Jorge Eduardo Arellano
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Ésta no debe ser una Navidad más para usted, comandante Daniel Ortega. El Presidente debe aprovechar estos días para reflexionar, en principio, que es el nicaragüense con la mayor carga de responsabilidad en todo el territorio, que ahora incluye más de 50 mil kilómetros Caribe adentro, tras disolver La Haya la frontera impuesta del paralelo 82.

Comandante Ortega, cuando le fue colocada la banda presidencial, usted aceptaba el papel de Jefe de Estado de la República de Nicaragua. Y no es una responsabilidad cualquiera, porque no fueron “cualquieras” los que votaron por usted, así como no lo son quienes decidieron hacerlo por otras opciones. Cada voto vale tanto como el que más. De tal manera que no existen votos dictatoriales y votos democráticos.

El que va a las urnas, no importa su casilla, es porque está convencido de que algo de democracia trata de mover a un país donde la mayoría estamos paralizados por el amor a alguna dictadura personal. Claro, a uno se les nota más que a otros porque hay amores solapados.

Es por eso que, como en uno de los capítulos en la vida de Jesús, serían pocas las personas libres de culpa para lanzar la primera piedra contra una “dictadura ajena”. Pero a veces unos son más cínicos que otros y consideran a sus queridas dictaduras las más lindas e impolutas del mundo, y que incluso se atreven a exhibirlas en público a bordo de siglas, editoriales o alabanzas a una preferida potencia.

Ciertamente, en esta Navidad, vale además reflexionar, que no somos una nación con aspiraciones democráticas como dicen los discursos de uno y otro lado. Por lo menos, en la práctica no estamos tan convencidos de ello. 45 años con los Somoza no se disuelven con el calendario natural de quienes hayamos vivido pocos o demasiados años en ese periodo. Los 17 años con José Santos Zelaya no terminan inocuamente en los papeles amarillentos de las hemerotecas.

Los 30 años conservadores, donde sólo una elite con propiedades y pecunio podía elegir a los de por sí considerados elegidos de Dios, no abonan mucho a tratar de inventar un país democrático de la noche a la mañana. La forma de conducción de los 80, la guerra y la obsesión de un presidente republicano y luego una dictadura diferida, de ajustes estructurales, quizás un poco más presentable que los rifles y los guardias, a la verdad, no constituyen la mejor escuela para crear desde su base, un amor puro, inmaculado por la democracia.

No somos un país democrático. A Estados Unidos no le interesó antes. El sistema fue diseñado para países, no para “bananas republic”. La democracia, entonces, no es tarea de recetarios extraños y no se puede decretar ni editorializar. Hay que personalizarla. Asumir la democracia es una responsabilidad ciudadana.

Hay muchos que se proclaman democráticos y cuestionan otras formas de democracia como la de Cuba, incapaces de pronunciarse, al menos una vez en el siglo, contra la decisión nada democrática de la CIA por asesinar al Presidente Constitucional, comandante Fidel Castro.

Guardar un obsceno silencio en vez de unirse a la ONU cuando demandó a los Estados Unidos levantar el embargo económico tampoco nos asegura que nuestra democracia haya superado su fase larval.

Por supuesto, nos gusta esa palabra, la usamos y la ensuciamos hasta dejarla tan rota como un jean de Shakira. Pero, en el fondo, admiramos las curvas de la dictadura oculta que se mueve “hasta en las mejores familias” de la clase política.

Pero eso no quiere decir que una culpa colectiva absuelve otra particular. En la práctica, de nuevo su imagen volverá a aparecer en el cuadro de los presidentes de Nicaragua. El punto, sin embargo, es cómo se le verá en la historia y si entrará en el Salón de la Fama: ¿Sólo como el presidente Daniel Ortega? ¿O se le pondrá un asterisco, tal como se ven los numeritos de Barry Bonds?
En la Navidad vale reconsiderar la enorme responsabilidad de dirigir los destinos de más de 5 millones de nicaragüenses, la mayoría de los cuales vive apenas con un dólar al día, mientras uno de sus diputados es dueño de un “Jeep Wrangler Ultimate Concept” de 60 mil dólares, que aunque traducido puede ser “el último concepto del mortero”, no lo es de la democracia que todos debemos empezar a darle su lugar.

Usted, en la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, debe reconocer que su alta investidura lo coloca más que a cualquier otro, entre asumir el reto por Nicaragua o el vade retro por su futuro. Su misión, Presidente, es remover la tradición histórica. Por eso le digo que más que un cargo, su empleo es una carga.

Presidente, le decía que su tarea no es para cualquiera, porque se trata nada menos que de quitar este rótulo de 130 mil kilómetros cuadrados: “La democracia en Nicaragua es una buena esposa, pero la querida es una dictadura”.

Que Dios, en el nombre de Cristo, le bendiga a usted y a su familia.

esanchez@elnuevodiario.com.ni