•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

La pregunta no es si existe Dios, pues hay quienes aceptan su existencia, pero ante el misterio de la maldad, el sufrimiento y la muerte se les dificulta ver en Dios a un padre que nos ama y se interesa por nuestra felicidad. La respuesta de Dios al hombre ante ese misterio fue hacerse un ser humano igual a nosotros, y despojándose de su condición divina vino al mundo como Jesús, dándonos a conocer el plan de Dios para la humanidad, plan que incluye su propia muerte redentora y posterior resurrección. Pero, ¿existió realmente Jesús o es un mito? Nadie duda de la existencia de Tutankamón, Nabucodonosor, Ciro, Aristóteles, Homero, Cleopatra, Augusto o Calígula; personajes importantes y algunos muy influyentes, pero ninguno con tanta influencia en la humanidad como Jesús; sin embargo, hay quienes dudan de su existencia, aunque históricamente ha sido comprobada por historiadores creyentes y no creyentes. 

Entre los muchos historiadores que han ratificado la existencia histórica de Jesús, citaré -por límites de espacio- tan solo a una historiadora destacada de hoy, Amy-Jill Levine, miembro de una sinagoga judía ortodoxa, investigadora meticulosa y profesora de la Universidad de Vanderbilt (Nashville, Tennessee), institución que se especializa en realizar investigaciones históricas; quien afirma que los historiadores coinciden en que Jesús existió, fue bautizado por Juan, debatió con otros judíos sobre la mejor manera de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, participó en curaciones, enseñó con parábolas, reunió a seguidores en Galilea, fue a Jerusalén y fue crucificado por los soldados romanos durante el gobierno de Poncio Pilato (26-36 d. C.).”

La existencia de Jesús es atestiguada desde la antigüedad por historiadores no cristianos como el judío Flavio Josefo (38-101), el romano Tácito (55-120) y por el Talmud (colección de escritos rabínicos de mucha estima para los judíos) que menciona entre los registros de casos procesales la crucifixión de Jesús (Sanedrín 32a). Coincidiendo con estos testimonios tenemos muchos escritos de los cristianos de aquellos tiempos. Algunos de los primeros discípulos de Jesús escribieron sobre su vida y enseñanzas. Varios de los apóstoles escribieron cartas. De esos escritos se hacían copias que circulaban entre las primeras comunidades cristianas. En el Concilio de Roma del año 382 se seleccionaron solo aquellos escritos que de acuerdo con un riguroso examen resultaron confiables en cuanto a su origen, autenticidad e integridad (no contener adulteraciones ni textos agregados). Estos forman lo que conocemos hoy como el Nuevo Testamento. Los abundantes textos de la época de los apóstoles, escritos durante los primeros años después de la vida terrenal de Jesús y reconocidos por la iglesia cristiana primitiva, guardan armonía entre ellos y coinciden con los citados testimonios de no cristianos, y son suficiente prueba de su vida y sus enseñanzas. La existencia de ningún otro personaje histórico ha sido más estudiada ni cuenta con pruebas tan contundentes como la de Jesús.

Pero, ¿es Dios? Jesús desde hace más de dos mil años es reconocido, por creyentes y no creyentes, por predicar las enseñanzas más profundas y bellas de la historia, por su inmensa sabiduría al hablar y actuar, por su mente extraordinariamente lúcida, por su carácter noble y puro, lleno de amor y misericordia. Él mismo dijo ser Dios, y si no lo fuera sería un mentiroso, impostor o loco, lo cual no estaría de acuerdo con la belleza de sus enseñanzas, su extraordinaria lucidez y su inmensa nobleza de carácter. Jesús nos reveló todo lo que Dios quiere que por ahora sepamos. Él nos da sus respuestas a nuestras preguntas sobre el misterio de la maldad, el sufrimiento y la muerte, aunque, como San Pablo nos advierte, el Evangelio de Jesús es locura para la lógica del mundo. Pero su persona es tan atrayente y convincente que quien lo llega a conocer con un corazón desinteresado y libre de prejuicios, llega no solo a creer en Él, por difícil que parezca, sino también a amarlo, reconocerlo como nuestro Dios y vivir con 
la paz y felicidad que da la divina esperanza en la plenitud de su Reino, del cual desde hoy empezamos a disfrutar.

* Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com