Orlando López-Selva
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El príncipe de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, ha sorprendido por sus declaraciones. Quiere que su país sea un modelo de estado-nación tolerante, más inclusivo y practicante de un islamismo moderado.

Mi punto. Creo que el nuevo líder saudí está consciente de que: 1) su país debe transformarse; 2) vivimos en un mundo de confrontaciones y escasos recursos; 3) respetar y tolerar a otros Estados aunque sean distintos recompensa; 4) el petróleo viene a menos; 5) los Estados árabes extremistas viven en jaque; 6) Arabia Saudí debe moderarse para modernizarse; 7) la fórmula exitosa es: (Estado de Derecho + democracia + libre mercado). 

En la conferencia “Iniciativa de Futuras Inversiones”, celebrada en Riad, el príncipe dijo: “Queremos vivir vidas normales, vidas donde nuestra religión y nuestras tradiciones se traduzcan en tolerancia, para que coexistamos en el mundo y lleguemos a ser parte del desarrollo global. Todo lo que hacemos es volver a lo que fuimos: un islam moderado, abierto a todas las religiones…”

Las declaraciones las hizo frente a empresarios extranjeros invitados por Riad, para: 1) invertir en Arabia Saudí; 2) oír recomendaciones para reconvertir su economía y enfocarla en la industrialización. Este país es el segundo mayor productor petrolero del planeta. Y ya saben que esa mina de oro va de salida. Los sauditas quieren ponerse a tono y superdesarrollarse. Pero, además, que se transforme en un Estado de los valores y la cultura pregonada por Occidente.

¡Enhorabuena! 

El rey saudita Salman bin Abdulaziz Al-Saud ha estado también muy activo y comprometido en la búsqueda de nuevos socios para posicionar a su país. Él ha visitado Moscú y Beijing. Por lo visto, lo que Arabia Saudí quiere, además de grandes inversiones, abrirse más internacionalmente, tecnología militar, pues Riad se ha involucrado con tropas en Yemen, es también convertirse en una potencia financiera, industrial y  tecnológica. 

Es válido que los saudíes quieran serlo. Pero primero, deben asegurarse la sustentación económica pos-era petrolera.

En esta misma línea, el líder del Partido Comunista Chino, Xi ying-Pin puntualizó en el reciente congreso de su partido: “Tenemos que desarrollarnos más y abrirnos más. Solo cuando hay más libertad, hay mayor progreso y creatividad”.

Los grandes Estados asiáticos están reconvirtiéndose para posicionarse mejor.

Políticamente, lo que está proponiendo el príncipe saudí es lo que ya hicieron hace muchos años con intenciones más de cohesión social libaneses y jordanos.

Sin dudas, el camino para el éxito político es la moderación, la equidistancia. Solo cuando uno se distancia de los extremos proyecta credibilidad, gana respeto, supera prejuicios; aunque se agencie críticas despiadadas. Porque nadie entra a la política sin ser atacado, enlodado, cuestionado. Es el juego de todos contra todos, sin moral ni miramientos, y absoluta permisibilidad. Difícilmente, se puede esperar que los actores políticos tomen caminos diferentes a los ya acostumbrados. 

Pero ahí yace el inteligente arte político, en sorprender a los otros con jugadas desconcertantes. Y eso es lo que dice hará el heredero saudí. ¿Está convencido de los riesgos inherentes. ¿Tendrá la persistencia necesaria? ¿Sabe que lo mejor para su país es propiciar una cultura política menos extremista o agitada? ¿Verdaderamente, lo quiere hacer? ¿O todo es solo pura treta publicitaria? 

El mejor camino es el intermedio, sustentado en prácticas virtuosas: moderación, equidistancia, prudencia. En política se puede ser amigo de todos, pero no aliado incondicional de nadie. No es que se deba renunciar a los principios propios. Sino solo abandonando los prejuicios. Y, comenzando por preguntarse: ¿por qué no ser abierto ante los planteamientos opuestos? ¿Por qué no intentar algo diferente para desarmar a los adversarios? 

El brillante estadista hindú Jawaharlal Nehru (1889-1964) era maestro de estas artes. Cuando sus adversarios criticaban sus políticas económicas, él les ofrecía la cartera ministerial, en cuestión. O cuando le amonestaban duramente por la selección de un funcionario, convencido refutaba: “Demuéstreme, fehacientemente, que su candidato es más experimentado que mi elegido”.

Arabia Saudí es un Estado autoritario. Sus instituciones tradicionales islámicas querrán frenar cualquier intento  modernizador. No hay respeto a los derechos humanos ni apego a muchas convenciones internacionales. Riad vive constantemente cuestionada. Pero, deshonestamente, Occidente lo ignora.

¡Ojalá Arabia Saudí marche en la dirección anunciada!

Este mundo necesita más líderes moderados que intempestivos e irreflexivos que vivan amenazando a otros con hacerlos desaparecer.

¿O los que practican la confrontación impulsiva nunca se dan cuenta que sus posibilidades de éxito son finitas?

Finalmente, se desmoronarán y develarán sus sucios trucos repetidos y amañadas prácticas que también conducen a la ruina.