Jorge Eduardo Arellano
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En un pueblo del Norte, en las colinas, a media noche, el viento frío soplo de angustia expande los gemidos de La Llorona, quien recorre las polvosas calles del caserío de adobe; luce cabello luminoso entrecano hasta la cintura y el rostro níveo de expresión lúgubre.

El cadejo negro sigue de cerca las huellas de un beodo temerario, por el camino yerto, flanqueado por frondosos chilamates oscurecedores de la marcha.

La carretanagua con sus ejes resecos emite sonidos maléficos. Turban el pecho del vecino. Él se persigna. Asustado, rápido riega agua bendita. Repone la ristra de ajo envejecido en el dintel principal, enciende velas frente a las estatuas de yeso y estampas de papel, y se arrodilla con el rosario en las manos.

Los duendes, con su atuendo rojo, emanan de la tierra. Se supone que vienen a burlarse y a apedrear las habitaciones de los arteros, las putas, ladrones, y demás pecaminosos.

Los búhos aletean despavoridos entre las ramas. Los perros aúllan como los coyotes y corren erizos con el rabo entre las piernas; buscan un rincón que los proteja del viento furioso escoltado por ruidos sepulcrales. De las tejas caen alacranes con la cola erecta, y picotean frenéticos, lo que obstaculiza su paso. Las ratas saltan por las paredes; denotan demencia sus malabares y los ojos extraviados. Los gallos se lanzan de los árboles, y las gallinas cacarean a pesar de la oscuridad. El ganado vacuno muge, tintineando el cencerro, y el caballar galopa golpeándose contra los maderos rollizos del corral. Los cerdos ingresan total en el lodo. En el cielo se dibuja múltiple vía de luces, y un estruendo estremece la atmósfera nebulosa. Las aguas del río, aún sin llover crecen y arrastran piedras, troncos, y todo en su cauce. Sólo los murciélagos y los vampiros vuelan sonrientes.

El día siguiente aparece parsimonioso, sin ánimo de remover el color gris del cielo, y trae consigo presagios perceptibles y un sol amarillo intenso sin irradiar calor. El frío, posesionado del ambiente. El viento ahora se mueve lento. Las hojas de los árboles perdieron el brillo y apuntan a la tierra lánguida.

De casa en casa corre la voz informando: Belcebú capitanea motocicleta ruidosa, deja reguero de azufre. Viaja por los caminos de la montaña y en un instante aparecerá en las calles del pueblo para llevarse a un aliado.

Un día como hoy, hace cinco años, el veinte de diciembre, desapareció una muchacha que se quejaba de haber sido ultrajada por el párroco cincuentón.

Los acontecimientos reavivan el murmullo en menoscabo de la santa autoridad. El religioso recuerda el agotador trabajo calmando a la feligresía.

“La historia fue calumnia de la ramera, y por pretender burlarse de dios fue enviada a los infiernos, e igual fin tendrán quienes hagan eco de la falacia”, repitió en aquel entonces el sacerdote, entonando amenaza, desde el púlpito, blandiendo el dedo admonitorio de su única mano; sin certeza de que el auditorio creyera en el pudor clerical, pero convencido de su triunfo, al seguir ostentando la jefatura del vicariato.

El eclesiástico, nervioso y exaltado, intuye nuevo enfrentamiento con el espíritu maligno. En su oficina planifica los oficios. Toda la noche la transcurre despierto, atento al tumulto externo. Cree que otra vez saldrá victorioso. No imagina el desenlace.

Manda repicar las campanas a las cinco de la mañana. De inmediato acude la beata de su confianza: señorita sin familia, frustrada en amores, cara redonda ensimismada, cincuentona, de piel blanca lustrosa, pechos grandes, caderas anchas, nalgona, carne rolliza, sólida, de la cual exhala fragancia de jabón. Ella decora el altar, con mayor esmero. Se nota nerviosa, a punto del llanto, le tiemblan las manos, la frente suda.

Media hora después, al tañido prolongado de las campanetas se presenta la población; asustada por el paisaje tétrico, no vaciló en atender el llamado. Las mujeres jóvenes habían desechado la chalina, ahora la lucen sin levantar el rostro. Los hombres se arrepienten de sus borracheras y lascivias cotidianas en el lupanar. La esposa aprovecha para recriminar al marido, y le obliga a prometer cambiar sus malos hábitos el año venidero, a sabiendas que siempre es igual por esta época.

En su homilía, el clérigo enfático manda a las familias adineradas que incrementen la limosna. Sobre ellas recae la responsabilidad del presupuesto, para dotar a la curia de capacidad de ahuyentar las amenazas demoníacas. Les recuerda: “Por gracia de dios son bienaventuradas, y en momentos difíciles como el actual se prueba la fidelidad y el agradecimiento del ser supremo”. A las demás personas las acusa de inconformes, se resisten a la vida miserable que la divinidad les ha encomendado llevar con fe, para encontrar la dicha en el paraíso.

