Carlos Andrés Pastrán Morales
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Me transportaba en un bus rumbo hacia lo desconocido o rumbo hacia mi propia mente. Miré cómo los árboles secos de la capital se iban transformando a más verdosos y cómo el clima y el aire cambiaba a medida que el bus avanzaba. Las brisas y los vientos cambiaban la atmósfera cada vez más y el frío daba ganas de estar abrazado con alguien. Con una playlist antigua sonando y pensamientos rondando sin razón. Terminé perdido en mí mismo.

Recordé cómo solía ser todo antes. Todo era fácil y eran puras risas de niños. Donde lo importante era lo que nos decían nuestros papás y ver nuestro programa favorito. Donde salir a jugar a la calle y conocer otras personas era lo mejor del mundo. Donde la desgracia no existe como pensamiento en sí, sino como algo que nos muestran a causa de malas decisiones. Ir a la escuela y estar en un día lluvioso encerrado en la sección. Lo mejor. ¡Súper!

Recordé también cómo las cosas iban cambiando. Cómo uno llega a ser mayor con el tiempo y la vida nos da más responsabilidades sin darnos cuenta. Solo hacemos deberes y deberes y se torna cada vez más difícil. Donde cada cosa que hacemos solo importa a quienes nos obligan. Donde la rebeldía existe y donde los amores dan frutos. Época extraña que todos pueden experimentar de una manera diferente.

De pronto pensé en cómo yo había cambiado todo este tiempo. Sobre las decisiones que tomé y los sentimientos que elegí. Terminé la comunicación con personas que no me parecían sinceras, conocí a mis mejores amigos, dejé amores traicioneros y cada vez más me facilito y complico la vida al mismo tiempo.

De repente, los rostros de las demás personas que iban en el mismo bus, aquellos que vi en un inicio cuando me subí en la parada de la UCA, de repente eran otros. Aquellos que iban en banca, aquellos que iban a mi lado y los de atrás eran otras personas. El ambiente también era distinto. Era oscuro y nublado. Las personas me miraron con ojos de juicio y me pregunté a mí mismo. ¿Qué he hecho?

Entonces quizás yo sea el mismo y quizás he tomado las mismas decisiones de siempre. Siempre he tenido la misma actitud y siempre me ha gustado ser así. Siempre me divierto, siempre me rio, siempre sonrío, siempre hablo y siempre amo. Pero —entonces— quizás yo no he cambiado nada, quizás los demás a mi alrededor han cambiado.

Han cambiado de vida, de alma, de fe, de rostro, de cuerpo, de actitud… Ya no son lo mismo. Ahora esos ojos de juicio parecen estar dirigidos fijamente hacia mí, como maniquíes en las vitrinas de las tiendas mirando a todo tipo de personas, pensando mal de todos en sus cabezas, pudriéndose por dentro y la mentira y la envidia le come las entrañas a las personas de esos ojos de miran pero no dicen nada. Ojos de un cuerpo que no tiene alma.

Ahora voy solo en el bus, y lo voy manejando y me veo al espejo y me pregunto. ¿Qué he hecho? Y me toca la hora de bajar, es la una de la tarde y me toca ir a almorzar y mi playlist se acabó y miró el reloj en el cielo y ya estoy en tierra firme y todo ha acabado.

Concluyo, el cambio está en nosotros mismos, podemos elegir, tenemos libre albedrío. Lo que decidamos ser hoy será nuestro mañana. ¡Qué felicidad!, yo puedo tomar mis decisiones, no otros y si puedo tomar mis decisiones será para bien, por mí, por mi familia, por mi país.