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En la edición 428 de su popular revista Nicasoft, Miguel Lira Rivera denomina al nuevo estadio “Denis Martínez” (sin la doble ene) y tiene razón porque el idioma oficial de Nicaragua ––establecido por la Constitución vigente–– no es el inglés, sino el español. Edgar Tijerino Mantilla, también escribe correctamente el nombre de nuestra mayor gloria beisbolera en su obra ¡Bravo Denis! (2013). Lo mismo hace nuestro máximo escritor vivo, Sergio Ramírez, en el texto de la contratapa.  

Aparte de ese errático detalle, comparto la reciente euforia generada por nuestro aún deporte rey, a pesar de que los jóvenes de hoy admiran más al futbol. Pero históricamente el beisbol ha sido más que el deporte por antonomasia de Nicaragua, constituyendo la épica del imaginario nacional y una pasión tan viva como la política. A principios del siglo veinte se adaptó a la sicología de nuestro pueblo, asimilándolo desde la última década del siglo diecinueve, cuando fue introducido por jóvenes de la élite social que estudiaban en Nueva York. Por tanto, su inicio ––contrariamente a lo que se ha supuesto o creído–– data de mucho antes de la primera intervención militar estadounidense en septiembre de 1912. Es cierto que también se impuso como principal actividad deportiva en países de la Cuenca del Caribe (Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Venezuela, Panamá y México), relacionados fuertemente con el Imperio del Norte. Pero no basta ese fenómeno para explicar su fascinación e impacto entre nosotros.

Quizás explican su arraigo un posible residuo cultural del Norte prehispano del continente, el clima y la tendencia individualista del nica. Como se sabe, este  ha sido poco dado a trabajar en equipo, admira demasiado la hazaña personal y rinde culto a la personalidad. Realmente, existe una correlación entre el caudillismo político y el carisma lúdico de los grandes peloteros. Además, es el juego más lúdico, inteligente y poético. Se corresponde, pues, con nuestra vigorosa imaginación creadora. Por otra parte, no está muy amenazado por la Espada de Damocles del Tiempo, que limita  a otros deportes, sobre todo el futbol. El beisbol se desarrolla a un espacio con mayor espectacularidad, magia y pureza. La duración de cada juego no es tan previsible. De hecho, uno de los partidos más largos de la historia beisbolera del mundo se realizó en el Estadio “General Somoza” el 10 de julio de 1949. Durante cinco horas y media y en dieciséis episodios, el Navarro Cubs ganó cuatro carreras  a tres al Escuelas Internacionales. 

Ya en 1956, al inicio de la Liga Profesional, el beisbol se convirtió en una novedosa locura colectiva que desterraría toda actividad y adormecería todo otro deseo. Era “el opio del pueblo nicaragüense”, según Mariano  Fiallos Gil, quien escribía beisbol sin la tilde en la /e/, tal como lo pronunciamos, y desde hace años fue autorizado por la Asociación de Academias de la Lengua, aunque el estrato menos “educado” comenzó a llamarlo “baibol”. Este resultaría el vehículo más apropiado para satisfacer los deseos masivos y colmar la catarsis del zoon politicon de Aristóteles y del homo lupus de Hobbes. El mismo intelectual leonés destacó la superioridad armónica del beisbol en relación con los otros deportes y que en él no se diluye el jugador personal en la totalidad del conjunto ni este se “traga” al jugador. “Todo lo contrario: le da oportunidad de lucirse bateando en la ofensiva y engarzando en la defensa. Al mismo tiempo, no se le desconecta de la responsabilidad del bien común y lo ejercita en la conciencia de integración en la cual sirve”. ¿Más que el futbol? Para los europeos, desde luego que no. 

Pero algo es definitivo: en la agilidad, ingenio, imaginación y dinámica que le corresponde desplegar al mánager, participa el fanático más que en ningún otro deporte, como también en las protestas contra los fallos considerados injustos, lo cual permite mayor cantidad de catarsis. En Nicaragua, la incidencia del beisbol en nuestra realidad integral ameritaba estudiarse a fondo. A mí me correspondió ejecutar esta tarea en cinco aportes: “Cultura e historia del beisbol en Nicaragua” (2001): 192 páginas; “Masaya y sus glorias beisboleras / evocaciones y testimonios (2007): 70 páginas; “El beisbol en Nicaragua / rescate histórico y cultural: 1889-1948” (2007): 340 páginas; Ídem. (2008): 415 páginas; y “Extrabases y otras sorpresas / memorial de nuestras primeras glorias beisboleras” (2013): 149 páginas.