2007), Plutarco se ubica dentro de un ámbito definido: Postmodernidad y pensamiento ágil, título de otro ensayo trascendente editado en 2008 por la Academia Nicaragüense de la Lengua. El siguiente fue su contenido: “Un yo contingente”, “Se acabó la metafísica”, “Todo es memoria”, “La palabra norma y la forma”, “Solo la creación salva”, “Por una pluralidad de todos los órdenes” y “El humanismo en la postmodernidad”. 

Si Plutarco asimila a Rorty y está de acuerdo plenamente con él, también emite conceptos propios, concluyendo su trabajo con la serie de aforismos “Sensibilidad y disposición”. En fin, logra manifestar su identidad como un acto de autocreación afirmando la importancia de la libertad individual. “Vamos a erradicar de la cabeza del hombre la noción del límite, pues no hay distancia que no pueda ser recorrida por su imaginación” ––puntualiza. Como muy pocos en el país, Cortez ha aportado su grano de arena a los debates filosóficos postmodernos. Y este es, para mí, su principal mérito. 

Otros, como sabemos, corresponden a dos poemarios y a una novela corta: expresiones de sus búsquedas creadoras. El primero, Bajo el agua vertical (1994) se desarrolla en un ámbito genésico, cósmico y visceral, “como si el universo estuviera creándose permanentemente, pero a su vez destruyéndose y volviéndose a crear en una dialéctica de negatividad eterna”, según su prologuista Álvaro Urtecho. En el segundo, Víspera del diluvio (1995), adquiere una conciencia plena de que su obra se ubica dentro de los parámetros de la postmodernidad. Y es en su novela La mala digestión (1994), corregida y aumentada en 2003 ––y también prologada por Urtecho–– donde proyecta explícitamente esa conciencia.  

Este año Plutarco nos dio una sorpresa: su segunda novela. Centrada en su objetivo, sin digresión alguna y cuasi autobiográfica, asume en Nací para vivir (Lisboa, Chiado Ediciones) una voz femenina para referir con múltiples detalles la experiencia de una migrante (ilegal o “mojada”), todo coraje, fortaleza y vitalidad. Estoy hablando de su hija Dalia Cortez, madre soltera de tres hijos, decidida a escapar ––y salvar a su familia–– de una terrible situación de pobreza emigrando a los Estados Unidos. Cuando en su primer intento por alcanzar tierra estadounidense, estando ya en la ribera del Río Bravo, la migración de México la atrapa y expulsa de regreso a Guatemala. Un joven, corriendo su misma suerte, le pregunta: ––Delia, ¿te regresas a Nicaragua? ––Ni a empujones, le contesta. 

Durante el viaje un narcotraficante le propone trabajar para su organización. Pero ella rechaza la oferta, ya que nadie puede desviarla de su rumbo: lograr el “Sueño Americano”. Dos años después ––tras muchas  peripecias–– lo conquista y se enorgullece de ello. Quiere que su experiencia sea un evento inolvidable. Cree que su vida debe ser contada. Pero comprende que no existe el narrador que pueda adoptar todas las perspectivas de su existencia y decide ella misma el mostrar al mundo su verdadera imagen. 

Ha recorrido muchos países y tiene un cuerpo sensual. Amó a David, su pareja anglosajona, y lo sique queriendo; mas prefiere al final entregarse a sus hijos de primer matrimonio. En fin, nos imparte una lección de mujer pencona, sensible y realizada, consciente de poseer dentro de su alma todo el universo.