Orlando López-Selva
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El conflicto interno en España va para largo. 

El presidente español Mariano Rajoy va a aplicar el artículo 155 de la constitución. Mientras que Carles Puigdemont insiste en no aclarar si declaró la independencia. La mala voluntad no propicia una justa solución; frena el avance cívico.  

Mi punto acá es mientras Rajoy solo puede hacer lo que la ley, calamitosamente, le permite; Puigdemont, sin importarle los daños que le cause a su país y a su gente, se va a amparar en la vieja argucia de la izquierda radical: buscar el martirio de sus conciudadanos catalanes para exacerbar simpatías nacionalistas. Pero no le importa que Cataluña se desbarate o que su economía se derrumbe. Solo le importa el poder. 

Así, todo está saliéndose de cauces para entrar a las arenas movedizas. No habrá avances, solo medición de fuerzas. Y cuando se pasa a la fase de la fuerza, la razón pierde su protagonismo. Ahí afloran brutalidad, sangre, resentimiento, ira y dolor.

Madrid no merece eso; tampoco Cataluña. 

A medio camino, los líderes extremistas catalanes no se detienen con su idea secesionista, siquiera para reflexionar sobre las consecuencias inmediatas. Si Carles Puigdemont tuviera otras intenciones, ya habría reaccionado antes las desastrosas consecuencias palpables. Más de 600 empresas han salido de Cataluña para no quedar entrampadas en una tierra de nadie, debido al caos producido por la incierta declaración independentista. Y esto confirma, que el nacionalismo se torció para convertirse en un movimiento separatista torpe y errático. Cayeron en el fanatismo.

Los fanáticos no ven errores propios, no ven verdades en los otros. Solo justifican su aferramiento ciego al poder. Solo ven enemigos; y se enfrascan en infames luchas.

¿A los nacionalistas catalanes no les importa aislarse, aunque implique daños, pobreza o divisiones? ¿¡Y cuánto más falta!?

Esto se viene viendo como comenzó. Pero las cosas no van a parar pronto. Después de la intervención del Estado Español en Cataluña, vendrán mayores enfrentamientos, manifestaciones, violencia, represión. Ya hay dos Jordi en prisión, Sánchez y Cuixart. ¿Y cuántos más irán a la cárcel? (Esto, desde luego, los nacionalistas lo convertirán en una manipulada lucha sentimental). 

La sensatez no aflora porque de por medio hay un ímpetu nacionalista irreflexivo. (Para los anglosajones, el nacionalismo es otra expresión ideológica más, como el conservadurismo, el liberalismo, o el socialismo).

Desde otra perspectiva, los líderes del PP nunca vieron venir lo que estaba ocurriendo. Se sentían confiados. Y los políticos deben dormir con un ojo abierto. (Apotegma: si los problemas no se abordan inicialmente, por un designio perverso, después todo se convierte en bolas de nieve y fuego).

En Europa, “la cohesión supranacional” solo es una declaración del derecho. En derecho prevalecen las formas y los intentos justicieros; en política, las realidades y las esencias humanas. Hay fuegos subyacentes. Es la dinámica de las intrigas y las conspiraciones. Son las cartas escondidas del inframundo.  

Y es que también, nadie prevé cuándo surgirán esos líderes “mesiánicos” y revoltosos que, inicialmente, se apegan a las leyes y métodos democráticos. Ya en el poder, intentan, de cualquier manera, destruir la mano que les prodigó oportunidades, aduciendo que actúan conforme a demandas  históricas: acabar con el sistema impuesto y anacrónico. Lucen orgullosos, apegados al nacionalismo veleidoso de visiones ideológicas manipuladas y acoplables a sus propios intereses. El nacionalismo es cultural. 

¿Qué hay más íntimo, personal y sensitivo que un sentimiento cultural?

Nada. 

Pero hay otras preguntas: ¿Cómo sabremos que la crisis en Cataluña no provocará un deterioro social que se disemine por  las otras comunidades vecinas? ¿Quién puede asegurar que ese virus catalán no se convierta en una epidemia paneuropea? 

Cosa extraña de la democracia. Rajoy que está del lado de la ley;  es el que peor se va a proyectar públicamente: será el chico malo de la película. ¿Por qué? Porque en el noble sistema democrático cualquier rebelde goza de derechos. En la dictaduras, no. 

Mientras que Puigdemont, sin hacer nada, ya es héroe… y con probabilidades de convertirse en mártir, con solo que lo echen preso, lo destituyan o lo destierren.

Tampoco esta crisis estaría exenta de que surja otra fuerza subversiva que reinicie los malos días para el Estado español, como en los años sangrientos de ETA. 

Solo los separatistas podrían contenerse para no arruinar a la bella Cataluña. Es difícil cuando el impulso se alimenta de sensibilidades culturales.

Esperemos la conciliación. 

¿Puede Puigdemont reflexionar y detener su ímpetu separatista, sabiendo que por ese camino conduce a Cataluña hacia la tragedia?