Luego del sermón, la gente dirige su instinto a programar las celebraciones paganas, aunque comentan las advertencias sacerdotales y los sucesos. El peligro anda suelto, pero el temor no detiene la excitación que provocan los placeres mundanos.

Navidad marca el pasado, presente y futuro de los individuos: es de arrepentimientos, alegrías, recuerdos, lágrimas y sonrisas, promisión y esperanzas, viandas y regalos, rones y carnes, besos, abrazos y sexo. Cada cual festeja según su ínfula económica. Hasta los incrédulos se dejan llevar por la algarabía opípara.

Las tiendas saturadas de artículos. Los comerciantes inflan la campaña de consumo. Para ser buen hijo, amigo, padre, hermano, yerno, novio, esposo, amante o cualquier ser afectivo, debe alardear obsequiando lo mejor en su nivel.

Centenares de personas recorren los estantes: ven, tocan, huelen y cotizan las mercancías, sacan cuentas y consultan con intención de cumplir la norma social. Algunos compradores admiran atónitos las bellezas inalcanzables en el presupuesto; se atreven a preguntar el valor sabiendo que no pueden adquirir los caros objetos.

Varios transeúntes seleccionan prendas para casamiento, primera comunión y bautizos. Los más pobres han ahorrado todo el año, prestado dinero o empeñando menaje, además, destinado el aguinaldo para efectuar un sueño de toda la vida y elevar el prestigio regocijando a la familia. Con rigor escogen el vestuario que modelarán los días más importantes, para sentirse al más alto nivel de su horizonte, en competencia con la vecindad.

Quienes reservaron la mesa del club ostentan la abundancia. Son seguidos por uniformados que cargan grandes cajas de diversas marcas famosas y encarecidas.

Los pordioseros se ubican en los pasillos; aprovechan el temor de las personas caritativas, quienes --recordando la prédica del pastor y la indulgencia-- regalan algunas monedas; sin embargo, a los menesterosos: uvas, manzanas, y golosinas les rasga el apetito que no podrán saciar.

Los infantes se aglomeran en la juguetería demandando a sus padres la adquisición de todo atractivo, incitados por un nativo disfrazado como anciano gordo, blanca barba, botas y traje rojinegro; rodeado de canastas embaladas con celofán conteniendo galletas, dulces, jugos, licor, y los ingredientes para preparar apetitosa comida indigesta.

En las ventas, los cánticos religiosos alusivos a la fiesta y los paganos suenan a elevado volumen; inspiran sentimiento contradictorio de benevolencia y codicia, en medio de luces intermitentes de múltiples colores formando figuras simbólicas.

Con la barahúnda, en la noche de advenimiento, se apagan los gritos prolongados y espeluznantes de La Llorona, aun cuando rebotan en los cerros: ¡Aquí vaaaaa! ¡Aquí vaaaaaaaaaa!, y el silbido constante de la Cegua huesuda, túnica blanca, cabellera rizada como de cabuya. Las inclinaciones a los deleites mundanos, de comilonas, bebederas y sexo, también omiten a la mujer que en el cementerio se convierte en mona --para brincar en los tejados, sacudir las aldabas de las puertas-- y en perro para despistar a unos pocos envalentonados perseguidores ebrios.

Sólo el párroco no supera los nervios, se incrementan con le ánimo depresivo de la beata virginal. Ella acude al confesionario, después de la misa nocturna, el propio veinticuatro de diciembre. Palpita el corazón como volcán en erupción.

“Diciembre me atormenta, padre. No soy feliz. Me hago la fuerte, pero la soledad y la falta de cariño me vencen. Durante las noches tengo sueños pecadores, y en este mes es peor, cuando veo a toda la gente en fiesta. Hasta dudo padre... que dios me quiera... pues no se apiada de mí. La vida no ha sido fácil para mí, aquél novio que tuve cuando cumplí quince años... Mario... me dejó porque no le di lo que él quería, luego vino la muerte de toda mi familia y quedé sola... usted sabe, yo soy mujer”.

Y luego de varias horas de remembranzas y lágrimas, reprimendas y consejos, llega el consuelo. Cuando brilla espléndido el “Lucero del Amanecer” (en lengua mayangna le nombran Yaringni), el cura y la señorita dominan sus penas, responden a su esencia terrenal; con la intensidad máxima de las emociones, ella emite prolongado y gozoso gemido sulfúrico al mismo tiempo que los dos cuerpo desvanecen.

Diciembre 1991
Matagalpa - Nicaragua
*Centro de comunicaciones y estudios sociales (Cesos)
Managua y Matagalpa, Nicaragua.

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