Félix Navarrete
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Desde que me vio hace  tres años en Metrocentro me pide lo mismo. Quizás está obsesionado porque me ha visto en la fotografía de  un diario o en las imágenes de televisión, haciendo mi trabajo como periodista del Consejo Supremo Electoral. No sé qué se imagina quién soy, o a lo mejor, está desinformado, pero le digo que no puedo hacer nada por él, que soy un simple  periodista  sin influencias ni confluencias.  Sólo escribo para poder vivir y compartir.  Nada más.

Por mucho que he tratado de convencerlo,  diciéndole que no puedo hacer nada por él, cada vez insiste más en que lo ayude a servir de puente  o mensajero de su solicitud, mientras ambos nos encontramos accidentalmente en ese centro comercial con objetivos opuestos: mientras yo busco simplemente cómo matar mi hora de almuerzo, él  busca cómo resolver su vida.  

Sé que ninguno de  los dos está interesado en seguirse  encontrando, porque para nada sirve,  pero siempre  nos cruzamos  en medio de la gente que frenéticamente circula comprando, paseando  o simplemente fisgoneando para matar el tiempo y las penas.  Estoy seguro que si planeáramos de antemano un encuentro, ninguno llegaría a la cita. Así es la vida. Es mejor vivirla que tratar de entenderla. 

Cuando lo vi por primera  vez  creí que era el doble de O.J. Simpson, el famoso futbolista que recién salió de la cárcel que andaba buscando amistades en un centro comercial de Managua. Pero  no.  Su nombre es Róger Pérez, nicaragüense, de tez morena oscura, alto, entrado en años, corpulento, y guarda en los pasajes de su memoria aquel capítulo de la infancia que podría  ser la  llave que le abra una esperanza.

Como todo nicaragüense emprendedor, Róger me cuenta que ha desempeñado múltiples oficios, pero su pasión ha sido conducir furgones, cabezales y todo tipo de motorizados. Dice que es un experimentado camionero. Ha recorrido la geografía del país muchas veces, así que las carreteras y atajos las conoce como la palma de su mano. Actualmente tiene 64  años, varios hijos y nietos, pero no ha podido conseguir un empleo digno que se ajuste a su edad y sus necesidades. Confiesa que sólo le salen  trabajos de un día porque a su edad ya no lo contratan para laborar de manera permanente en una empresa. Y sonríe como quien sabe que lo que está diciendo es difícil de creer. 

Cuenta que  hace algunos años intentó  saludar al  Presidente Daniel  Ortega luego de una actividad pública, pero la multitud que se agolpó a su alrededor, le cerró la posibilidad al menos de tenerlo cerca, a  unos pocos metros. “Si tan sólo lo hubiera visto le hubiera chiflado, pero no me oiría.  Hay mucha bulla en esos ambientes”,  cuenta. “Estoy  seguro que si él me viera me reconocería”. 

De repente se agolpan los recuerdos. Recuerda, como si los estuviera viendo ahora, a su hermano mayor Eddy Pérez, ya fallecido, jugando con el actual Presidente Ortega en su casa de adobe ubicada en el Barrio San Antonio, y devastada por el terremoto de 1972. “Eran amigos inseparables”,  me dice con un poco de nostalgia en sus ojos.

Róger también recuerda sus años de secundaria, cuando ambos  cursaban el segundo año B, y saca de la bolsa de su pantalón  un recorte amarillento de revista que guarda y me enseña como prueba fehaciente de su historia. “Eran tiempos inolvidables”, recuerda con nostalgia. Dice que Daniel era un joven inteligente y bien reservado, y su padre era un señor educado y elegante.  También recuerda a Casimiro Sotelo, héroe sandinista muerto en 1967,  quien varias veces frecuentó su casa en la época en que el Frente Sandinista era un puñado de hombres, entre los que ya asomaba el rostro de Daniel Ortega. 

De repente el tiempo se va y los recuerdos se disipan. Comienza una tarde más en Metrocentro, y el bullicio crece como las olas del mar.  Es el mundo que gira a través de nosotros sin que lo notemos. Es el  tiempo que pasa y hace más frágil el maniquí que venimos cargando.  Nos despedimos y me pide para el bus. Le doy los únicos veinte pesos que tengo en la cartera, porque como dice la canción, la vida es una ruleta en la que apostamos todos. Uno nunca sabe las necesidades que puede tener. Pero no le prometo nada. Su petición  queda navegando en el limbo de la  providencia. 

Lo único que se me ocurre hacer para ayudarlo  y eso que no es seguro, es escribir la crónica de este encuentro casual, confiando en que la historia que cuenta es real, y rogando a Dios que  su SOS pueda llegar  a ser leído por ese ilustre destinatario con el que compartió horas felices de su  maravillosa infancia. 

Managua, 17 de octubre de 2017
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com