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La noche cayó muy plena, el ocaso fue repentino y bonito, difícil de explicar, pero alegre de apreciar. Tras la ventana podía ver todos los coches de los trabajadores regresando a casa, mientras el sol se perdía lentamente en el horizonte. La gran bola de fuego parecía decirme adiós y que tuviera una noche tranquila, pero obviamente no fue así. 

Me quedé haciendo mis horas extras en el trabajo de oficina. Sentado en una silla que rechina, tomando café amargo, saludando colegas, me quedo solo y con mi música, o sea, estaba bien. 

De un momento a otro revisé el reloj y me di cuenta que solo habían pasado cinco minutos tras haber escrito cientos de cartas y artículos, entonces pensé que sería una noche trágica y espeluznante. 

Terminé mis horas de trabajo, como es usual. Esta vez había terminado muy noche y los buses no transitaban y si pasaba uno seguro me mataban o asaltaban. Decidí caminar un poco cerca de mi edificio, quizás encontraba un taxi y me iba más seguro a casa. 

Tras caminar un rato me di cuenta de lo mucho que me gusta caminar a casa, mientras pienso en toda mi vida en el transcurso, así que preferí irme a pie hasta a casa, muy a las 11:00 p.m. Algo inusual, algo que nunca había hecho.

Lleno de valentía y de suerte logré llegar a unas cuantas cuadras cerca de mi colonia. Por mi mala memoria no recordé que en unas calles cerca de mi casa estaban cambiando las tuberías subterráneas en cada esquina de una cuadra. Recordé también que había un viejo puente en un callejón como atajo que cruzaba un cauce. Decidí cruzarlo.

El frío de la medianoche —con la luna en el medio del cielo— con escalofríos que soplan y con brazos descubiertos fui caminando hasta acercarme a aquel puente. Estaba bastante oscuro, como que si se había ido la luz en los postes eléctricos. Hacía demasiado frío. Mis lentes se empañaban con mi aliento y decidí caminar por el puente. 

Sonaban mis zapatos de tacón en las viejas placas de lata y de perlín de que estaba hecho aquel puente casi derruido. No tenía nada a los costados, fácil te caes. No se veía nada a través de él y puedo jurar que hasta había niebla. El cauce estaba lleno de basura y había bastantes árboles alrededor. Pero el dato más importante, y por cual empezó todo este relato, fue una silueta que vi a lo largo del maldito puente.

No recordaba tan grande aquel puente en ruinas. Era corto y fue extraño esta vez. Pero entonces aquella silueta me miraba y yo me detuve. No podía ver rostros, solo sentía la presencia de alguien o algo. Creí que me iban a asaltar o a matar, y mi corazón empezó a colapsar y no sabía qué hacer ni qué pensar. Estoy muerto pensé.

Pero entonces, la silueta me llamó y dijo con una voz lúgubre: —‘’Acércate, no te voy a hacer nada, no soy ladrón, no soy violador, solo estoy solo y pobre’’. Obviamente no me moví, pero aquella persona sí. Sonaba a un viejo rancio casi a punto de morir. Se acercó lentamente a mí, y yo no hice nada, me quedé perplejo. Luego lo vi, y sí, era un viejo, ciego al parecer, triste, hediondo y solo. Me habló de su vida, de quién era y de cómo llegó a estar en donde está. Hablamos bastante. Trágica historia. 

Con ideales de locura extrema y de realidad, solo me recordó a mí mismo en mis momentos donde creí que era lo mejor y tenía el mundo en mis manos. Fue así cuando entre pláticas, aquel viejo me dijo: —‘’Te extraño, extraño tu viejo yo’’. Me asusté tanto que vi la hora y eran las 2:00 a.m., me despedí rápido y me fui corriendo a casa. Me alisté para dormir, me vi al espejo, no era viejo, era joven aún. A la mañana siguiente me notificaron que el puente misteriosamente se derrumbó, pregunté por un viejo ciego, nadie supo qué decirme.